"Los programadores tucumanos no tienen nada que envidiarles a los de Yale y de Harvard"

Antonio Tralice. Antonio Tralice.

Graduado en la UNT, Antonio Tralice cofundó dos startups dedicadas a capacitar para la programación digital. Sus proyectos lo llevaron a codearse con los número uno de la innovación electrónica mundial.

Irene Benito
Por Irene Benito 17 Julio 2022

Antonio Tralice es un libro abierto en la disciplina laboral del momento: la educación de programadores para internet. Arranca la entrevista por Google Meet y al segundo siguiente le sale el costado docente que lo distingue para explicar la diferencia entre un emprendimiento financiado con los propios recursos y otro que se nutre de los capitales de riesgo. El tucumano Tralice cofundó dos escuelas virtuales de programación, Plataforma 5 y Henry, que son marcas registradas en los emprendimientos de su tipo. Este ingeniero en Computación se parece al personaje de la canción de El Cuarteto de Nos: a los treinta y seis ya triunfó, ya se fue, ya volvió, ya creció, ya cayó y ya entendió. Aún así, dice que está preparando su próxima startup. Y dice algo más sorprendente todavía: los programadores de Tucumán no tienen nada que envidiar a los graduados de Yale, Harvard y de los centros de tecnología más prestigiosos del planeta.

Tralice habla con la autoridad de quien vio pasar cientos -quizá miles- de estudiantes de todas partes. Y para él no hay nadie como los comprovincianos. “A mí me cargan por esto, pero el ‘Tucumán Valley’ se destaca en Buenos Aires porque sus miembros son muy picantes”, afirma este emprendedor radicado desde hace una década en la capital del país (en su momento incluso hubo un grupo de “coders” y emprendedores locales que organizaba actividades con aquel nombre emparentado a Silicon Valley, sede de las compañías que revolucionaron el mundo digital). Para él se trata de un potencial que vale la pena explorar y hasta se ilusiona con la posibilidad de volver a la provincia. “Al final del partido, la diferencia entre un profesional tucumano y otro estadounidense son las oportunidades”, define.

Los programadores tucumanos no tienen nada que envidiarles a los de Yale y de Harvard

La posta está en Punta

Tralice vio una oportunidad y la profundizó cuando, con un compañero de un posgrado que estaba cursando, Santiago Scanlan, detectó la necesidad de ampliar el acceso a la informática. Así nació Plataforma 5. “Es un caso de ‘bootstrapping’, que traducido sería como levantar una empresa por sus propias trenzas, como si se tratara de unas botas. Aquí no hay inversores, ni riesgo, sólo el capital de los fundadores, que suelen reinvertir lo que ganan y, por eso, el crecimiento es lento. La contrapartida de esto es acudir a un capital de riesgo o ‘venture capital’, donde todo es rapidísimo, que es lo que hicimos con Henry. La tercera es la vencida: a mí me gustaría hacer algo en el medio entre el ‘bootstrapping’ y el ‘venture capital’”, comenta.

En este ambiente de la innovación se habla un sólo idioma: el inglés, punto que tiende a jugar en contra a la comunidad del “Tucumán Valley”. Tralice repasa de un modo muy prolijo cómo son los sistemas de financiamiento que conoció y subraya que los emprendedores, sean o no digitales, lo primero que deben probar es si su idea funciona efectivamente. Al respecto, acota: “para eso necesitás plata o tiempo. En el ‘bootstrapping’ gastás tu plata y tu tiempo. Pero, si acudís a los capitales de riesgo, usás tu tiempo y el dinero de otro que eventualmente será tu socio si la idea supera la prueba. Si no lo hace, nadie debe nada a nadie. De ahí viene el riesgo porque un inversor financia diez emprendimientos con la expectativa de que, si uno anda bien, ganará una fortuna. A mí esto me parece importante para sacarse el miedo al fracaso”.

Los programadores tucumanos no tienen nada que envidiarles a los de Yale y de Harvard

El peldaño correspondiente al desarrollo del modelo de negocio relativo a una idea ya testeada también tiene sus propias lógicas y etapas (“ronda semilla” se llama). Tralice dice que hay que tocar las puertas de “mil inversores” hasta que alguno se interese y que, basta que uno lo haga, para que los otros también quieran entrar. “Es una comunidad donde se conocen todos. En mi campo, hoy la posta está en Punta del Este (Uruguay)”, observa. Si el modelo de negocio es correcto, el proyecto pasa la ronda semilla y queda en condiciones de ingresar a la llamada serie A, que es una instancia donde recauda las inversiones que necesita para escalar y llegar a todos los mercados. Esa fase implica un “crecimiento a lo loco”: el despegue que explica la demanda insaciable de informáticos y por qué esa área se erigió en vedete del teletrabajo. “A veces se siente que no hay control de nada porque todo es rapidísimo. Las empresas pasan de cinco a 100 integrantes en poquísimo tiempo”, ejemplifica.

