Por José Claudio Escribano

Para LA GACETA - BUENOS AIRES

Laberintos, espejos, tigres, cuchillos. En su inmensa sabiduría, Borges repitió esas metáforas hasta labrar con ellas la marca de un estilo y de una doctrina literaria.

Lo hizo sin olvido de que en la reiteración profusa Borges imitaba a Borges y terminaba por asimilarse a los discípulos que lo plagiaban. En octubre de 1977, en diálogo con Roger Caillois, en el Centro Pompidou de París, Borges admitió que aquellas palabras debían estar prohibidas para él. A veces, confesó, una distracción impedía el propósito; y así, surgía de pronto el infaltable “laberinto”, al que se resignaba. Borges reconoció que cuando escribía trataba de no ser Borges, porque eso le molestaba. Tomó como ejemplo nefasto el del poeta que se preocupa tanto en parecerse a sí mismo que corre el riesgo de convertirse en su propio discípulo.

Caillois reflexionó que con las voces por las que se lo reconocía Borges había construido un sistema: no se trataba, en su caso, del uso de palabras aisladas, sino de una sistematización debidamente elaborada de ciertas palabras. “Ahí está -contestó el autor de El Aleph- podríamos fundar una tradición con cuatro palabras disparatadas, y trataríamos luego de ser fieles a ellas”.

Sabemos que eso es posible y que la realidad dispensa auxilios generosos a quienes se hallen dispuestos a la partida. La prensa cotidiana ofrece, más por pereza que por inventiva, una cantera de modelos fungibles con la hipótesis borgiana. Modelos que resisten el paso del tiempo y el advenimiento disruptivo, para decirlo en onda que ya tendrá a su altar, de revoluciones tecnológicas que arrasan con todo lo restante. ¿Dónde están los viejos ordenanzas serviciales de la Redacción? ¿Dónde, los imprescindibles chicos sacapruebas del Taller de composición?

He aquí, al azar, una primera contribución a la idea que Borges conjeturaba: el histórico ascensorista del Ministerio de Economía… Otra: el mítico director técnico de las divisiones inferiores de Barracas Central. Caillois observó que Borges había enaltecido las metáforas elementales y Borges aceptó que los lugares comunes cumplen un papel necesario.

R.C.- Usted dijo con firmeza que si la imagen estuviera fundada en la sorpresa no duraría, porque no hay nada más breve que la sorpresa.

J.L.B.- Es evidente, se trata de un instante.

R.C.- ¿Pero de verdad piensa que es necesario mantenerse en las mismas metáforas? Nerval dijo: “El primero que comparó la mujer a una rosa era un poeta; el segundo, un imbécil”. ¿Cómo reacciona usted ante esa frase?

J.L.B.- El tercero es un clásico

Debemos al histórico ensayista mexicano Alberto Ruy Sánchez, colaborador de Octavio Paz en la mítica revista Vuelta de los años ochenta, la afortunada grabación del diálogo que Roger Caillois, notable difusor de la literatura latinoamericana, y en particular argentina, sostuvo en París con Jorge Luis Borges, una de las figuras más disruptivas que haya habido en el canon de la literatura universal.

¿Cuántos clásicos del periodismo vernáculo habrían de negarlo?

© La Nación