2021, ¿es por arriba o por abajo?

Por Juan María Segura, especialista en Educación.

16 Oct 2020
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Corrían 6 minutos del primer tiempo suplementario, y el pase de Marcos Rojo encontró a Rodrigo Palacio solo frente al arquero. Final de la Copa del Mundo, jugándose en el mítico Maracaná, arena de nuestro histórico rival, anfitrión del torneo. Enfrente, Alemania, cuándo no. Palacio detiene el balón con el pecho, pero la pelota se le va unos metros hacia adelante. El arquero, raudo, sale a achicar el espacio. Las opciones de Palacio eran claras, aun cuando todo ocurría a gran velocidad y ante los ojos de todo el mundo futbolero, o sea, de todo el mundo. Podía optar por hacer un sombrerito, o por tocarla pegada al piso. Por arriba o por abajo, no había más opciones. Finalmente optó, no fue gol, y el resto es historia.

Muchas veces reconocemos momentos y decisiones que tienen el potencial de cambiar el curso de nuestra historia. Nos pasa a nivel personal, y también sucede a nivel colectivo. Reconocemos ese momento en donde invitamos a salir a quien luego fue la madre de todos nuestros hijos. Recordamos ese diálogo, que parecía trivial, pero que terminó dando vida a una familia, a un hogar, que terminó derivando en una pulsión de vida y nuevos proyectos. Y también reconocemos momentos a nivel colectivo y organizacional, en donde varios debimos decidir sobre la suerte de una organización, de una política, de una comunidad. Debates, argumentos, datos, y finalmente decisiones. Todo se resume, al final de cuentas, en las decisiones que tomamos. ¿Era por arriba o por abajo?

El sistema educativo está ingresando en la fase del año en donde los ciclos académicos anuales se tocan. Ya tenemos suficiente información sobre lo que un ciclo nos entregó, mucho o poco, y al mismo tiempo tenemos suficientemente cerca al ciclo siguiente como para planificarlo utilizando algo de la información del ciclo presente. Es el momento del año en donde tenemos la oportunidad de hacer dialogar a un año con el otro, de establecer una continuidad pedagógica alimentada de información actualizada, de datos particulares de aprendizajes adecuadamente contextualizados, de mirar más allá de la rigidez de la normativa y de los criterios generales curriculares. Es el momento en donde lo micro del aula posee tanta importancia como lo supra del sistema, en donde estamos llamados a ser operarios y arquitectos a la vez. Es, tal vez, el único momento del año en donde debemos tener los dos sombreros puestos, el de diseñador y el de operador.

El año escolar 2020 resulta claramente un año perdido en términos de aprendizajes escolares. Nadie pone en duda eso; los informes están comenzando a echar luz sobre semejante agujero. Un sistema de diseño presencial, que apenas reunió a todo su alumnado durante dos semanas allá por marzo, y luego improvisó. A pesar del esfuerzo de los docentes, a pesar de la buena voluntad de los padres, a pesar de la dedicación de un puñado de alumnos, a pesar de las resoluciones del Consejo Federal, a pesar de los protocolos, el año entregó mucho menos de lo que entrega habitualmente, que tampoco es tanto. Sin detenernos a hacer juicios de valor, ni a establecer culpabilidades o responsables, sabemos que el año escolar no rindió. No sé si era por arriba o por abajo, pero seguro no era por donde la tiramos.

Todos nos sentimos cómodos inculpando a la pandemia y a la cuarentena por los magros resultados escolares de este año. Todos nos refugiamos de alguna manera en este fenómeno novedoso que todo lo alteró, que todo lo afectó. Sentimos que no fue nuestra culpa, que estábamos preparados para jugar de otra manera, y que de pronto nos cambiaron las reglas de juego en medio del partido. Y como el baile ya había comenzado, solo quedaba improvisar, esforzarse y esperar. O sea, resistir. Jugamos a resistir, a esperar que los minutos corran, apiñados en nuestro arco, encerrados en nuestras áreas (de diseños y saberes) por poderes ajenos a nuestro dominio. Si no logramos nada significativo al final del día y del año, no fue porque no tuviésemos un plan de juego, sino porque nos cambiaron las reglas de juego. Y, para hacerla completa, le pasó a todo el mundo, así que mal de muchos…

Enfrentamos ahora un gran desafío. El año escolar 2021 es una hoja en blanco, sin duda, pero llamada a dialogar no solo con su entorno particular de problemas y oportunidades que el año nos traerá, sino también a entremezclarse con los sabores agrios y los colores opacos de un 2020 plagado de cicatrices. El 2021 debe tomar nota precisa de la herencia de este año, con ratios e indicadores inusuales de abandono escolar, con migraciones laterales de alumnados hacia sistemas de enseñanza menos onerosos producto de la crisis económica, con poblaciones de alumnos desconectados, con docentes voluntariosos, pero sin la idoneidad digital suficiente para jugar este partido nuevamente.

Sabemos que el año 2021 será un año mucho más desafiante que el actual, y que deberemos convivir con la virtualidad, ese formato de enseñanza que este año implementamos tan mal. Lo sabemos con anticipación, ya que es improbable que la vacuna contra la Covid-19 esté comercialmente disponible, distribuida y aplicada masivamente antes de marzo próximo. No será una sorpresa si aparece un rebrote y nos debemos volver a guardar unas semanas, es lo que vemos que ocurre actualmente en otros sistemas escolares.

Sin desmerecer el esfuerzo de algunas jurisdicciones por retomar algún formato de presencialidad con algunas escuelas en algunos grados de enseñanza, eso no alcanza. No es siquiera un paliativo, por escala, por impacto y por replicabilidad. El formato de enseñanza por modalidades de “burbujas” es insuficiente para diseñar el 2021, simplemente no alcanza. Si lo planteamos así, con protocolos por todos lados y las rigideces propias que impone la pandemia, garantizo que la pelota no va a entrar, nuevamente, y el trofeo se lo llevará otro. ¿Es por arriba o por abajo? Tremendo intríngulis, que estamos a tiempo de resolver.

Debemos diseñar un año escolar 2021 inteligente, realista, híbrido, y debemos diseñarlo ahora. No podemos jugar a resistir, no podemos descansar en tener suerte de que no haya rebrotes, no debemos permitir que el voluntarismo sea nuestra principal espada.

Rodrigo Palacio finalmente hizo un sombrerito, y la pelota se fue pegada a un poste. ¡Era por abajo, Rodrigo! fue la frase que fijó ese momento en la historia de la selección y en la afición. Al analizar la jugada, queda claro que la forma en la cual el arquero salió a cubrir y achicar el espacio daba todos los indicios de que la pelota debía enviarse con suavidad pegada al suelo. Cuando miremos este momento desde los calores del año escolar siguiente, ¿qué nos reclamaremos? Con la información obvia que tenemos ahora, ¿debemos tirarla por arriba o por abajo? ¿Debemos diseñar para la presencialidad con burbujas, o para la virtualidad con asistencia presencial para las poblaciones de riesgo?

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