Hace casi una década, Federico Hlawaczek entró en las grandes ligas de la industria tecnológica global. Este ingeniero en Computación graduado en la Universidad Nacional de Tucumán (UNT) saltó de Google a YouTube, y, luego a Instagram y, después, a LinkedIn, donde trabaja en la actualidad. Su especialidad es identificar problemas y ayudar a resolverlos. Vivió en el propio Silicon Valley, precisamente en el Área de la Bahía de San Francisco (California, Estados Unidos), hasta que en noviembre se instaló en Seattle para intervenir en la apertura de una sede nueva de la compañía. A esta altura del partido Hlawaczek ya es un ciudadano de ese mundo de las startups revolucionarias, que no solamente digitalizaron la vida, sino que también transformaron la cultura corporativa. Este paradigma de oficinas diseñadas para pasar la vida allí está en crisis como consecuencia de la pandemia. No es un tema trivial: Hlawaczek dice que está en juego el principio creador de Silicon Valley.
“Cuando me mudé a California, por supuesto que internet y la videoconferencia ya existían, pero todavía la cultura de trabajo de las empresas estaba ligada a la idea de que, para innovar, hacía falta reunir a una masa de gente en un solo lugar”, refiere en una conversación por Google Meet. Y agrega: “la típica oficina estaba llena de espacios abiertos con zonas para sentarse a charlar y pizarrones. Había una invitación permanente a compartir información para que ocurra lo que en inglés se denomina ‘serendipity’ (‘serendipia’ en español: hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual). Se creía que el puro contacto físico del personal iba a generar avances para las empresas. Esto era un valor muy alto de las grandes compañías tecnológicas”.
Todo cambió con la irrupción de la covid-19 y el boom del trabajo remoto que alumbró la tribu de los nómades digitales. Pasaron las olas del virus y, sin embargo, la oficina de antes se resiste a regresar. Hlawaczek subraya que aquel modelo fundado en la congregación de mentes que él experimentó con amplitud hizo que Silicon Valley se convirtiera en capital mundial de la innovación.
“Al lado de las startups número uno siempre hubo otra línea de empresas de tecnología más pequeñas, que fueron remotas desde el principio y más libres en ese enfoque, pero menos osadas y con tendencia al comportamiento inercial. Pero ninguna de estas empresas llegó al tamaño de Google o de Facebook. Siempre existía una duda sobre si una compañía podía alcanzar el nivel máximo de innovación siendo completamente remota. Esto es algo que está cambiando por la fuerza, y es un debate abierto y muy vigente en nuestra industria”, relata.
La conversación acerca de la modalidad de trabajo revela hasta qué punto las empresas tecnológicas temen a lo que contribuyeron a generar: un tiempo donde el contacto físico pareciera prescindible. ¿Hasta dónde conviene llevar la existencia en la pantalla? Si bien nadie tiene aún una respuesta, Hlawaczek indica que algunas cosas ya se saben. “Lo que definitivamente no anda es el formato híbrido, donde algunos van a la oficina y otros trabajan de manera remota. Esa hibridez termina siendo gris para todo. ¿Por qué? Porque las ideas que aparecen en la oficina no terminan de ocurrir porque hay que traer a los que están casa. ¿Cuál es el paralelo en el plano remoto para resolver algo rápidamente? Todavía no está claro cómo se hace, cuál es la coordinación adecuada”, explica.
¿Otro Detroit?
Con el fin de vencer la aprensión que despierta la posibilidad de suprimir la oficina, las empresas de Silicon Valley están ensayando múltiples recetas. Una de ellas es usar el dinero que se ahorra en alquileres, mobiliario, servicios y mantenimiento para celebrar convenciones intensivas periódicamente. “Aquí se está pensando en encuentros presenciales en un hotel intermedio para tratar la agenda que necesita conversaciones de mucho ancho de banda, es decir, conversaciones complicadas. La idea es meternos en una pieza y no salir de ahí hasta que tomemos decisiones”, cuenta Hlawaczek. Si triunfara ese esquema, Silicon Valley podría seguir el camino de Detroit y sus fábricas de autos cerradas, y convertirse en un cementerio de edificios vacíos. Sería otro paisaje deshabitado por obra y gracia del coronavirus.
Pero no importa tanto lo que suceda con los cuarteles generales de las startups, sino que prevalezca la filosofía que les permitió materializar inventos como la inteligencia artificial, las redes sociales y los buscadores. Eso se llama innovación y Hlawaczek la define como una idea nueva, aunque no se trate necesariamente de un invento: “es raro ver un invento, ¿sí? Para mí tiene más que ver con encontrar una forma diferente de hacer algo que ya estabas haciendo o con encontrar algo diferente que podés hacer con una tecnología que ya tenías. Esos son los dos tipos principales de innovaciones que existen en el presente”.
