POLICIAL

PINCHE

DANIEL RAFECAS

(Planeta - Buenos Aires)

Es muy conocida  la genial fascinación de José Emilio Pacheco por la riqueza de la voz “pinche” en el uso castellano de México.

“Pinche” puede ser un empleado, el hábito de fumar, la suerte, un policía, una camisa, un perro, una casa, una persona, el mundo entero, una comida, un regalo, un sueldo o bien lo que a usted se le ocurra. Se trata, pues, de un epíteto que degrada todo lo que toca. Normaliza y vuelve aceptable una furia sin límites contra algo que nos ofende y humilla pero no podemos cambiar.Admite grados y amplificaciones: “Esa novela me pareció un poco pinche”. “El racismo es una actitud pinchísima”. A veces puede ser un sustantivo inapelable: “No te lleves con él: es un tipo de lo más pinche.” Puede adquirir el rango de injuria máxima: “No me vuelvas a hablar, hijo de tu pinche madre”.

En Argentina es algo así como un sinónimo de insignificante, probablemente en una cadena que cobra importancia hacia arriba. Pinche es una novela sobre mexicanos y argentinos, pinches reales y creídos de ambos lados. El autor nos lleva al mundo de los narcos y los carteles. Pocas palabras como las descripciones de su personaje “Milo” muestran mejor aquello de que “comprender no es justificar”. La vida de este sicario muestra dramáticamente que la verdadera mercancía del narcotráfico es la esperanza de los de abajo, de los que mueren y también de los que matan. De los pinches de nuestras sociedades que no les dan  muchas más posibilidades que subirse a “la bestia” que los lleva al norte, o saquear a quienes intenten hacerlo.

Un policial jurídico y mitológico. Una institución como tribunales federales donde a los que ascienden les cuesta no perder de vista la realidad, donde los de abajo no miran a los costados, ocupados en trepar y no ser …pinches. Y el pinche, un personaje talentoso sin ambiciones, un digamos orgulloso caso, nos compra en su sencillez. La trama sorprende en que súbito, ante una casualidad meteórica, se deja de leer a sí mismo como un engranaje de la justicia, donde cabe realmente llamarle pinche, fuera de ahí es otra cosa.  Al igual que los desertores de los carteles…

Se desata un hombre del kairos, calculador y osado. El desenlace más puro, moral y razonable (cada lector decidirá si es el justo) se da entre el de más arriba y el de más abajo, entre el mar y la tierra, a poco del Ecuador pero que puede ser cualquier lugar.

© LA GACETA

Santiago Garmendia

Pinche*

Aquella secuencia ya era conocida en Villa Farga.

Un camión mediano entraba por la única calle interna -apenas transitable para vehículos- y se dirigía, despaciosamente, hasta los fondos del asentamiento, que daban al terraplén del Ferrocarril San Martín.

Los comentarios en el barrio sobre la mercancía transportada en el camión terminó consolidando una única versión: barriles de doscientos litros. Muchos barriles. Qué era lo que contenían en su interior, nadie lo sabía a ciencia cierta. Lo que sí se sabía era que, dos veces al año, un transporte de mercancías entraba al barrio, iba hasta el fondo, se hacía una suerte de transacción entre dos grupos de hombres, y el camión, invariablemente, desandaba el camino hacia la calle exterior, con un conductor diferente.

Las razones que llevaban a los involucrados a elegir aquel lugar, para efectuar un intercambio de mercancía por -sin duda- dinero, eran varias. La primera, bastante obvia, tenía que ver con que la transacción era ilegal. Y tanto los compradores como los vendedores no querían que hubiera testigos, ni mucho menos bandas rivales o policías cerca.

Aquel fondo, pegado al elevado talud de tierra, en el corazón geográfico de la ciudad de Buenos Aires, les daba esa tranquilidad, que a cambio de una tarifa, garantizaba el capo del barrio.

Sin embargo, aquella tarde -con el sol ocultándose detrás de los edificios que daban al oeste-, iba a ser muy diferente, a punto tal que la propia historia del barrio iba a estar marcada por un antes y un después de ese día…

*Fragmento.