Hace algún tiempo, mientras recorría una larga avenida del viejo Delhi, la zona más antigua de la capital india, me llamó la atención el gran despliegue de carteles colgados de las columnas de iluminación que decían “Thank you” en nombre de The Times of India, el periódico en inglés de mayor circulación en todo el planeta. Agradecía la fidelidad de sus lectores, aunque no estoy seguro de que los encargados de la campaña fueran conscientes del sarcasmo: de acuerdo con datos de la Unesco, alrededor de 400 millones de personas en esa nación no saben leer ni escribir, 400 millones que viven a oscuras en el universo de la palabra escrita, casi el mismo número de habitantes de toda la Unión Europea.
Quizás sean habilidades a las que se renuncia ante la urgencia de procurarse el pan, podrá alguien pensar. Las estadísticas también desmienten esta suposición: India se coloca en el puesto 105 de 127 países en el Índice Global del Hambre, con 800 millones de personas viviendo en la pobreza.
En datos
No obstante, la economía del país se proyecta para 2027 como la tercera más importante, detrás de las de Estados Unidos y China. Por ahora ocupa un cuarto lugar destacado, lo que se considera una verdadera potencia. Pero, en medio de tanta prosperidad, inexplicablemente el salario mínimo ronda los 50 dólares mensuales, con la posibilidad de duplicarlo en una jornada de 12 horas, seis días a la semana. Es de los mercados laborales llamados “flexibles”, compuesto de ingredientes simples: pocas leyes, escasa supervisión de su cumplimiento y, por lo tanto, orfandad de derechos.
El sistema sanitario, por su lado, invierte menos de 35 dólares por habitante cada año, cantidad que equivale al precio de cinco hamburguesas Big Mac. Así, no sorprende que haya conseguido el récord de albergar el 27 % de los casos de tuberculosis en el mundo, enfermedad que mata a dos indios cada tres minutos, según la OMS, o que el dengue, la malaria, la hepatitis, la lepra e incluso la rabia sean males endémicos.
“¿Cómo se llama esto? Y, aún más, ¿cómo se explica?”, me pregunté entonces y sigo haciéndolo hoy ante un esquema que se promueve como patrón macroeconómico de desarrollo. En contraste, si tomamos una nación pequeña de Europa como Bélgica, con una economía inmensamente menor, número 16 en la escala internacional, veremos que cuenta con un salario mínimo de 2.100 euros al mes por 38 horas de trabajo semanales, un sistema sanitario público y de calidad, una tasa de alfabetismo del 100% y una esperanza de vida de su población 10 años por encima de la de India. ¿Por qué en un lugar con tantos recursos se puede hacer tan poco por los seres humanos y viceversa? Simple: el dinero es uno pero las prioridades muy diferentes.
Para analizar
En tiempos en los que han vuelto a dominar las teorías neoliberales tanto en la economía como en la política, esos dos casos ponen algo de claridad respecto a los modelos y sus intenciones, sobre todo ahora que oímos con bastante frecuencia a conocidos líderes haciendo malabarismos retóricos, con una insoportable carga de fariseísmo y subestimación de la inteligencia media, para unir artificialmente los conceptos de democracia, libertad y progreso a recetas rescatadas de famosos naufragios.
El libreto acaba resultando inconsistente y fácilmente rebatible, no tanto por rancio y fracasado sino por su debilidad argumental: como se comprobó, el capitalismo y las teorías de mercado, lo que se quiere hacer pasar por sinónimo de libertad en un amplio espectro, no son por sí mismos una fuente de bienestar, de igualdad y de respeto de los derechos individuales; tampoco constituyen una ideología o un sistema político, y de hecho pueden convivir sin problemas con cualquier forma de gobierno.
