POESÍA

SOLSTICIO DE VERANO

RICARDO H. HERRERA 

(Alción – Córdoba)

Solsticio de verano completa, hasta el presente, la saga poética iniciada con Herrera el Viejo (2020). A modo de diario, el yo lírico contempla momentos plenos y dolorosos del pasado junto a las ganancias del presente en el que escribe los poemas. Así como en Herrera el Viejo, nutrido por la tradición de la poesía y de la pintura española, aquí el poeta nos anticipa su elección por el canto llano y recibe gustoso la invitación del Cenit del verano que le abre paso al renacer de la palabra. Bajo este Solsticio, Ricardo Herrera (Buenos Aires, 1949) cumple con el paradigma del poeta post-Hölderlin: ese ermitaño final que ha conocido el mundo para aislarse de él y convertirlo en obra.

El título simboliza la luz en su máxima expresión: solstitium: sol quieto. El punto más alto sobre el horizonte, iluminando la metáfora aristotélica del ocaso de la vida: la del poeta Herrera que vuelve una vez más a su morada, al río, a los árboles frondosos, al azul de la sierra, para entregarle allí la ofrenda a su máxima deidad: la Poesía. Como en sus libros anteriores hay un prólogo que le anticipa al lector la gestación de la obra. Esta vez, alimentada por el símbolo presocrático del fuego, que revive la llama de la poesía.

El epígrafe de Borges (Siempre el coraje es mejor,/ la esperanza nunca es vana) precede el libro y encierra la clave de cada una de sus unidades de sentido: I. Tanteos y tonadas; II. La espina en la carne; III. Cinco casas.

La predilección en la vejez por lo sencillo y clásico da cuenta de toda la poética de Herrera, un post-romanticismo contenido siempre por la forma, como en el canto llano de su última escritura, acompañado por el rigor del metro, la rima, la acentuación.

El interrogante expresivo de esta poética del final lo leemos en el poema “Contracanto”: ¿Denostar o evocar? (…) /¿Evocar para quién cuando el presente/ es un caos que muta a cada instante/ y no deja vestigios del pasado? Sin duda se trata de un “Contracanto” contra la corriente de la época que también transitamos los lectores de su generación. Sólo resta esperar el don de la poesía, que el poeta aguarda para ser cincelada luego como forma:… la obra secreta aguarda silenciosa/ entre rocas abruptas, como el agua/ virgen de un insondable manantial.

En la segunda parte nos adentramos en el dolor: la pérdida en la confianza del amor. Lo comprobamos en el primer poema, “La prueba de la pérdida”, donde el epígrafe de Emily Dickinson que lo precede: Best Gains–must have the Losses’ Test–To constitute them–Gains, concentra la experiencia dolorosa en inevitable prueba de un saber tan poético como carnal: Se consuma y renueva en la escritura/ lo que pasó la prueba de la pérdida… El yo lírico desanda una vez más la herida y se enfrenta a la íntima verdad: Extrañamente, el tema me persigue/ desde mi juventud, sin postergarlo…

En “Variaciones sobre el fin” surge la pregunta clave junto a la súplica del agnóstico con fe poética: Mi lucha son los partos cotidianos/ de criaturas que pronto serán huérfanas (…) Roguemos porque advenga la palabra/ que salve nuestra mísera rutina.

Por último, las “Cinco casas” de la tercera parte dan cuenta de las experiencias del pasado, depurado por el tiempo. Podemos leerlo como una meditación nostálgica avivada por el calor de este solsticio o pensar, junto al yo lírico, que éste ha vuelto a la casa de la poesía: a la morada del Ser. Un concepto casi extravagante en el siglo de la IA.

© LA GACETA

LUCRECIA ROMERA.