Por Jorge Daniel Brahim

Para LA GACETA - TUCUMÁN

La frase inscripta en el pronaos del templo de Apolo, en Delfos, no deja de ser contundente: Conócete a ti mismo. Querefonte, discípulo de Sócrates, pudo verla cuando acudió a consultar al Oráculo. Allí, de boca de la Pitia, supo que su maestro era el más sabio de los ciudadanos de Atenas. Tenemos noticias de la conmoción que esto le deparó, pero ignoramos la suerte que corrió en su espíritu el haber leído el aforismo apolíneo que luego se divulgó y trascendió los siglos.

Ese lema, uno de los más reiterados en la historia del pensamiento occidental, con su escueta simpleza y su modo imperativo, nos viene a poner en cuestión lo que damos por sabido: lo irrefutable de nuestra propia identidad. Y si mucho parece tener de obvio, no menos tiene de sugerente. Si supiésemos realmente quienes somos tendríamos resuelta la mitad del enigma de nuestra presencia en el mundo. Frecuentamos un yo aparente, que creemos ser, hasta que el zarpazo de lo intempestivo nos pone ante la evidencia del súbito desconocido que, en verdad, somos.

A cuestión de la identidad es uno de los tantos temas medulares que Santiago Kovadloff supo tratar como pocos a lo largo de toda su obra. Tal es su magisterio que, si de él dependiese, no dudaría en reescribir el viejo lema que coronó el templo de Apolo. Para él las cuatro palabras que debieran enunciar el aforismo serían Desconócete a ti mismo.

Por lo tanto, desconocernos es la cuestión. Pero desconocernos, ¿para qué? No para otra cosa que para desenmascarar la impostura de creer que, al frecuentarnos cotidianamente, nos llegamos a conocer en profundidad y somos uno. El hombre, entonces, debe desconfigurarse para reconocerse en su multiplicidad. Si ser uno es imposible, lo probable es ser varios —Fernando Pessoa y sus múltiples heterónimos lo confirman—. Más aún, si aspira a triunfar en su propósito de procurar su identidad definitiva, la imposibilidad manifiesta de lograrlo le anuncia su indefectible derrota.

Esa derrota final lo conduce al desasosiego. Y es el desasosiego el erial donde pace el espíritu del hombre. En su vía crucis terrenal es, sin dudas, su corona de espinas. Del hombre que siente y piensa. Al menos del que siente y piensa la vida como un misterio indescifrable. Constituyendo el telón de fondo de sus días, el misterio del por qué y el para qué, junto al desasosiego que ello conlleva, impulsó al bilbaíno Miguel de Unamuno a escribir Del sentimiento trágico de la vida, su cumbre filosófica, cuyos ecos siguen reverberando en la voz del filosofar kovadloffiano.

La vida inescrutable con el trasfondo de un desasosiego raigal, lo remarco, es otra de las savias donde se nutre el pensamiento de Kovadloff y a la que dedicó páginas inolvidables tanto por su agudeza analítica como por su notable posicionamiento frente a lo crudo de lo trágico. Y cuando hablamos de desasosiego raigal vienen bien las palabras de Baltasar Gracián para calibrar cuál es la profundidad de su significado: “Todo cuanto hay se burla del miserable hombre; el mundo le engaña, la vida le miente, la fortuna le burla, la salud le falta, el tiempo vuela, la vida se acaba, la muerte le coje, la sepultura le traga, la tierra le cubre, el olvido le aniquila, y el que ayer fue hombre hoy es polvo y mañana nada”. Poco se puede agregar luego de leer estas líneas. Tal es la condición del hombre, un equívoco arrojado a la intemperie del sinsentido.

Por eso no deja de llamar la atención que Santiago Kovadloff, siendo un nuncio trágico del desasosiego, considere la vida como un milagro que lo ubica de cara al inquietante arcano de una singularidad bienaventurada: “El secreto indeclinable que me acompaña y me envuelve, es el de estar en este mundo. El de haber sido posible. El de existir. El secreto de lo que llamamos, quizá aventuradamente, azar. El de haber sido uno por una única vez; el de ser consciente de mi existencia, testigo de la luz y la oscuridad, del infinito en lo finito que presentimos en el cielo y en la tierra”.

