Les acerco reflexiones de P Julián de Camino, fraile de la orden de los predicadores:
“Hoy es segundo domingo de Adviento, y se nos pide que seamos pacientes y nos preparemos bien para la venida del Señor. No hay más que salir de casa para ver cómo las calles y las tiendas llevan semanas adornadas con luces y motivos navideños. Nos dicen continuamente que gastemos nuestro dinero disfrutando de estas fiestas.
¿Qué Navidad nos anuncian los centros comerciales? Una vacía y superficial en la que nos ofrecen comidas, bebidas, regalos y fiestas que poco o nada tienen que ver con la venida del Señor. Está pensado para complacer al yo caprichoso de adentro, que disfruta dejándose llevar por la frivolidad y la disipación. Es bueno disfrutar, pero en su justa medida y en el momento oportuno. Y el Adviento es tiempo de preparación para celebrar el nacimiento del Señor.
En lugar de dejarnos llevar por los anuncios comerciales, la Palabra de Dios nos pide que seamos pacientes y nos preparemos convenientemente para poder experimentar la verdadera Navidad, en la que celebraremos el nacimiento del Niño Jesús entre nosotros y dentro de nuestro corazón.
Efectivamente, la Navidad cristiana no tiene nada de frívola y superficial; afecta a lo más hondo de nuestra persona y al núcleo central de la familia y la comunidad. Es una fiesta llena de amor, cariño y ternura. Para que sea así, es preciso no precipitarse: debemos prepararnos interiormente para que dentro de dos semanas podamos experimentar una verdadera fiesta llena de sentido.
¿Cómo debemos prepararnos para celebrarla? Las lecturas nos hablan de la purificación interior. Por eso la Iglesia nos ofrece el tiempo de Adviento, para que realicemos un profundo examen de conciencia que nos ayude a poner ante nuestra mirada y, sobre todo, ante Dios, todo aquello que no está bien en nuestro interior.
El Adviento es un tiempo de recogernos interiormente, de entrar en nuestro ‘desierto’ interior, ese lugar íntimo y privado donde el Espíritu Santo está presente, y dejar que Él nos ayude a descubrir aquellos aspectos de nuestra vida que debemos cambiar: envidias y rencores, deseos pecaminosos, malas costumbres y todo aquello que nos separa de Dios y de las personas y nos encamina a la amargura y la tristeza.
Todo ese mal debemos confesarlo en el sacramento de la Reconciliación, para que el Espíritu Santo nos limpie y purifique. Quedaremos plenamente consolados. Dios, por medio de Isaías, proclama en la Eucaristía de hoy: ‘Consolad a mi pueblo’. El examen de conciencia y el sacramento de la Reconciliación nos van a ayudar a reconocer nuestra imperfección y pequeñez, y creceremos en humildad. Cuando llegue la Noche Buena, escucharemos cómo el ángel anunció el nacimiento del Señor a los humildes pastores que dormían al raso. No se lo anunció al orgulloso Herodes, en su suntuoso palacio.
En lugar de distraernos celebrando anticipadamente Navidad, seamos pacientes y centrémonos en lo importante para llegar a las fiestas con un corazón purificado y humilde. Pocas cosas hay más amargas que, al llegar el 25 de diciembre, ver cómo los demás experimentan alegremente la Navidad, mientras nosotros tenemos el corazón triste y apagado, porque no sentimos el amor del Hijo de Dios.
Cuando celebremos la Navidad, haremos realidad lo que hemos orado al proclamar el salmo: experimentaremos la paz y la justicia, la misericordia y la fidelidad, la salvación y la gloria del Hijo de Dios, pues Él nacerá en nuestro humilde y limpio corazón.
¿Estoy dispuesto a esperar pacientemente a que llegue la auténtica Navidad? ¿Voy a prepararme interiormente para experimentar el nacimiento del Niño Jesús en mi corazón, junto a mi familia y mi comunidad? ¿Soy consciente de que lo más importante de la Navidad son el amor y la humildad?”