Un “rosario” de 24 capillas revela los paisajes sagrados del valle

La vuelta de alrededor de 70 kilómetros permite descubrir aspectos deslumbrantes de la idiosincrasia y la religiosidad locales, además de escenarios bellos. El párroco Navarro se ilusiona con una “ruta de la fe” edificada sobre la huella del padre Lamaison.

25 Ene 2020 Por Irene Benito

Pone primera en su camioneta Renault Duster, una especie de “sacerdotemóvil” donde cuelgan la sotana y santitos, y desde la parroquia de Nuestra Señora del Carmen comienza un periplo con 24 estaciones que en conjunto representa más o menos 70 kilómetros de éxtasis ininterrumpido. El párroco Rafael Navarro completa ese “rosario” de capillas en cuatro horas y media, pero, curándose en salud, él aclara que maneja rápido y eso que sacó el carnet “de grande”. En condiciones relajadas y con tiempo para recorrer los escenarios, esta vuelta llevaría todo un día. Y lo vale. Y es “urgente” unir estos mojones reveladores de la idiosincrasia y la religiosidad locales: cada oratorio presenta una historia y un paisaje distintos, y la suma de las partes ofrece una visión global única de los matices del valle. “El padre Hugo (Lamaison) advirtió esto antes que nadie”, anuncia Navarro, su sucesor en la parroquia de Nuestra Señora del Carmen. En el ocaso literal y metafórico de la excursión, el sacerdote vuelve a elogiar al “cura gaucho” y en su nombre pronuncia, como si fuese un amén, “¡misión cumplida!”.

El paseo empieza en el punto más alto, El Infiernillo, donde el mirador rinde homenaje al Ñuñorco. Al costado de la ruta 307 espera Nuestra Señora del Valle con su vía crucis dispuesto sobre una ladera “alfombrada” por los pastizales. Y la circunnavegación termina en San Cayetano, el altar cubierto ubicado en un “balcón” escondido de La Banda. Pero no hay un orden establecido, sino un sentido de la proximidad y un objetivo: encontrar las 24 capillas, y, a partir de ese “mapa”, conocer el Tafí, El Mollar y La Angostura de quienes los habitan el año entero. Sólo hacen falta un auto y curiosidad. La búsqueda permitirá comprender más sobre el lugareño y su espiritualidad, y, tal vez, practicar la “sana envidia”. El espectáculo de sus oratorios sugiere que ora no tanto para pedir sino para agradecer el haber recibido por anticipado el privilegio del paraíso.

El mapa del recorrido por las capillas del Valle.

“Ahí está una rezadora”, indica Navarro y pega un bocinazo. En la entrada de María Reina de la Paz (El Lambedero) aparece Aída Aguilera: precisa con orgullo que ella usa el rosario tradicional, que es el que tiene todas las letanías, y manda saludos para Magena Valentié. Casualidad o no, el cuidado de estos espacios dependientes de la parroquia corre en general por cuenta de mujeres. Por ejemplo, Dora Lía Dip y Adela Cruz regentean con primor la magnífica capilla de la Virgen de Covadonga (El Mollar). Ellas manejan las llaves, limpian y se ocupan de que nada falte para las distintas celebraciones. Entre Navarro y el vicario Daniel Cano Jurado se las arreglan para dar misa al menos una vez al mes en cada lugar, según informa el primero. Los curas son rigurosos con el mantenimiento y hay obras en marcha por doquier, como lo atestigua la estructura para el futuro campanario del espacio de la capilla de la Virgen de Luján (Casas Viejas). “Nos preocupamos de que estén bien pintaditas”, comenta el párroco mientras interactúa por WhatsApp con “Truquía” (Jorge Alberto Gutiérrez en el DNI), que por su parte conduce un programa de radio en FM Calchaquí.  

La Virgen arrasa

Las casi 1.000 palabras que configuran este texto no bastan para detallar la variedad “capillesca” que despliega la gira. Hay que ver las fotos para advertir que cada comunidad imprimió a su edificio religioso un estilo propio desde el punto de vista del color y de la arquitectura. Recintos pequeños, como el de Santa Rosa (El Churqui), conviven con templos amplios como el de Nuestra Señora de Lourdes (La Ovejería), cuyo jardín de pinos le otorga una atmósfera muy especial. La decana de la serie es la Capilla Jesuítica -hoy museo- de La Banda, que suma más de tres siglos de vida, mientras que la  más original es la del Valle (El Rodeo), con su Virgen morena erguida sobre una piedra monumental. “Son casas de Dios, pero casas al fin, y diferentes entre sí como diferentes son sus constructores”, acota Navarro, a quien le obsesiona la idea de unir estas piezas tan pintorescas en una sola “ruta de la fe”. Y aquí vuelve a presentarse Lamaison.

“Evangelizó desde Santa Lucía hasta Colalao del Valle en los 40 años que vivió en este lugar. Conocía cada quebraba y cada familia”, relata el sacerdote-chofer. Navarro ubica a Lamaison junto a las otras dos figuras centrales para la fe de los vallistos: el jesuita Alonso de Barzana, primer pastor de la Iglesia en la zona (llegó en 1588 y se dice que bautizó a 20.000 almas), y Estratón Colombres, quien levantó la parroquia en 1853, y reanudó el vínculo entre los feligreses locales y el culto católico interrumpido por la expulsión de la Compañía de Jesús en 1767. Colombres trajo tres “imágenes fundacionales”: la de Nuestra Señora del Carmen, que preside la parroquia, y un Sagrado Corazón y un San José situados en las capillas homónimas de El Churqui y de Ojo de Agua.

Pero fue Lamaison quien, a partir de 1957, inició una catequesis amigable con la cultura criolla, y alentó sus manifestaciones típicas: los misachicos y los casamientos a caballo. Aquella estrategia fructificó en la construcción de capillas que acompañaron el crecimiento explosivo de estos pueblos y hoy hay una cada más o menos 250 habitantes, por supuesto que esa cantidad supera por lejos el número de escuelas. “Nosotros estamos cosechando lo que él sembró”, define Navarro, quien, además de declararse hincha de Boca, al llegar al Carmen en 2017 se ocupó de interiorizarse sobre la historia y de colocar los restos de Lamaison (falleció en el año 2000) en un sepulcro de piedra al costado de la parroquia “para que acompañe a su gente en un acto de justicia”.

La red de capillas se caracteriza por la devoción a la Virgen y sus múltiples advocaciones. Eso es algo muy de aquí: un rasgo arrasador que también distingue los altarcitos de los puestos de la montaña. El padre Navarro considera que por ahí hay una puerta de acceso a la forma de ser autóctona, más allá de un circuito turístico portentoso. Imagina, por ejemplo, una vuelta “obligada” en la Semana Santa para creyentes y no, que en su extensión despliegue los valores vernáculos, que incluyen artesanías y comidas exquisitas, como el pan de membrillo que compra en una intersección de caminos de tierra de Las Carreras. Navarro anhela profundizar la huella de Lamaison, y considera que, para ello, hay que difundir su existencia. Luego pone punto muerto y se baja de su Duster satisfecho como corresponde a quien ha honrado la vida con un día de gloria.

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