Ante el estupor que la realidad real lo somete, exhibe su gratitud por formar parte de la existencia. Si la vida, como acertijo, se resuelve con la oprobiosa negación de dejar de ser, Kovadloff responde con la afirmación jubilosa de seguir siendo todavía. Para él, lo imperfecto del modo gerundial importa más que el futuro perfecto de la muerte. Por eso, lejos de ser un tormento, el paso de los años lo convoca al gozo plácido de lo que el presente le ofrece como intensidad. Su pasión no es otra que entender que su proceder cotidiano exige de esa intensidad en los sentimientos y en los actos su concreción manifiesta para que su vida se inscriba en el marco del sentido pleno.

A lo perturbador del desasosiego le opone la virtud estoica de la ataraxia que, sin llegar a ser frustración resignada, es acatamiento sabio a lo que la vida le ofrece como insalvable.

Ese habitar oximorónico en el sereno desasosiego trasfunde a sus horas el beneplácito gozoso de mantener a la ansiedad ajena a su vocabulario personal: ni la pronuncia, ni la vive. El modo particular de posicionarse ante el desasosiego implica, además, y sobre todo, una forma estética de entender lo trágico, implícita en sus textos, donde la belleza es ingénita a lo irreparable. De esa belleza gozosa del desasosiego dan testimonio sus páginas poéticas y filosóficas más logradas que lo catapultan al pináculo literario argentino y lo proyectan como un escritor imprescindible en la ya larga tradición ensayística hispanoamericana.  

Lo hasta aquí dicho, muestra las dos facetas concomitantes -el problema de la identidad y el desasosiego que el vivir consiste- que motorizan la nave nodriza de su pensamiento. Ambas, eso sí, son el prolegómeno de su ingente edificio filosófico. No podríamos frecuentarlo cabalmente si desconociésemos la potencia argumentativa que este dístico le confiere a su obra. Pero el filosofar en Kovadloff tiene como repertorio la filosofía occidental casi en su totalidad. Los temas que lo convocan son aquellos que nunca perdieron vigencia desde que la explosión de la autoconciencia colonizó la mente humana.

Entonces, la pregunta que se impone es ¿de dónde viene Kovadloff?, ¿cuáles son las vertientes donde abreva su pensamiento? Lo que aquí me interesa destacar son sus orígenes, porque a los filósofos modernos los ha frecuentado a todos. Y no tan sólo eso, sino que los ha contrastado y debatido. Vinculado a los filósofos griegos presocráticos y a los del siglo de Pericles, posó su mirada en el Sócrates ágrafo, cuya dialéctica inquisitiva dejó heridos de muerte los dogmas y los tópicos heredados de los sabios que le precedieron. Atenas sufrió un terremoto cognitivo y, por eso, Sócrates debió beber la cicuta. Si hay que buscarle un maestro liminar a Kovadloff, sin dudas, ese es Sócrates. Como el ateniense, nunca deja de repreguntar y repreguntarse por lo que parecía sabido y consolidado; y tampoco duda en poner en tela de juicio la consistencia de sus propias opiniones.

Y sí, claro, viene también de Pirrón de Elis, a través de su amado Michel de Montaigne, y del gallego renacentista Francisco Sánchez. Pero él, a diferencia de Pirrón, no adhiere al escepticismo radical que niega el conocimiento de la verdad a través de la razón y la ciencia; más todavía, cree en la razón y en la ciencia como herramientas para una aproximación asintótica a las verdades fácticas de lo real y a las verdades y dilemas últimos de la filosofía sin la pretensión absoluta de resolverlos. Con Sánchez comparte el escepticismo sólo como metodología para el estudio de una disciplina; tanto es así que, con rasgos cartesianos, presupone a la duda como el componente virtuoso que todo aprendizaje consciente requiere. Es justamente en ese escepticismo propedéutico y limitado en donde Kovadloff se apoya para abordar las cuestiones ontológicas del hombre que tanto lo desvelan.

