Jesús comenzó su predicación anunciando la llegada del Reino de Dios con imágenes y metáforas para que resultara más accesible a la inteligencia y atractivo al corazón. Hoy nos lo ilustra con la parábola del tesoro escondido; al ser descubierto, se vende todo lo que se posee con tal de conseguirlo. Y con la de un comerciante que buscando perlas finas; al encontrar una de gran valor hace otro tanto. Estas imágenes, el tesoro y la perla, son aplicadas a la Sabiduría.

El Reino de Dios es la Sabiduría y Bondad infinitas de Dios que quiere introducir a sus criaturas en la felicidad de su Vida intratrinitaria. El Reino de los Cielos es ver y amar y sentirse amado por Alguien infinitamente mayor y mejor que nosotros, que nos quiere sentados a su mesa. Es ver y amar al que ha creado lo que vemos y no vemos; es esa inmensa asamblea de ángeles y santos con María, la Madre del Señor y nuestra, a la cabeza; es la felicidad, el amor y la vida para siempre. Un Reino de justicia, de amor y de paz, soñado por los hombres pero imposible de instaurarlo con nuestros recursos.

Ante esta realidad todo otro valor se eclipsa. El Señor exhorta: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás vendrá por añadidura. No os preocupéis por el mañana” (Mt 6,33). “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá” (Mt 7,7). ¡Oración! ¡Lectura meditada y asidua de la Palabra de Dios para hallar ese tesoro escondido y esa preciosa joya y no quedar encandilados con el brillo prestado por Dios a las cosas de este mundo!

La vida de oración es la mejor garantía para conocer y valorar los dones que vienen de Dios permitiendo a cada uno juzgar con acierto sobre las cosas de esta vida (Fuente P Justo Sánches).