¿Quién no querría ganar un Oscar? Los hinchas de Huracán exhiben orgullosamente el premio en sus vitrinas mentales. En realidad, no fueron ellos, sino su estadio “Tomás Adolfo Ducó” el que de alguna manera se hizo acreedor al premio mayor de la cinematografía mundial.

El “Palacio” fue elegido por el director Juan José Campanella para la filmación de una antológica escena de la película “El secreto de sus ojos”, ganadora del Oscar a mejor film extranjero en 2010 (segunda película argentina en obtener ese reconocimiento tras “La Historia Oficial” en 1985).

Se trató del rodaje de un plano secuencia (es decir, la continuidad de un único plano, en lugar de un montaje de varios planos) de unos cinco minutos de duración con el estadio de Huracán como escenario (incluida la apertura con una vista aérea en aproximación notable).

Las imágenes de la persecución de uno de los personajes a través de pasillos, escaleras y hasta un baño de la tribuna visitante, mientras en la ficción el anfitrión y Racing disputaban un partido, se transformaron en inolvidables.

Al único estadio de fútbol argentino ganador de un Oscar (y segundo en el mundo, después de “El Molinón”, estadio del Sporting Gijón, “”partícipe del film español “Volver a empezar” galardonado en 1982) volvió este sábado Atlético después de aquel 1-0 sobre Huracán con gol de Marcelo Estigarribia en la Liga 2023.

Por supuesto, la estatuilla no es lo único destacable en el “Tomás A. Ducó”. El nuevo coliseo de Parque Patricios, inaugurado con un partido ante Boca en 1947 y cuya construcción fue impulsada por el teniente coronel con el que luego fue bautizado, es el estadio que mejor representa el estilo “art decó” en el fútbol argentino.

Este estilo de diseño arquitectónico caracterizado por la elegancia de las líneas geométricas –priorizando la estética por sobre la funcionalidad- tuvo su nacimiento en torno a 1920 y extendió su influencia por todo el mundo hasta mediados del siglo pasado.

LA GACETA / MARCELO ANDROETTO

La emblemática torre de la ex tribuna Miravé –hoy platea René Houseman- y el mármol de Carrara que decora el hall principal (por donde ingresaron al estadio los jugadores de Atlético) y también la sede del club, ubicada a unas cuadras de la cancha, no forman parte del universo común de los estadios argentinos.

El formato “de óvalo” sin solución de continuidad de las gradas en toda la circunferencia de la cancha también es llamativo. Además, como se suele decir, en el “Palacio” el partido “se ve bárbaro” desde cualquier ubicación.

Declarado Patrimonio Histórico de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires por la Legislatura porteña en 2007, el estadio puede albergar algo más de 48 mil hinchas, aunque esto raramente ocurre a partir de la prohibición del ingreso de los simpatizantes visitantes.

Mística porteña en estado puro, otro Oscar, pero de apodo “Ringo”, está omnipresente en el “Ducó”. El inefable exboxeador tiene su estatua en la ex Miravé y le dio su nombre a la tribuna popular local.

Bonavena es, quizá, el hincha más reconocido del “Globo”, que debe su apodo al aviador Jorge Newbery, quien llamó “El Huracán” al globo aerostático con el que hizo una histórica travesía por tres países en 1909.

Como todo estadio, el “Palacio” tiene sus rarezas. Por ejemplo, cuatro “parrillas” de cemento, donde se cuecen hamburguesas que en el entretiempo serán vendidas a los plateístas, ubicadas cerca de cada banderín del córner y a un par de metros de las líneas laterales.

Y también tiene su talón de Aquiles, o al menos así lo experimentan los periodistas que ocupan un sector de prensa sin resguardo alguno de las eventuales inclemencias climáticas.

Pero más allá de datos y descripciones, lo que más le importa a los hinchas “quemeros” es su relación personal con el estadio del club de sus amores.

Como lo definió Alberto Benavidez, un socio de 58 años. “Es mi casa. Las vicisitudes de la vida me llevaron a vivir en diferentes residencias, pero cuando vuelvo al ‘Palacio’ siento que vuelvo a casa”.

Padre de dos hijas adolescentes tan o más fanáticas que él, no le esquiva a la emoción: “Cuando vengo al Ducó me encuentro y se encuentran mi yo niño, mi yo adolescente, mi yo joven, mi yo adulto y mi yo cercano a la jubilación”.

El secreto del “Palacio” parece estar en las centenas de miles de ojos que lo han sabido apreciar y habitar en más de siete décadas de alegrías y tristezas “quemeras”.