Por Suzanne Jill Levine

En su vida está la clave de Cien años... El suele decir que después de los diez años no le pasó nada realmente importante. Ese período de la infancia está poblado de una magia que supera la capacidad de entendimiento de un adulto. Sus padres lo dejaban mucho con sus abuelos y la imagen verdaderamente inicial de la novela está ligada al misterio que rodea a su abuelo, el coronel. Durante muchos años García Márquez luchó arduamente por encontrar su estilo, su propia voz. Y eso ocurrió desde La hojarasca, su primer libro. De alguna manera ése y los tres textos que le siguieron son todos borradores de Cien años… Gabo quería desentrañar lo que había ocurrido en la casa de su niñez (de hecho La casa fue el primer nombre de su gran novela). Y logró hacerlo cuando descubrió que las voces para contar adecuadamente la historia que tenía dentro eran las de sus abuelos. Particularmente la forma en que su abuela le relataba los más increíbles sucesos dentro de un contexto completamente cotidiano. El libro fue así tomando forma. Comenzó siendo la historia de un hombre, luego se convirtió en la de una familia y, finalmente, en una metáfora de Colombia y de toda América latina.

Emir Rodríguez Monegal, en un ensayo llamado Novedad y anacronismo en Cien años de soledad, afirma que la novela es una especie de “summa” de toda la literatura anterior. Todas las técnicas para contar historias se conjugan en un libro particularmente denso, en el sentido literario. Y de esa combinación, de esa síntesis surge algo nuevo, que sigue la idea borgeana sobre la ausencia de verdaderos límites entre realidad y fantasía. García Márquez tomó esa idea y la llevó a un público mucho más amplio que el que tenía Borges. Cien años… es una novela exuberante en la que los lectores  identifican las historias de sus propias familias. A pesar de su exotismo, de la exageración que lo impregna, la gente encuentra similitudes con los personajes. El lenguaje es fascinante, acentúa la tradición barroca española en la que se mezcla la hipérbole, la histeria, el humor y la precisión conceptual. La exageración es la marca más notable de García Márquez. Y de allí derivan imágenes extraordinarias como las de un cura que levita o naranjas que explotan cuando una pareja hace el amor. El libro es mágico en sí mismo. Y esa magia hizo que después de su éxito inicial en la Argentina y en el resto de Latinoamérica, millones de lectores alrededor del mundo se apasionaran con la novela.

© LA GACETA

*Ph.D. en Literatura de la Universidad de Nueva York y profesora de Literatura Latinoamericana en la Universidad de California. Autora de El espejo hablado: un estudio de Cien años de soledad. Este es un fragmento de una entrevista publicada en este suplemento en 2008.