Recordemos que han sido compatibles con dictaduras de derechas, como la de Chile, con Pinochet y la dolorosa fórmula de Milton Friedman; de izquierdas, como la China; con monarquías socialdemócratas como la de Suecia o con una naturaleza plutocrática como la de Estados Unidos, donde los candidatos dependen de gigantescas donaciones y, por lo tanto, estas marcan la agenda a la hora de fijar un rumbo (la última campaña electoral costó “apenas” 16.000 millones de dólares).
Pormenores
Joseph Stiglitz, premio Nobel de economía, lleva años explicando y combatiendo los desequilibrios de esta corriente en boga. La identifica con “La gran brecha”, título también de uno de sus libros, para señalar el resultado político, económico y social de estas ideas. Se trata, sostiene, de la brecha abierta entre el uno por ciento que acumula los ingresos y maneja los hilos del poder y el 99 restante que obedece o apoya las reglas de aquel para acabar donde siempre ha estado o peor.
“Distribuir mal la riqueza deslegitima la democracia -argumenta-. Se traduce en una menor igualdad de oportunidades para los ciudadanos”. Y puntualiza: “el conjunto de oportunidades determina, e incluso define, la libertad de acción de una persona”. ¿Se pueden corporizar estos conceptos en los dos países comparados? Stiglitz tiene la respuesta: “una persona que se enfrenta a situaciones extremas de necesidad y miedo no es libre”.
Por otro lado, Robert Reich, profesor de Políticas Públicas durante 40 años, hoy en la universidad de Berkeley, se pregunta: “¿cuánta desigualdad podemos tolerar de manera que la economía siga funcionando para todos y la democracia siga en marcha?” Y en un resumen cita ejemplos hirientes que afectan a su país, casi idénticos a los de otros donde sus gobernantes han decidido imitar el libreto y convertirse en talibanes de mercado: la administración Trump quitó un trillón de dólares (un millón de millones) del Medicaid, el programa federal y estatal de salud para personas y familias de bajos ingresos y discapacitados, lo que constituye el mayor recorte de la historia en la única nación desarrollada sin sistema sanitario universal. Consecuencia: quedarán sin cobertura más de 10 millones de ciudadanos.
A esto, recuerda el profesor Reich, se le suma otro recorte incomprensible para quien siente algo de empatía hacia el prójimo: 300.000 millones en el programa de Asistencia Nutricional Suplementaria, con el que pueden comprar comida 40 millones de personas. Este ajuste fue incluido en un proyecto recientemente aprobado, al que el presidente llamó “Un gran y hermoso proyecto de ley” (¿debemos concluir que la belleza tiene un carácter cruel?).
Como contraste o contrapartida de favores, la “hermosa ley” permite una rebaja fiscal de 4,5 billones de dólares a las rentas más altas. Tal vez por ello muchos acabaron preguntándose si lo primero se decidió para que ocurriera lo segundo, en una suerte de justicia al estilo Hood Robin, que, como se sabe, consiste en exprimir a los pobres en favor de los ricos.
Protagonistas
Nada de esto es nuevo, pero es otra vez tendencia. Ya fue puesto en práctica en deplorables administraciones conservadoras (la de Ronald Reagan, por ejemplo) y ahora toma nuevo impulso con un marco ideológico radicalizado, en el cual la libertad, el gran estandarte de este movimiento, es administrada por liberticidas (¿o acaso podríamos pedirle garantías de derechos a Trump, Bukele o Netanyahu?) todos ellos empeñados en una batalla, política, económica, filosófica y cultural.
Seguramente por esta razón el gran enemigo común es la Agenda 2030, documento que certifica una aspiración y un compromiso de vida digna para la humanidad, firmado por los 193 países miembros de las Naciones Unidas. ¿Qué motivos podría haber para combatir una agenda que propone un planeta limpio, trabajo digno, una lucha contra la desigualdad, el respeto por los derechos humanos y el apoyo a las instituciones democráticas, entre otros puntos? La verdad es que inquieta llegar a la respuesta. Muchos, despiertos ante la realidad, ya la tienen y la sufren desde hace años en sus propias carnes. Uno de ellos, como hemos visto, es el pueblo indio.