Siguiendo en esta línea, Santiago Kovadloff forma parte de la estirpe de ignorantes que Nicolás de Cusa supo elucidar como ninguno. En 1440, con la publicación de su De docta ignorantia dejó en claro que hay otra manera de ejercer la ignorancia. No es la ignorancia por ausencia de conocimiento a la que Cusa refiere, sino aquella que resulta del conocimiento de las limitaciones del entendimiento humano: la docta ignorancia, que no debe interpretarse como escepticismo, porque “sabe que no sabe y lo sabe con total certidumbre”. En ese contexto, como “docto ignorante”, Kovadloff tiene el privilegio de formar parte de ese club selecto de iniciados.

Cómo olvidarme, además, del otro hontanar desde donde procede. Me refiero al Moisés bíblico. De la espiga mosaica de lo trágico está hecho el pan con el que Kovadloff saborea a diario su desasosiego. Sólo basta con recorrer las líneas de Lo irremediable, su ensayo sobre Moisés, para entender lo que digo.

Su último libro, Temas de siempre, viene a refrendar todo lo que aquí expuse. Consta de veintiocho ensayos -“tanteos de un vacilante”, los llama- cuya temática variopinta estrecha sus brazos al lector ofreciéndole su cordial familiaridad. Quién, acaso, no puede reconocerse adentrado en lo profundo de meditaciones que involucran el tiempo, la soledad, la muerte, el amor, la amistad, la esperanza, el fracaso, el vacío, el odio. Pero el autor lo aclara de entrada, el título y los temas sugieren una “mansedumbre engañosa”. Detrás de esa pátina de fácil deglución interpretativa se encuentra el razonamiento riguroso, profundo y epifánico que, de consuno con la retórica, transforma su agudo pensamiento filosófico en notable belleza literaria. Algo más. Temas de siempre no es un libro distinto en su ya cuantiosa cosecha. Es el mismo libro que Kovadloff no dejó de escribir nunca. Lo viene escribiendo desde el mismo momento en que lo citó Roberto Juarroz al café “La Cigüeña”, en el Barrio Norte porteño, para hacerle conocer sus impresiones que la lectura del manuscrito de El silencio primordial -su excelsa ópera prima- le habían sugerido. Ese día impreciso de 1991 pudo escuchar, luego de un interminable silencio, la sentencia del poeta: “Ahora, a resistir”.

Para finalizar. “El vacío” es el nombre de uno de los ensayos que componen el libro. Mi obsesiva compulsión por fecharlo todo data el primer contacto que tuve con ese texto el miércoles 5 de enero de 2022. Apenas terminé mi lectura salí despedido hacia la computadora para escribirle al autor. Lo que fue un susurro confidente, un manojo de palabras privadas que no tenía otro destino que hospedarse en el buzón de un correo electrónico aquí lo hago público. Sé que cometo una infidencia, pero sé también que compartiendo esas líneas creo decir mucho, si no todo, respecto de mi experiencia lectora de la obra de Kovadloff.:

Nutrido del sustrato de El silencio primordial, Ensayos de intimidad y Una biografía de la lluvia, este ensayo forma parte de un territorio no desconocido por mí y que se inscribe, además, en la familiaridad con la que me siento acogido cuando de tus escritos se trata. El pasmo poético que me produjo todavía no me abandona. “El vacío” es un verdadero laberinto verbal, construido de palabras sustantivas y mágicas. Allí ingresé decidido. En cada uno de sus recodos me sentí interpelado. Mi identidad fluctuante pudo reconocerse al amparo de la desolación palpitante que allí mora y que, no obstante, me permite saberme. En ese laberinto de significaciones todavía permanezco extraviado. Si por una fortuita casualidad apareciera Ariadna y me ofreciera el ovillo para encontrar la salida, no tengo la menor duda: lo rechazaría.

