Jóvenes y apasionados por la aventura, salieron a cumplir un anhelo. “Siento vuelo, que tiemblo. Éste es mi sueño hecho realidad”, dejaría escrito para la eternidad una de las protagonistas de esta historia. Eran 12 tucumanos, de entre 14 y 32 años, todos con el mismo objetivo: escalar una montaña del Perú. Profesores y alumnos del Grupo Andino Montserrat (del colegio del mismo nombre) salieron a vivir un acontecimiento que, sin duda, marcaría sus vidas para siempre; querían hacer cumbre, querían vivir una experiencia única. Y sí, el viaje marcó a muchos, pero como una las mayores desgracias que atravesó Tucumán.

Hablamos de lo que la prensa bautizó como “La tragedia del Sollunko”. Aconteció un día como hoy, pero en 1995. El grupo estaba compuesto por José María Sánchez de 15 años, Andrés Rodriguez (14), Silvana Álvarez (17), Adriana Rodríguez (17), Mariana Lara (18), Sergio Rodríguez (26), Cristian Rivero (25), Pablo Palavecino (23), Teresa Robles (14), Pablo y Eneas Toranzo Rozzi (de 16 y 17 años) y Gabriel Bazán (32). Sólo los últimos cuatro salieron con vida de aquel viaje.

Cronología

La expedición a Perú -narra LA GACETA en un artículo en esos fatídicos días- había salido de Tucumán el 11 de enero. Los viajantes pasaron por Salta y por Jujuy, cruzaron La Paz (Bolivia) y el 17 pisaron tierra peruana. La idea al principio era llegar a Machu Picchu, pero en el camino decidieron que era mejor escalar el majestuoso Sollunko, que se erigía sobre ellos. “Ayer anduvimos recorriendo el Camino del Inca, Conocimos las primeras ruinas, son inmensas [...] hace mucho frío, pero es muy lindo porque estamos juntos [...] Es emocionante sentir que el Machu Picchu es nuestro...”, narró en su diario de viaje Adriana.

El 18 se contactaron por última vez con sus familias, y el jueves 19 salieron en expedición. Acamparon a los 4.100 metros en el cerro y el domingo realizaron el último tramo hasta la cumbre. En el campamento se quedaron Eneas Toranzo, Teresa Robles y Gabriel Bazán, porque estaban enfermos. El resto hizo cumbre a los 4.800 metros. “Concretaron su máximo sueño: llegar a la cima del nevado del Sollunko [...] Allí plantaron la bandera argentina. Se abrazaron de emoción y de alegría. Ni la baja temperatura ni el viento fuerte, y por momentos amenazante, consiguieron amortiguar los bríos de la sangre joven”, precisa una noticia sobre la tragedia.

El alud y la búsqueda

Emprendieron el regreso, pero cerca de las 14 (16 hora argentina) ocurrió el desastre: un alud sepultó en la nieve a ocho de los nueve montañistas. “Todo ocurrió de repente: entre piedras y nieve, mis compañeros comenzaron a caer. Los gritos eran terribles. Yo me aferraba a una roca y los veía caer al precipicio”, diría luego Pablo, único testigo de la tragedia. En shock, el joven emprendió la vuelta al campamento. Informó a sus compañeros, y luego Eneas caminó medio día para dar aviso a la policía peruana.

El lunes a las 9 partió un grupo de rescate. Las primeras noticias comenzaron a llegar el martes a Tucumán “como goteras”, según detalla un recorte del diario. El martes a la mañana, 30 efectivos hicieron base en un campamento para buscar al grupo; y los encontraron el miércoles a las 16, hora argentina. “Lo llamaba a Sergio porque entendía que él era el más fuerte, que podía estar vivo. Y le pedí a la virgen de Montserrat ‘que estén vivos, que estén vivos’. Yo llevaba comida, calentador, agua, jugo, llevaba para hacer fricciones para revivirlos si estaban mal”, relató en un testimonio desgarrador Bazán a un medio de Buenos Aires. “Yo mismo tuve que desenterrar a mis amigos. Algunos quedaron destrozados”, subrayó.

El miércoles a las 19.03 la confirmación llegó a Tucumán. Los familiares estaban en Casa de Gobierno. “Estallaron en un llanto incontrolable, sumidos en el mayor dolor del mundo”, específica una crónica de ese día.

El último adiós

El jueves recién tomó estado público lo acontecido: “Dolor en Tucumán por la muerte de ocho montañistas”, decía la tapa de LA GACETA. Mientras la provincia se hundía en una profunda tristeza, los familiares de todos los andinistas viajaron a Perú en un avión Hércules, prestado por la Fuerza Áerea. “Estoy tratando de sacar fuerzas de donde creo que ya no tengo, para enfrentarme al momento más cruel de toda mi vida: ir a recibir el féretro de mi hija”, dijo aquel día José Agustín Lara, padre de Mariana.

El viernes por la noche, en el aeropuerto de Cevil Pozo, esperaban compañeros y vecinos el retorno de los fallecidos y de las familias . “Ellos no han muerto, van subiendo a la cumbre más alta”, rezaba a las 00 del 28 de enero un cartel que hicieron amigos de las víctimas.

“La caravana de vehículos empezó a marchar a la una hacia el Colegio Montserrat. A lo largo del recorrido, vecinos ofrecieron una silenciosa despedida bajo la lluvia de esa madrugada. Cientos de personas estuvieron de pie al costado de la autopista al aeropuerto en las avenidas Gobernador del Campo, Sarmiento y Belgrano”, cuenta la cobertura de aquel adiós.

En el salón del colegio se velaron a siete de los ocho fallecidos. “La muerte no tiene la última palabra”, fue la frase con la que el padre Ángel Hurtado concluyó su sermón aquella mañana. A las 11.30, los cuerpos fueron inhumados.

Con los años -relatan artículos posteriores- los sobrevivientes prefirieron no hablar de lo acontecido para no revivir aquel dolor, pero la pena generalizada por lo acontecido permanece. Aún hoy aquella frase de “No están muertos, están subiendo la montaña más alta”, se escucha por los pasillos del Montserrat cada vez que alguien recuerda la tragedia que enlutó a Tucumán.