El humorista político Alejandro Borensztein vivió acosado, durante varias noches de noviembre de 2015, por la imagen fantasmal de un gag. En su condición de presidente de la cámara de productoras independientes de televisión, fue uno de los principales organizadores del debate presidencial entre Daniel Scioli y Mauricio Macri que tuvo lugar en el mismo escenario donde se realizó el debate del pasado domingo. Borensztein estaba obsesionado con un escalón de siete centímetros que sobresalía en el escenario del salón de actos de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Temía que uno de los candidatos se tropezara con ese escalón y que ese tropiezo fuera la marca distintiva de la noche. Y eventualmente un factor determinante en la elección.

Ese es el tipo de temores que acosan a los candidatos y sus equipos. Se obsesionan con los detalles que pueden ocasionar un tropiezo fatal. Y de ese conjunto de obsesiones deriva esa dinámica estructurada que sacrifica agilidad y espontaneidad en el intercambio discursivo. Las reglas del debate derivan de propuestas que requieren el consenso de los equipos de campaña de los candidatos.

En la previa del debate de la semana pasada se cruzaron ministros, legisladores, gobernadores, candidatos y asesores de todos los colores políticos. Se saludaron y conversaron cordialmente, en contraste con el tono habitual de los debates legislativos o de los cruces televisivos.

La tensión de los candidatos en el debate era perceptible y razonable. Se enfrentaban a una audiencia equivalente al de un partido decisivo de la selección argentina en un Mundial de fútbol. En un debate pasado, en el detrás de escena hubo una recriminación verbal entre dos candidatos que, por el nerviosismo de los protagonistas, los puso al borde del enfrentamiento físico.

En la memoria de la ciudadanía suelen quedar principalmente frases sueltas, gestos, reacciones. El beso de Juliana Awada a Macri -que derivó en una prohibición a los acompañantes de subir al escenario-, preguntas como “Daniel, ¿en qué te has transformado” o advertencias recientes como “Javier, hasta aquí llegaste”. Se multiplican luego las lecturas lombrosianas de semblantes y el reduccionismo de los memes. El número de candidatos y temáticas comprimidas por las limitaciones de tiempo impulsan las chicanas estudiadas, las caracterizaciones simplificadas, las descalificaciones efectistas y los eslóganes por encima de las reflexiones profundas o el intercambio fluido de opiniones. Es lo que permite el formato del evento, la voluntad de los candidatos y la dinámica propia de la competencia electoral. También hay aciertos argumentativos, improvisaciones inteligentes y puestas a prueba del carácter de los protagonistas. Es el debate viable y un ejercicio que se ha convertido, por la receptividad de la sociedad y de los dirigentes, en una valiosa tradición democrática. Un ritual que abona la posibilidad de un voto nutrido por una exposición contrastada de los ejes fundamentales de la oferta electoral. En medio de la crisis de representación que vive la Argentina, la puesta en escena de las propuestas políticas para la gestión de los intereses colectivos adquiere una particular relevancia.

La aceleración histórica de estos tiempos en nuestro país mueve en días u horas variables que en países relativamente estables suelen moverse en años o meses. Con esa densidad de acontecimientos, millones de argentinos se congregarán durante la mañana y la tarde del próximo domingo en miles de escuelas para definir en minutos buena parte del porvenir colectivo. En ese momento se destilarán en los cerebros de los electores algunas imágenes, frases e ideas de la infinidad de impactos sensoriales recibidos en las últimas semanas. Y por la noche, millones seguiremos en nuestras pantallas la contabilidad de ese cúmulo de decisiones que dibujará el horizonte que nos espera.

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Daniel Dessein - Miembro del consejo asesor de la Cámara Nacional Electoral en los debates presidenciales.