El 90% de los negocios que hay en internet emplean las prestaciones del entorno digital como una forma nueva de hacer algo, desde pedir comida hasta asegurar un auto. “Sí es innovación porque estás haciendo algo que ya hacías, pero de una forma más eficiente y amigable”, expresa el ingeniero. Según su criterio, el centro de esto radica en identificar problemas. “Si pensás en el proceso, la innovación no se vincula tanto con inventar algo como con hallar y resolver un problema”, añade. Y ejemplifica: “innovaron quienes vieron que era complicado hacer negocios desde la Argentina y decidieron usar criptomonedas. Esta mentalidad está tan arraigada que en las compañías tecnológicas se evalúa al personal por la calidad del problema que encontró, no por la solución. Para mí es ahí donde empieza todo”.
Jobs logra lo obvio
Hlawaczek vive de encontrar problemas y de definirlos de una forma que se entienda cuál es el valor de solucionarlos: “no se puede pensar en innovación como si se tratara de una lamparita que se enciende. Si ves lo que Steve Jobs (el mítico cofundador de Apple) hizo te das cuenta de que no inventó nada. Lo que salvó a Apple cuando Steve Jobs volvió en los 90 es que empezaron a hacer reproductores de MP3 (el iPod), que en ese momento ya existían, al igual que la música digital. De lo que Steve Jobs se dio cuenta es que las discográficas tenían el problema de que no entendían el modelo de música digital: no sabían cómo contrarrestar el negocio de la piratería. Del lado de los usuarios existía el problema de que los dispositivos de música digital eran difíciles de usar. Estaba todo ahí, pero era una barrera de entrada para el usuario común”.
El ingeniero tucumano afirma que Jobs encontró los dos problemas (discográficas y dispositivos) y creó la solución más obvia una vez que identificás los dos problemas: un producto fácil de usar y un mercado para vender canciones, obviamente con ejecución y operación impecables.
“Creo que la Apple Store ni siquiera fue el primer marketplace para la música. Cuando se ve de esa forma, no es que Steve Jobs soñó con el iPhone, sino que supo trazar las líneas. Una vez que armás lo que querés hacer, luego hay que ejecutar la idea, que es tanto o más difícil que lo primero. Ideas tiene cualquiera. Ahora bien, llevar eso a algo que realmente entregue una solución con el impacto buscado demanda el 90% del esfuerzo y representa el 90% de lo que las empresas hacen mal”, evalúa. Hlawaczek observa que hay empresas que son mucho más innovadoras que Apple en cuanto a la visión de un problema, pero que su idea fantástica muere en la ejecución.
Focalizar la vista en el problema es la puerta de acceso a un crecimiento ilimitado. Esto demanda un gran esfuerzo personal en la Argentina porque impera una cultura proclive a esquivar las dificultades y las soluciones.
Hlawaczek dice que tuvo la suerte de recibir una formación adecuada para la tarea que desarrolla -se define a sí mismo como un producto de la educación pública (hizo el secundario en el Instituto Técnico además de cursar los estudios superiores en la UNT) y está agradecido por ello-. “Yo me puedo sentar con alguien de Stanford a hablar sobre ciencias de la computación y no siento que me falte algo”, asegura.
Pero sólo ve los problemas, los piensa y los soluciona aquel que aprendió cómo hacerlo, y se ejercitó. “No sirve memorizar conceptos y escupirlos. Eso está en las antípodas de la mentalidad innovadora. Lo que funciona es que te enseñen a pensar. Y la Argentina es un paraíso para eso por el sólo hecho de que hay problemas por todas partes. La educación debe desproblematizar el trabajo con problemas y convertirlo en algo natural”, postula.
Hlawaczek considera que si hay un beneficio de vivir y formarse en un país inestable y siempre al borde del abismo ese es la resiliencia, la capacidad de ir para adelante en un medio complicado. “Te da la habilidad de superar problemas que para otros son paralizantes. Trabajo con gente de todo el mundo y se nota la diferencia que hay entre la que viene de países difíciles y la que proviene de ambientes más fáciles. Son los que tuvieron que sortear más obstáculos quienes se destacan y terminan llegando más lejos”, enfatiza. Es que la serendipia no tiene patria ni nacionalidad. Innovador quizá se nace, pero con certeza también se hace.
La receta de Hlawaczek
1) Enfocar la cabeza en el problema que se quiere resolver.
2) Idear una solución acorde al problema identificado.
3) Recordar que de la ejecución y la operación depende el 90% del emprendimiento.
4) Innovar tiene que ver con crear algo nuevo a partir de lo que existe.
5) La innovación necesita una educación que enseñe a pensar los problemas.