Estimado lector, como pudo colegir, cursar las páginas de Kovadloff implica asumir un riesgo. Ingresar en ellas es abandonar las rutas trasegadas del lugar común. Es traspapelarse en medio del sortilegio sísmico de su prosa. Es desandar el sentido de la marcha con que la costumbre nos impone a empellones. Es saber, además, que ninguna brújula podrá devolvernos a la región donde cohabitábamos con nuestras viejas y gastadas seguridades. Habrá, entonces, que animarse a experimentar el viaje al país kovadloffiano. A ese riesgo lo invito. Y si de verdad teme perderse en sus senderos intrincados -y le sucede lo que a mí- le sugiero, entonces, que engañe al temor infundado que eso pueda ocasionarle marcando los caminos que transite, pero valiéndose del mismo error inocente que cometió Hansel, el del cuento de los hermanos Grimm -no tan remoto y mucho más familiar que la metáfora del mito griego del Minotauro por el que opté-. Llene sus bolsillos con migas de pan para después irlas diseminando por el camino de ida hacia ese país acogedor y deslumbrante. De ese modo su razonamiento lógico podrá disponer de dos enunciados conclusivos. Uno falso y otro verdadero. El primero: la tranquilizadora ilusión de saber cómo regresar. Y el segundo: la certeza de que los pájaros cumplirán inexorablemente con su trabajo.

© LA GACETA

Jorge Daniel Brahim - Editor y escritor.

El vacío*

Por Santiago Kovadloff

Para LA GACETA - BUENOS AIRES

Lo padece todo el que, por un momento, pierde familiaridad consigo mismo. El que de pronto se desconoce en lo que hace, en la ruina repentina de aquello que le da sentido, en el súbito extravío de eso que, quizá abusivamente, quisiéramos contener en la palabra yo.

Bajo la intendencia del vacío perdemos concreción, nos convertimos en seres abstractos. Dure lo que dure y provenga de donde fuere, nos absorbe el desierto en el que de pronto nos perdemos. Esa nada que nos constituye y nos circunda a la vez nos transforma en parte del páramo en el que estamos. Su apogeo decreta el fin de todo discernimiento. El vacío que entonces nos colma nos define mediante su siembra de inconsistencia. Destituidos por él, nos abrasa lo informe. Todo en nuestro entorno pierde relieve y refleja nuestra propia disolución emocional. Esa tierra extraña, donde solo abunda la irrelevancia, nos agobia, nos marchita. Y somos, mientras ella nos sepulta, testigos de nuestra propia desaparición.

*Fragmento del ensayo publicado originalmente en estas páginas en enero de 2022. Forma parte de Temas de siempre (Emecé, 2023).

Perfil

Santiago Kovadloff (Buenos Aires, 1942) es ensayista, poeta y traductor de literatura en lengua portuguesa. Tradujo, entre otros, el Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa. Ha publicado hasta la fecha cuatro libros de relatos para niños y trece de poesía. Integran su obra ensayística los libros El silencio primordial (1993), Lo irremediable (1996), Sentido y riesgo de la vida cotidiana (1998), La nueva ignorancia (2001), La extinción de la diáspora judía (2013) y Locos de Dios (2018). En 1992 obtuvo, como ensayista, el Primer Premio Nacional. En 2000, el Primer Premio de Poesía de la Ciudad de Buenos Aires. En 1998 se incorporó a la Academia Argentina de Letras. Desde 2010 es miembro de la Academia Argentina de Ciencias Morales y Políticas. Su libro Hombre reunido (2016) compila la poesía que escribió a lo largo de tres décadas. En 2020, recibió el Premio Internacional de Ensayo Pedro Henríquez Ureña, otorgado por la Academia de la Lengua de México. En 2022, la Fundación Argentina para la Poesía le otorgó el Gran Premio de Honor por su trayectoria.