Fernando Botero murió hace dos semanas. Era el escultor vivo más cotizado del mundo pero consideraba que su mayor obra era un óleo. Juan Carlos, su hijo, me mostró hace unos años ese cuadro, exhibido en el Museo de Antioquia, Medellín, y me contó la historia que se escondía detrás de él. Es una pintura que retrata a Pedro, hijo del maestro y víctima fatal de un accidente automovilístico, con cuatro años, en 1974.

Fernando perderá una falange de su mano derecha intentando sacar el cuerpo de su hijo atrapado por el metal retorcido del auto después del choque. Durante dos meses no podrá sostener un pincel. Lo primero que pinta es el óleo que muestra a Pedro, con la masa típicamente ampliada de sus figuras, una luminosidad inédita y una mirada fija, distinta a la de los personajes de sus cuadros anteriores. Nunca más pintará igual.

Pedro está disfrazado de policía y montado sobre un caballo de juguete que sonríe. En el costado izquierdo de la escena hay un muñeco que llora. En el derecho, una casa en miniatura con una puerta y una ventana por las que se asoman un hombre y una mujer vestidos de luto, con los brazos abiertos, como posible expresión gestual de la convicción de que ese hogar se derrumba o de la búsqueda de una explicación que no admite formulación alguna.

En un paréntesis del recorrido por el museo me pregunto cómo habrá vivido Juan Carlos, hijo supérstite, los 44 años que pasaron desde la muerte de Pedro. Juan Carlos contesta elípticamente, hablando de su padre. “Nunca dejó de trabajar, ni un solo día, cayendo extenuado cada noche, terminando muchas veces con su hombro derecho destruido por el movimiento constante. Papá, le decía, tenés que parar. Y él me contestaba: No, hijo, no puedo, tengo que terminar esta obra”.

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