Es común que mucha gente de todo el país se refiera a la Industria Azucarera como un quehacer económico que durante varios años habría sido, en cierta manera, e indirectamente, subsidiado por el Estado. Sin embargo, más allá de la verdad o no de tal aseveración, cuando a través de las blanquecinas canas de mis 86 años de edad, se me ocurre mirar hacia atrás en el tiempo, como genuino tucumano que ha visto y vivido muy de cerca todas las contingencias propias con que esa actividad, en mi provincia al menos, se desarrolló y se viene desarrollando, con sus históricas diferencias entre industriales, obreros, empleados, transportistas, precios, huelgas, ingenios tomados, etc., necesariamente se deben realizar otras consideraciones mucho más concretas e importantes, que trascienden en los hechos producidos a través de los años. En efecto, esta industria tan vilipendiada ha sido también, más allá de sus negatividades, si acaso las tuviere, la creadora de innumerables poblaciones, muchas de ellas hoy ciudades, con sus habitantes que, gracias a la actividad azucarera y más allá de los conflictos, pudieron subsistir, formar familias, comer, vestirse, curarse, mandar sus hijos a instruirse, muchos de los cuales se convirtieron en útiles profesionales para beneficio de la sociedad. Esa industria que pagaba y paga importantes impuestos y gabelas comunales, municipales, provinciales y nacionales, creó y/o fomentó escuelas hospitales, comisarías, correos, dispensarios, etc. y fue además, la hacedora de la coqueta ciudad de San Miguel de Tucumán de los primeros cincuenta años del siglo XX. Esa misma industria que ayudó para construir caminos vecinales y que abrió canales de riego para la prosperidad de las plantaciones propias, de cañeros y de agricultores particulares en general. Años atrás recibía con sus manos abiertas a los enormes y folclóricos carretones santiagueños que, con su paso lento y cansino, tirados por mulas o por bueyes, uncidos al yugo, venían a la cosecha con toda la familia arriba, viajando sobre las bolsas de carbón con que arribaban a nuestra provincia y, a las que anunciaban para la venta en las calles tranquilas de la ciudad con un “hhooo ooo”; lo mismo que los enormes grupos humanos procedentes de Bolivia, que se nutrían a la vez de su trabajo de peladores para sobrevivir hasta la próxima cosecha. Personas inescrupulosas e ignorantes de la auténtica realidad de esta industria, que por casualidad poseían circunstancialmente la autoridad del país en la década de 1960, dispusieron el cierre de 11 ingenios, el cierre de 11 fábricas de vida, más allá de que fueran perdidosas o no, daban trabajo a miles de personas, tucumanos y vecinos y cerraron esas fuentes de trabajo, ante la total indiferencia del sufrimiento de esos desposeídos que buscaron la salida a sus tragedias laborales, equivocados, quizás, pretendieron buscarse nuevos horizontes viajando, muchos de ellos “a pata”, hacia la ampulosa Buenos Aires, terminando a las orillas del Río de la Plata, en casuchas o covachas de cartón y de lata. De tal manera, y vistas las cosas a través del tiempo, privilegio que me permite mi avanzada edad, al día de hoy me atrevería asegurar que el Estado no subsidió jamás a la Industria Azucarera, más bien diría: el país, vía Banco de la Nación, hacía una importante inversión patriótica cuando facilitaba dinero a los ingenios.

Abel Novillo

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