Advierte Iván Jablonka, historiador francés y autor de La historia es una literatura contemporánea, que la historia mantuvo, desde sus inicios, una relación de proximidad con la literatura. Y que historia y literatura rivalizan en la consecución de la verdad, en cuanto esta última implique la aproximación a la realidad de lo acontecido, que muchas veces difiere de lo que se ha grabado en la memoria colectiva.

Creo que esta tesis tiene mucho que ver con el recuerdo de algunas tradiciones criollas.

Hace algunas décadas, en almacenes rurales sobre todo, era habitual encontrar representaciones gráficas que recreaban los conocidos versos de Estanislao del Campo: “Capaz de llevar un potro /  sofrenarlo en la luna”. Y tanto en obras pictóricas, o simples caricaturas, se asociaba la figura del caballo (siempre, por alguna razón que desconozco, era un overo rosado) a la de un criollo, con la típica vestimenta del gaucho.

Borges, a quien nada le era ajeno, rápidamente escrutó en la literatura rural sobre el tema. Así, cita a Rafael Hernández, quien observa que “…al potro no se le pone freno sino bocado, y que sofrenar el caballo no es propio de criollo jinete, sino de gringo rabioso”. Busca a Lugones, quien confirma: “Ningún gaucho sujeta su caballo, sofrenándolo. Esta es una criollada falsa de gringo fanfarrón, que anda jineteando la yegua de su jardinera”. Y sobre el overo rosado, de vuelta a Rafael Hernández: “Ese parejero es de color overo rosado, justamente el pelo que no ha dado jamás un parejero, y de conseguirlo, sería tan raro como hallar un gato de tres colores”.

El espíritu inquisidor de Borges no es común, ni en su tiempo, ni en el nuestro. De allí que es frecuente encontrar representaciones de escenas rurales o gauchescas muchas veces tan divorciadas del modelo que pretenden recrear, que resultan extrañas a los usos y costumbres reales del hombre de campo de antaño.

Un exceso de amor por la tradición gaucha adolece a veces, por la misma pasión, de disconformidad con la realidad histórica. Muchos tenemos representaciones idealizadas del Martín Fierro, a quien, si fantasiosamente nos tocara la puerta, jamás recibiríamos antes de llamar al 911. En cambio, creo que gustosamente compartiríamos un delicioso té inglés con José Hernández, hombre urbano, culto y distinguido, si la máquina del tiempo lo llevara a nuestra circunstancia tan nostálgica de la ritualidad campera. Queda claro que esta opinión no pretende denostar el culto a la tradición gauchesca. Solo intenta plantear la conveniencia de la moderación, para que las exageraciones -o las distorsiones- no tengan que ser “sofrenadas” en la pura realidad histórica.  

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Eduardo Posse Cuezzo.- Abogado. Presidente de la Alianza Francesa de Tucumán y de la Fundación Emilio Cartier.