Elisabetta Piqué acaba de hacer algo que no había hecho nunca entre lo mucho que hizo como periodista. Escribió un libro junto a su pareja, el también periodista irlandés Gerard O’Connell. Y salieron airosos, tal como sonríe ella al recordarlo en una charla desde Roma con LA GACETA Literaria. El resultado es El último cónclave (Arpa ediciones), crónica que va desde su relación personal con el papa Francisco hasta la asunción de León XIV.

Sus crónicas son ya un emblema del diario La Nación, al que suma sus salidas audiovisuales. A veces cargada apenas con un teléfono celular. Estuvo en los más diversos conflictos bélicos y también lo contó en libros como Cien días en Ucrania. Su relación personal con el papa Francisco, que data de los tiempos de ambos en Buenos Aires, le permitió escribir Francisco-Vida y revolución y, ahora, El último cónclave.

- ¿Por qué apelaron a la primera persona para contar lo que sucedió entre la muerte de Francisco y la elección de León XIV?

- Nos pareció la mejor forma para contar lo que queríamos contar. No es muy frecuente que se produzcan cónclaves así. Además, por diversas cuestiones, estábamos muy metidos en el tema, sobre todo por la relación afectiva que teníamos con Francisco.

- ¿Costó amoldarse a los estilos de escritura o las miradas sobre el mismo tema?

- Se dieron muchas diferencias. Por ejemplo, yo escribo en español y él en inglés. Fue como hacer un mosaico. A la vez, lo hicimos muy rápido, porque los hechos pasaban también muy rápido. Era escribir, imprimir y corregir. Y escribir un libro juntos provocó algunos cimbronazos que superamos con humor. Para que un libro salga bien tiene que salir del corazón. Creo que este libro tiene mucho de eso. Para nosotros fue un tributo a Bergoglio.

- ¿Qué diferencias hay entre contar lo que sucedió alrededor de Francisco y las constantes muertes que ves en las guerras?

- Vivimos en un mundo en el que muchos queremos hacer blanco o negro. Pero es todo uno. Este es el mundo en el que vivimos y sé que mis coberturas deben ir de un tema a otro. Puedo cubrir un partido de fútbol y después lo que suceda en Gaza. Cubrir una guerra no me impide ser vaticanista. Cuando presenté la biografía sobre Francisco en Buenos Aires me preguntaban si no iba a cubrir más guerras. Y seguí cubriendo guerras, que son cosas tan humanas como las de los cardenales que querían suceder a Francisco. Nunca me olvido cuando me mandaron al Festival de Cine de Venecia a entrevistar a Woody Allen. Le dije “yo no soy crítica de cine” y Woody me dijo “uy, menos mal”. Los especialistas solo hablan de sus temas. Me parece mejor tener la apertura de mirar hacia afuera, no encasillarse.

- En el caso de Francisco, ¿dolió escribir sobre alguien que les era tan cercano?

- Siempre fuimos muy reservados con esa amistad que para él era muy natural. Sé que me quería, de hecho a veces le decía a Gerard que me mandaba un saludo o cosas así. Fue un privilegio haber conocido a esa persona que se interesaba mucho por mí. Y en algún punto, la escritura resultó catártica. Sentí la necesidad de escribir este libro.

- ¿Cuesta ejercer el periodismo en tiempos en que hay quienes acuden a fuentes dudosas para copiar y pegar?

- Para mí la esencia del periodismo es ir, ver, contar y estar sobre el terreno en el que suceden los hechos. No es lo mismo contar si estás en el lugar que estar sentado, leyendo y sacando datos de internet. Lamentablemente hubo un cambio muy grande en la forma de hacer periodismo. Me siento privilegiada porque hasta ahora pude hacer algo que hoy es muy difícil: ser una corresponsal y que te manden a los lugares. Nadie en La Nación me dice “tenés que ir a cubrir esto”. Me dicen que el problema no es que vaya, sino traerme de vuelta. De chica soñaba con ser corresponsal de guerra: recuerdo cuando vi la película Bajo fuego. Estoy totalmente agradecida a La Nación: no es que quiera hacer propaganda, solo sigo pensando que este oficio es uno de los mejores del mundo.

