¿Qué estamos haciendo con los filtros de las redes sociales?

¿Qué estamos haciendo con los filtros de las redes sociales?

“Lo gracioso es que yo hace tres minutos, antes de usar esto me veía estupenda, divina y monísima, y con todo lo que me he hecho, ahora no me gusto”. La frase le pertenece a una joven de menos de 30 años, quien ha usado filtros de TikTok por solo un rato. Sorprendida al principio, decepcionada al final, la chica ha pasado de un momento de exaltación por las transformaciones que ha sufrido su rostro a través de la tecnología de una de las herramientas más usadas por los jóvenes y adolescentes por estos días. Si esto ha vivido una persona con cierto grado de madurez reflexiva, ¿qué puede estar pasando entonces en todo este tiempo en el que nuestros hijos están expuestos a los filtros de redes sociales?

Sutiles modificaciones

Solo basta abrir la aplicación de TikTok e intentar hacer un video propio. Abajo, al costado izquierdo aparece el botón de efectos y allí se despliegan por defecto los filtros de “tendencia”, es decir, aquellos que en este momento son los más usados por los usuarios. Siete de los diez más populares tienen una característica común: borran arrugas, iluminan el rostro y blanquean la piel. Cada parte de nuestra cara se ve sutilmente modificada para transformarnos en otra persona, casi sacada de una realidad virtual en la que la perfección es el dogma. Existen otros filtros graciosos, bizarros o de terror, pero si seguimos explorando los diez siguientes, la tendencia sigue predominando. Son efectos para “embellecer” a cualquiera en cuestión de un click y son tantos que es hasta difícil escoger uno definitivo.

La chica, aquella que ya no se sentía “estupenda y divina” es una de las entrevistadas que protagonizan un documental que se estrenó en Youtube la semana pasada titulado “Like / Dislike”. En él, una serie de expertos españoles advierten sobre las consecuencias de las redes sociales en toda una generación, desde pequeños de cinco años que utilizan los celulares con gran destreza hasta nosotros los adultos que también nos vemos atrapados por las maravillas de las pantallas. Una de las principales hipótesis que trabaja el informe es que los consumidores de estos dispositivos están signados por el peso de la apariencia. “Si en la época del renacimiento lo importante era ‘ser’ y en los ochenta todo cambió por el ‘tener’, ahora nos conformamos con ‘parecer”, sostiene el neuropsicólogo Álvaro Bilbao, uno de los referentes del audiovisual.

A lo largo de 24 minutos, el video presenta también una serie de conceptos que actualmente preocupan a padres, docentes e investigadores sobre el vínculo entre la tecnología y los jóvenes, centrado sobre todo en los cambios en su capacidad cognitiva. El propio Bilbao advierte, por ejemplo, que “lo que hacemos en el mundo digital se queda en el mundo digital, si eres muy bueno en el tetris no vas a ser un buen arquitecto”. Por lo tanto, es necesario establecer un nexo entre el mundo real y el digital para dar sentido social a todo aquello que los jóvenes viven en sus espacios virtuales. Marta Aller, periodista y escritora, va más allá y sostiene que hoy “estamos viviendo en el salvaje oeste de lo digital”, es decir, que aún no tenemos muy en claro qué es lo bueno y lo malo de nuestras experiencias virtuales y los posibles impactos. Entre los conceptos más interesantes que se desarrollan está el de “dismorfia”, para referirse a un trastorno de la imagen corporal que “empuja” a las personas a buscar la perfección. Según un artículo publicado en la revista Nursing, el trastorno dismórfico corporal (TDC) ha sido clasificado como un tipo de trastorno obsesivo-compulsivo que afecta a mujeres y hombres por igual. Si bien no se ha identificado ninguna causa del mismo, existen datos que lo relacionan cada vez más con el uso de las redes sociales y los filtros que permiten modificar nuestras “imperfecciones”.

Poner el foco en la gente

Si bien la mayor parte del video está centrada en todas estas advertencias, hacia el final presenta una alternativa de trabajo concreto que involucra también a las instituciones. “Tenemos que dejar de poner el foco en la tecnología y hacer algo más incómodo, que es poner el foco en las personas”, sostiene otra de las entrevistadas para destacar que dicho compromiso debería ser estructural. Todos los expertos consultados coinciden entonces en que debemos hacernos cargo de la tecnología, asumir un compromiso como adultos mirándonos a nosotros mismos para luego delinear un plan de cómo queremos conectarnos con los más jóvenes. Tenemos que asumir que si bien compartimos espacios físicos con ellos, por ejemplo en una casa o en un aula, no estamos compartiendo otros cientos de ámbitos en los que ellos habitan. Esa quizás sea la nueva “brecha digital” que nos está bloqueando las emociones y sentimientos con los que conviven las personas a las que creemos conocer tanto y a las que seguramente no queremos dejar solas, sin filtros, en el salvaje oeste.

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