Con Plataforma 5, Tralice y su socio “bajaron” una idea que ya existía: la formación de programadores en tres meses, es decir, trabajadores capacitados para ingresar a la industria tecnológica. Al principio se iban a asociar con una firma estadounidense, que les puso como condición para conversar que ellos dieran un curso. “Fue puro ‘bootstrapping’. De la nada logramos reunir cinco alumnos. Yo armé el contenido en mi tiempo libre, arrancamos y nos fue bien. Lo repetimos y conseguimos 50 estudiantes, pero la compañía decidió retirarse. Igualmente la experiencia nos sirvió para darnos cuenta de que la actividad era rentable. Ahí renunciamos a nuestros trabajos anteriores”, cuenta el egresado de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT). Embalados como estaban, organizaron el primer “coding bootcamp”, que hace seis o siete años era algo muy disruptivo.

Del hostel a la incubadora

“En la industria tecnológica llegar primero es cuestión de gloria y de orgullo personal porque nadie reconoce el esfuerzo de abrir un camino. A veces es mejor esperar a que maduren los emprendimientos de terceros”, reflexiona Tralice. El hecho es que él terminó colapsado por lo que implicaba la gestión de Plataforma 5 y en un momento se fue a España a despejar la cabeza. ¿Qué hacía? Trabajaba en la limpieza de un hostel.

Los programadores tucumanos no tienen nada que envidiarles a los de Yale y de Harvard

Retirado de su primer startup y “curado” del estrés, Tralice, a quien en su mundillo llaman “Toni”, empezó a dialogar con los que después serían sus compañeros en la fundación de Henry (Martín Borchardt, Leonardo Maglia, Luz Borchardt y Manuel Barna Ferres). Esta academia para aprender programación online tiene como particularidad que los alumnos se postulan y, si son elegidos y concluyen los estudios, pagan su formación (alrededor de U$S 4.000) con el trabajo que consiguen gracias a ella. Es un modelo sumamente innovador donde de alguna forma desaparece la barrera económica, y lo que importa es la materia gris y las ganas de codear. Ese esquema en parte surgió a partir de las sesiones exigentes de Y Combinator (YC), una aceleradora o incubadora de startups ubicada en California, jurisdicción que, gracias a Silicon Valley, sería la capital mítica y espiritual de ese sector. Según Tralice, entrar a la comunidad de fundadores de YC abre todas las puertas.

La pandemia hizo la otra parte del trabajo. Cuando el confinamiento llegó, la propuesta de Henry estaba lista para sumar a cientos de aspirantes obligados a quedarse en casa, y a trabajar y estudiar en forma remota. Progresaron rápido desde 2020 y, en mayo de este año, la compañía anunció que había recaudado U$S 10 millones en una serie A. Uno de los hallazgos más llamativos es que más del 90% de los egresados del “coding bootcamp” consigue un empleo y paga su acuerdo de ingresos compartidos. Tralice atribuye este porcentaje alto de cumplimiento al hecho de que Henry verdaderamente permite salir adelante y a que los beneficiarios quedan agradecidos con el proyecto educativo que les tendió la mano.

Después de haber participado y puesto en órbita su segunda escuela digital, Tralice está en condiciones de encarar el próximo desafío. “A algunas personas nos gusta la hoja en blanco y, a otras, trabajar sobre una base dada. A mí me atrae el cambio permanente. Nunca estuve más de dos años en un trabajo”, comenta. En el camino aprendió a ser un orgulloso producto de “La Quinta” (por la Quinta Agronómica, subsede de la UNT donde estudió), algo que al comienzo lo atemorizaba. Tralice asegura que esta provincia podría ser un criadero increíble de startups si capitalizara lo que hoy parece un freno, que es la necesidad de inventar un ecosistema emprendedor que haga los honores al apelativo “Tucumán Valley”.

Los programadores tucumanos no tienen nada que envidiarles a los de Yale y de Harvard

La receta de Tralice:

1) Valorar la educación impartida en Tucumán.

2) Perder el miedo al fracaso.

3) A veces es preferible esperar que otros abran el camino.

4) Capitalizar los reveses: aprender del error.

5) Detectar una necesidad y tratar de solucionarla.

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