- ¿Cómo te llevás con las redes sociales?

- En algún punto se han vuelto cloacas, hay una agresividad como nunca se dio. No obstante, sigo tratando de ser lo más profesional y honesta posible. Incluso trato de verle el punto bueno a la tecnología, por eso llevo a todos lados el trípode y la computadora. Me gusta hacer un videíto si tengo que hacerlo. Uso las redes porque son parte del juego y del oficio. Pero siempre con la misma ética periodística: no voy a hacer el video de “acá estoy con los cadáveres”. Hay límites que respetar. No me interesa tener más followers o clics; hay códigos éticos.

- En El último cónclave abundan las historias pequeñas, laterales. ¿Cuáles te marcaron?

- Hay muchísimas. Está la de Juan Carlos Cruz, una de las víctimas de un sacerdote pedófilo chileno. Juan Cruz se convirtió en una especie de hijo del papa Francisco. Y también está la comunidad trans, que Francisco quiso que fueran las últimas en despedirlo. No tengo dudas de que esas cosas las decidió para transformar un momento tristísimo. Fue como poner en el centro a los últimos descartados, las trans, los detenidos, los marginados. El mensaje de Francisco llegó más allá de los católicos.

- ¿Se valoró a Francisco en Argentina?

- Este papado lamentablemente fue incomprendido en la Argentina, aunque quizás para las próximas generaciones quede en la historia grande. Fue un papado gigante. Les dio voz a los sin voz, descontracturó la idea del papado rígido, saltó los protocolos y las formalidades del Vaticano. Se quedó a vivir en Santa Marta, usó el auto más simple que había, no quiso escolta. Denunció el tráfico de armas, el cambio climático. Fue un papa profético, disruptivo, revolucionario. Fue la revolución de volver a la base, lo que fue la revolución de Jesús. No inventó nada nuevo, volvió al mensaje primario de Jesús.

- ¿Nadie es profeta en su tierra?

- La típica frase aplica a Francisco. En su caso, hubo en Argentina una manipulación desde el día cero de todo lo que decía, si lo decía y por qué lo decía. Papa peronista, papa kirchnerista. Me dio mucha pena que no todos se dieran cuenta de su importancia. Por lo que veo, de repente empezó a revalorizarse a Francisco. Los argentinos tienen que estar orgullosos de este papa gigante que marcó este momento de la Iglesia del mundo.

© LA GACETA

El último cónclave*

Por Elisabetta Piqué y Gerard O’Connell

El cónclave de 2025 -un megaevento religioso y espiritual, pero también político- se desarrolló con todos los rasgos de intriga e intensidad propios de las elecciones papales, tanto reales como ficticias. Sintiéndonos de repente parte de un rompecabezas, describimos cómo algunas facciones -los rigoristas, los diplomáticos, los intereses italianos y una combinación de todos ellos- introdujeron maniobras para desafiar la dura aritmética, solo para terminar socavando su propia causa.

Aunque fue una elección cum clave -secreta-, gracias a diversas fuentes pudimos reconstruir cómo se desarrollaron las Congregaciones Generales, las reuniones preparatorias al encierro en la Capilla Sixtina. Y qué sucedió allí dentro, donde en menos de veinticuatro horas, el 8 de mayo, fue electo León XIV: el primer Papa nacido en Estados Unidos pero peruano por adopción, el primer Papa “de los dos mundos”, el primer Papa agustino y el primer Papa misionero.

PERFIL

Elisabetta Piqué es periodista, cronista de guerra y corresponsal en Italia y El Vaticano del diario La Nación. Cubrió conflictos en Afganistán, Libia, Irak, Egipto, Siria, Israel y Ucrania. Es considerada una de las más destacadas vaticanólogas de habla hispana. Participó de varias giras con Juan Pablo II y Francisco. Trabajó en CNN y la Deutsche Welle. Ganó un premio Adepa en la edición 2025 por sus crónicas desde Siria y fue distinguida con la Pluma de Honor de la Academia Nacional de Periodismo.

*Fragmento