Susurra y acompaña. Avanza entre piedras lisas con un murmullo persistente, casi íntimo, como si marcara el ritmo del lugar. En la Quebrada de Lules, el sonido del agua se mezcla con el roce del viento entre las ramas, el crujir de hojas secas y algún canto lejano de aves. Todo invita a bajar la voz, a caminar más despacio, a quedarse un poco más. Y después de décadas de acceso restringido, ese paisaje volvió a ser para todos.
La recuperación de estas 120 hectáreas enclavadas en plena yunga no solo reabre un espacio natural sino que restituye una relación histórica entre la comunidad y su entorno. Aquí, el monte y la presencia humana conviven sin imponerse uno sobre otro. No hay estructuras invasivas ni carteles estridentes. Un claro verde se abre como una pausa dentro del bosque, con mesas y bancos rústicos de piedra dispuestos en ronda, pensados para el descanso, el mate compartido, el encuentro familiar.
A pocos metros, senderos de tierra son transitados por visitantes que caminan sin apuro, vestidos de manera informal, integrados al paisaje. Más atrás, la vegetación se vuelve cerrada. Arboles altos, palmeras con hojas secas colgantes y un follaje espeso que trepa por la pendiente del cerro. Entre tanto verde, una pequeña casilla de madera y algunas sombrillas sugieren un servicio mínimo, sin romper la armonía del entorno.
“Este es un ambiente pensado para que la familia pueda venir a desayunar, tomar mates, hacer un picnic. La entrada es libre y gratuita, y el horario de apertura es de 9 a 19, todo en horario diurno”, explica el arquitecto Patricio Espinoza, uno de los responsables del proyecto. “Cuando estuvo abierto, se llenaba de familias. Es un espacio controlado, no es un lugar para hacer cualquier cosa”, aclara.
Ese control no busca excluir, sino preservar. En redes sociales hubo críticas por la prohibición del fuego, la música o ciertos usos recreativos. Espinoza lo resume sin rodeos. “Este espacio no fue ideado con ese objetivo. De la puerta para afuera hay asadores y otros sectores habilitados. Acá la consigna es merendero, descanso y contacto con la naturaleza, sin fuego ni contaminación”.
Pedazo de historia
La decisión no es caprichosa. La Quebrada es parte de un sistema ambiental clave para la provincia. “Esta zona fue lugar de asentamiento de los indios lules, que se integraron al paisaje durante siglos”, recuerda el biólogo Juan Antonio González. La historia quedó documentada por el padre jesuita Antonio Machioni, quien dejó registro del idioma, las costumbres y los vínculos con otros pueblos originarios.
Desde el punto de vista geográfico, la zona es un corredor natural privilegiado. “En el centro corre el río Lules, que nace en el Potrero de las Tablas. A la izquierda está el Morro de Yerba Huasi y a la derecha la Sierra de San Javier”, describe González. A comienzos del siglo XX, ese caudal fue aprovechado para construir una de las primeras centrales hidroeléctricas del país. Un aluvión la destruyó antes de 1970, pero aún quedan restos, un túnel de tres kilómetros y medio -hoy atractivo de turismo aventura- y una memoria industrial que también se busca integrar al circuito de manera sostenible.
No obstante, lo más valioso no siempre es lo más visible. “Lo más rico de este lugar es su biodiversidad”, subraya el biólogo. Pipas, chalchales, arrayanes, pseudoarrayanes, arbustos con flores ornamentales, gramíneas y una enorme variedad de microorganismos conviven en este ecosistema. “Las yungas son las que generan el agua. El aire húmedo viene del este, choca con la montaña, asciende, se enfría y se condensa en millones de gotitas que forman la lluvia. Sin esta montaña, no tendríamos ríos ni agua”, remarca el biólogo.
Es por eso que la conciencia ambiental atraviesa todo el proyecto. La quebrada recuperada será un espacio protegido, con presencia de guardianes ambientales, Policía Municipal y Provincial. “Es un lugar con el que se busca el disfrute responsable, con la intención de que se conserve en el tiempo”, resume González.
Mientras tanto, la vida cotidiana ya empieza a apropiarse del lugar de otra manera. Familias que extienden mantas, caminantes que buscan sombra, visitantes que se detienen a escuchar el río. Incluso hay masajistas que ofrecen masajes a bajo costo, con el sonido del agua como fondo en una propuesta novedosa de la intendenta Marta Albarracín.
En este escenario la Quebrada de Lules volvió a abrirse, pero no como un parque ruidoso. Volvió como refugio. Como pausa. Como recordatorio de que, a veces, recuperar un patrimonio también implica aprender a quedarse en silencio.
Otra opción
Reapertura de un clásico del verano luleño
El balneario La Quebrada de Lules se prepara para recibir a vecinos y visitantes con su reapertura el próximo sábado, de cara a un verano pensado para el disfrute, el contacto con la naturaleza y los encuentros al aire libre.
Ubicado a orillas del río Lules, el complejo fue totalmente renovado y cuenta con tres piletas con capacidad para albergar hasta 600 personas, lo que lo convierte en uno de los espacios recreativos más amplios de la zona.
El predio ofrece una infraestructura integral para visitantes de todas las edades con baños, vestuarios para damas y caballeros, sala de primeros auxilios. Además posee más de 40 asadores con bancos y mesas distribuidos a lo largo del terreno. Bajo la sombra de los árboles, estos espacios conforman el escenario ideal para compartir jornadas familiares y encuentros con amigos durante la temporada estival.