Lo que debería ser una cuestión de rutina, para Osvaldo Jaldo terminó transformándose en un inconveniente. Deberá resolver una cuestión clave: quién será el nuevo jefe de Policía. En estos momentos, en medio de una interna, no importa tanto el nombre, sino si el elegido estará en condiciones de reordenar las filas en una fuerza que pareciera estar desorientada.

La semana pasada, el jefe de Policía Julio Fernández se vio envuelto en una polémica. Ante la ola de versiones en medio de lo que parece una interna política, tuvo que reconocer que había contratado a uniformados que tienen ese oficio para construir su vivienda en El Cadillal. Dijo que él les pagaba y que realizaban las tareas cuando no cumplían funciones. El ministro de Seguridad Eugenio Agüero Gamboa, que seguiría en el cargo después del 29 de octubre, anunció que se abriría una investigación y si era necesario, el caso sería llevado a la Justicia. Horas después, el gobernador Juan Manzur salió a respaldar públicamente al funcionario policial.

La crisis estalló el martes muy temprano y durante ese día se vivieron situaciones de mucha tensión en el área. Por la mañana, en una reunión que se hizo en la secretaría de Seguridad, varios miembros de la plana mayor cuestionaron algunas conductas. Dijeron que era hora de poner punto final a la interna que se había desatado por la lucha por el poder y que los méritos se conseguían por el trabajo realizado, no por alimentar versiones para perjudicar a un posible candidato.

Por la tarde, como pocas veces lo había hecho a lo largo de su gestión, Manzur, se presentó en la Jefatura de Policía. Encabezó un encuentro con el personal civil de la fuerza que tuvo un solo objetivo: pedirle que apoyaran a Massa en las elecciones del próximo domingo. El único que estaba feliz era Fernández, que acababa de ser respaldado por el titular del PE. Los otros comisarios de la plana mayor contemplaron desconcertados el acto en el que esperaron algunos anuncios que nunca llegaron.

Modelos

Queda poco tiempo para que finalice el segundo mandato del gobernador. Una etapa que no dejará gratos recuerdos para la mayoría de los integrantes de la fuerza. Un dirigente que en ocho años de gobierno probó con cuatro modelos de conducción. Al hacer un balance, hay pocos aciertos para destacar.

Consolidado por el alperovichismo, Dante Bustamente fue el primer jefe de Policía de Manzur. Le dio continuidad al proyecto de que el servicio 911 siga siendo la columna vertebral de la prevención del delito e incorporar tecnología para la lucha contra el delito, pero no pudo avanzar porque fue desplazado cuando llegó Claudio Maley al Ministerio de Seguridad.

El ex comandante de Gendarmería Nacional apostó por otro modelo totalmente diferente: el de convocar al comisario retirado José Díaz para conducir la fuerza. Bajo su gestión, Tucumán fue aplazada en todos los índices de seguridad nacional, crecieron los hechos de corrupción policial y rompió vínculos con la mayoría de los fiscales luego de que insultara a uno de ellos en un programa de televisión. Políticamente complicó a Manzur al sugerirle que premiara con una medalla de oro a un comisario que semanas después sería detenido por robo de cables en el sur de la provincia. Renunció al cargo cuando su nombre quedó vinculado a la causa de la desaparición y posterior crimen de Paulina Lebbos.

Luego volvió a la fuente y designó a un hombre de la fuerza. Manuel Bernachi fue el que más tiempo duró en la Jefatura de Policía. Ostenta dos logros en su haber: haber reducido la tasa de homicidios en la provincia y haber demostrado ser intolerable a la hora de sancionar a los subalternos que cometían irregularidades. Dicen que nunca antes se había sancionado y separado de la fuerza a tantos hombres y mujeres. Renunció por tener claras diferencias con el ministro Agüero Gamboa. Fue reemplazado por Fernández, cuyo ciclo llegaría a su fin con muy pocos aciertos para destacar y empañado por la construcción de su vivienda. Un dato que no es menor: los dos últimos subjefes de policía, José Gómez y Sergio Sobrecasa Acosta, fueron los jefes de su custodia, los que lo acompañaban a todos lados y los que él confiaba plenamente.

¿Y ahora?

Jaldo tenía pensado tomarse su tiempo antes de resolver qué haría con la Policía. Pero el “fernandezgate” cambió todo. La tarea no sólo será la de elegir a un hombre, sino definir cuál es el modelo de fuerza que pretende para su gestión. Por eso hay un sinfín de versiones sobre la decisión que tomará. El gobernador saliente le dejó una bomba al electo. La interna por el poder está más activa que nunca. En el mundo azul no hay grises: sos amigo o enemigo. Ese detalle le puede jugar una mala pasada al dirigente que transformó la seguridad en uno de sus estandartes durante la campaña.

Varias fuentes contaron que ya tuvo varias conversaciones con el ministro Agüero Gamboa. Incluso dicen que el titular del área de Seguridad mantiene más diálogo con el hombre que ocupa el despacho del edificio de la Legislatura que con el de la Casa de Gobierno. Hay una lista con nombres dando vueltas en la que aparecen comisarios en actividad y un civil, pero nadie será nombrado hasta que Jaldo analice detenidamente los antecedentes de los postulantes y qué plan de acción tendrán para ejecutar. Pero también cuenta con otra nómina: los que se irán. Allí aparecen dos secretarios del área de Seguridad y varios miembros de la plana mayor que, a su criterio, no estuvieron a la altura de las circunstancias.

Hay dos cuestiones que Jaldo debe resolver. La primera, y más complicada, sin lugar a dudas, es cuándo anunciará los cambios. No puede hacerlo aún por una simple razón: informar quién será el nuevo jefe debilitaría aún más a Fernández y un relajamiento en la tropa puede generar una ola de inseguridad en la provincia que debilite su gestión antes de que comience.

La segunda, elegir a la persona con la que menos modificaciones deba realizar. El jefe de Policía es un cargo político y su nombramiento no incide en nada. El problema aparece con la designación del subjefe de Policía. Todos los oficiales jefe que tengan mayor rango deberían pasar a retiro inmediatamente. Se trata de un uso y costumbre de la fuerza y no porque haya una norma escrita que así lo disponga.

Lo que sí está claro es que el dirigente tranqueño seguirá con la misma costumbre que tenía cuando era gobernador interino. Reunirse con la plana mayor de la fuerza periódicamente. Estos encuentros servían para evaluar los resultados obtenidos y escuchar los problemas que se presentaban. Pero también es un claro recordatorio de un viejo dicho: “todos los hombres son buenos, pero si se los controla son mejores”.