Antes de que el museo aparezca al costado de la ruta y obligue a bajar la velocidad, el viaje ya empieza a contar su propia historia. Llegar desde Tucumán a Barranca Larga, en Catamarca, no es sólo un traslado sino una travesía donde el paisaje prepara al visitante para lo que vendrá después puertas adentro. El periplo demanda alrededor de cinco horas: se llega hasta Amaicha del Valle por la ruta 307, luego se toma la ruta 357 hasta Santa María y desde allí la famosa 40 hasta el cruce con la ruta provincial 43, que conduce finalmente al Museo Rural Comunitario de Barranca Larga.
Cuando el paisaje catamarqueño se vuelve más ancho y el cielo parece quedar al alcance de la mano, hay un edificio que detiene la marcha de viajeros apurados y curiosos sin plan. El camino hacia Barranca Larga, uno de los trayectos preferidos por quienes viajan en moto rumbo a las termas de Fiambalá o al Balcón de Pissis, guarda a simple vista una historia que se cuenta despacio. En el Valle de El Bolsón hay un espacio levantado por la propia comunidad para conservar su memoria.
Ubicado a 2.300 msnm, el museo se encuentra en el último valle antes de ascender a la Puna. A su alrededor se despliegan parajes alejados del camino principal, con familias dedicadas al cultivo de la tierra y a la crianza de cabras y ovejas. Reúne a unas 500 personas.
Hecho por todos
El museo es un espacio cultural de uso social orientado a la preservación y al fortalecimiento de la identidad de la ruralidad andina de montaña. Funciona también como un centro generador de ideas para la promoción social de la comunidad.
Se inauguró el 27 de agosto de 2010 y forma parte de un proceso colectivo que comenzó mucho antes, en 1991, con investigaciones arqueológicas realizadas por el Instituto de Arqueología de la UNT en El Valle de El Bolsón.
La necesidad de difundir esos estudios y de contar con un lugar para resguardar el material recuperado dio origen a distintas propuestas locales. A partir de 2006 se consultó a las familias sobre sus intereses y se decidió avanzar en un Museo Centro Cultural. Un año después, con fondos de regalías mineras gestionados por el municipio de Villa Vil, comenzó la construcción.
Desde su apertura funciona en manos de la comunidad, con apoyo técnico universitario y respaldo económico municipal.
Gestores y no guías
El museo no tiene guías. Tiene gestores. Son habitantes que se encargan del mantenimiento y de explicar las exposiciones permanentes. Uno de ellos es Joel Bordón, de 21 años, nacido y criado en Barranca Larga. Alto, moreno y de voz calma, recorre la sala dividida en tres partes con precisión y entusiasmo. Su interés se vuelve más evidente cuando se detiene frente a los ramos de hierbas medicinales que cuelgan de un piolín, los yuyos.
Joel es estudiante de Enfermería y nieto del enfermero del pueblo. Se inició como gestor en octubre de 2023. “Una de las motivaciones que me llevaron a ser gestor fue conocer más sobre nuestra historia”, explica.
Los gestores se organizan de manera rotativa. “Cumplimos diferentes turnos que van rotando. Si me toca de lunes a viernes, estoy de 9 a 12 y los fines de semana, de 9 a 12.30 y de 14 a 18”, detalla.
Tejidos, casas y comidas
La comunidad eligió tres grandes temas para mostrar en el museo. Una sala está dedicada a los tejidos, las tinturas y las formas de tejer. Las otras dos abordan las comidas tradicionales y las casas, con sus modos de construcción a lo largo de la historia.
Se construyó un telar similar al que usan las familias en sus hogares, para que los visitantes conozcan todo el proceso artesanal, desde el hilado y los tintes naturales hasta la confección de mantas llamadas puyos. En las salas hay videos pedagógicos y maquetas. Se cuenta la historia de las viviendas desde tiempos prehispánicos hasta el presente, la cultura culinaria rural y el uso de plantas nativas. Aparecen comidas típicas como el charqui, el ancacho, el anchi y otras preparaciones ligadas a la vida cotidiana del valle.
Viajeros curiosos
El flujo de visitantes cambia según la época del año. “Un día tranquilo recibo a una persona, uno más movido, a tres. En verano se acerca mucha gente de Buenos Aires y vienen turistas de otros países como Alemania, Brasil y Rusia”, cuenta Joel. Durante las vacaciones, estacionan colectivos de tours con contingentes de distintos puntos del país y del extranjero.
El recorrido suele durar entre 10 y 15 minutos, aunque depende del tiempo y la disposición de cada viajero. “Los visitantes agradecen y nos felicitan por conservar las costumbres y mostrarlas. Les gusta que mantengamos nuestras raíces”, dice. “Muchos llegan porque les llama la atención el edificio al costado de la ruta. Se acercan sin saber qué es”, agrega.
Uno de los aspectos que más sorprende es el origen de las piezas. “La particularidad que tiene el museo es que todos los elementos son donados y eso llama la atención”, señala. Las preguntas son constantes. “Los turistas preguntan si las prácticas que ven en el museo se siguen haciendo en la actualidad. Son curiosos, muchos quieren saber todo y eso me obliga a investigar lo que no sé”, detalla.
Señas y palabras simples
Las anécdotas también forman parte del trabajo cotidiano. “Una vez me pasó que llegó gente y yo empecé a hablar normal. Después de un rato de estar callados me dijeron que no hablaban español, creo que eran rusos”, recuerda. “Con palabras simples y señas les mostré las cosas y los videos explicativos. Hay tarjetas que están en inglés y les doy para que lean los que saben, también”, cuenta.
El Valle de El Bolsón comprende diferentes poblados que dependen del municipio de Villa Vil. Allí, el museo rural se consolidó dentro de una corriente que busca que las personas tomen control de su patrimonio y proyecten su futuro desde la memoria compartida. Ese trabajo fue reconocido como una buena práctica en el mundo de los museos e incluido en un proyecto del British Museum. A la orilla de la ruta, en silencio y sin apuro, el museo cuenta una parte de la historia del Noroeste argentino.