De refugiada en Varsovia a concertista de violín en la cuarentena Tucumana - LA GACETA Tucumán

De refugiada en Varsovia a concertista de violín en la cuarentena Tucumana

La música clásica y el folclore latinoamericano sobrevuelan la noche de la ciudad en un solo de violín.

26 Mar 2020 Por Álvaro Medina
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Desde muy joven, Marianna Kazakova (47) sabe que la música puede echar luz sobre una situación sombría. Ella es una violinista profesional de origen ruso que vive en la provincia desde hace dos años. El primer día del aislamiento obligatorio dictado por el Gobierno decidió ofrecer un concierto sorpresa a sus vecinos de San Miguel de Tucumán. El escenario fue el balcón de su departamento, en un quinto piso de barrio Norte. 

Eligió el vestido que suele usar en sus presentaciones: negro, sobrio y elegante. En el espejo del living, convertido en camarín, mide su semblante por última vez antes de salir a su terraza: los ojos celestes, el pelo rojo recogido, la sonrisa eficaz. “Antes de que el riesgo del coronavirus llegue a este país vi cómo en Italia los artistas adoptaron la costumbre de compartir su música desde sus departamentos -reveló-. Creí que era una linda idea para estos momentos difíciles”, dice la artista. Luego toma el violín y cruza el umbral. 

En la ciudad en cuarentena se impone un silencio inusual. Marianna apoya el cuerpo del instrumento entre el hombro y el cuello. Siente la madera fría cerca de la mejilla, la textura de las cuerdas expectantes bajo los dedos. El arco cae sobre el diapasón y en el vaivén, una melodía de Bach vibra en la caja, se arrastra por el mango, cruza la calle por el aire, tiende un puente. Traídas por el hilo invisible de la música, siluetas anónimas recortan las luces de los ventanales. Los balcones se han convertido en palcos, la ciudad en un teatro.

Marianna estudia violín clásico desde los siete años y no es la primera vez que la música le ha servido de escudo y auxilio: “vivíamos en Ucrania, en Kiev, cuando se produjo la disolución de la Unión Soviética, ahí comenzaron los problemas políticos y una gran escasez de alimentos y productos de primera necesidad. A esto se sumaron los problemas de salud que sufríamos mi hermana y yo desde el desastre nuclear de Chernóbil, en el 86; vivíamos cerca de aquella ciudad. Finalmente decidimos emigrar”. En enero del 92 llegaron a Polonia. Su padre era pintor y su madre, médica, pero la condición de refugiados les impedía conseguir trabajo. La joven violinista tocaba en la calle, en el centro histórico de Varsovia. Al principio sus padres no estaban de acuerdo pero luego tuvieron que aceptarlo. En aquella época no tenían otra alternativa.

Luego viajó a Alemania, donde siguió tocando como artista callejera en bares y restaurantes, sin dejar nunca de estudiar. Logró ingresar en el conservatorio nacional de Suiza, donde se recibió. En el 2000, enamorada del folclore latinoamericano, viajó junto a su madre y a su hermana a Ecuador. Conoció escenarios de Bolivia, EE UU, España y el este de Europa. Desde 2018 vive en Tucumán, en el departamento desde donde por séptima noche consecutiva interpreta impecables obras musicales llevando alivio a una audiencia aislada por la amenaza de la pandemia.

Cuando termina de tocar los aplausos sobrevuelan los edificios de la cuadra en un ritual de emotiva conexión. Marianna está convencida de que la tecnología suele acortar distancias con los que están lejos pero que muchas veces nos aleja de quienes están más cerca. “De pronto en este acto sencillo nos damos cuenta de que hay otros viviendo alrededor, de que compartimos un mismo sentimiento a través de una melodía; nos damos cuenta de que existimos y no estamos solos”, afirma la artista con la convicción de que la música es un lenguaje universal que nos hilvana y nos une.

Un solo de violín demuestra que las ciudades son más que estructuras inanimadas. Que la habitan otros como nosotros. Que nos unen los mismos peligros, pero también las mismas esperanzas. Y que la música puede ser un acto de amor y de justicia.

Luego de su concierto, Marianna recibe emocionada los aplausos del vecindario

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