Talapazo, el pueblo de los mil nogales e indios de cardón

La comunidad ofrece caminatas arqueológicas, tardes en los cultivos y leyendas calchaquíes. ¿Te animás al turismo rural comunitario?

15 Ene 2020 Por Guadalupe Norte

Entre las sierras de Quilmes -sobre una de las laderas salpicadas de verde y de roca- se levanta Talapazo, un pueblo que pasa casi inadvertido en el extenso recorrido de la Ruta 40. Al menos, hasta que intentamos descifrar el paisaje. Y entonces lo vemos: un milenario paraíso de nogales.

Abierta desde hace algunos años al turismo rural comunitario, en la comunidad residen apenas 24 familias. De estas, seis decidieron abrir sus hogares para alojar a los visitantes. Este es un capítulo más en la bitácora viajera de los Valles Calchaquíes.

Kilometraje en zapatillas

Cuando se les pregunta a los vecinos lo que implica vivir en Talapazo, la respuesta fluye unánime: “Acá, el silencio te despierta”, afirman. Y la mejor prueba es estar ahí. Acostados en la cama y atentos a los suaves golpecitos en la puerta. Señal de que el desayuno está listo.

Al hablar de turismo rural comunitario un punto irrenunciable es la cercanía que entablamos con los habitantes del espacio. Una inmersión en la rutina del otro que implica experiencias tan simples como desayunar en la mesa familiar. O ser mimado con mermelada y pan casero (recién horneado).

Tras el último sorbo de mate cocido, el guía Sandro Llampa nos espera para una sesión de trekking entre caminos desérticos. El circuito se llama “La Cascada” y hay que transitar por la parte baja de la montaña. Zona en que los burros salvajes y los zorros suelen aparecer, no tan ansiosos por selfies.

CÓMO LLEGAR. La comunidad está ubicada 7 km al oeste de la Ruta 40.

Dos horas y media más tarde, el salto de agua aparece como un oasis ante nuestros ojos. El sol pica y se vuelve una cuestión de Estado meter los pies en el agua fría. La misma que utilizan los pobladores para regar las cosechas. “La gente piensa que Talapazo es árido, pero después viene la sorpresa al ver la vegetación y el frescor”, relata Sandro. Mientras, el mate -hecho con hierbas aromáticas- empieza a circular entre los presentes.

El maridaje (perfecto para la panorámica) también nos acerca a las costumbres del pueblo. Según los nativos, cada yuyo tiene propiedades medicinales específicas. Y los curiosos pueden sumarse a su recolección y degustación como otra alternativa turística.

Además, es imposible no robar algunas nueces de los cientos de nogales que visten las huertas y los jardines de las casas. O sumarse a la experiencia de ordeñar cabras y sacar a pastar los animales.

Legado de pirca

Llegó el momento de despedir los susurros del río y pasar a la siguiente parada: una mina de mica abandonada. Hasta hace 20 años, el espacio representaba una fuente de ingresos económicos, pero hoy la región desistió a esas aspiraciones.

Con un peso extra en el bolsillo (souvenir improvisado), el itinerario nos acerca -cada vez más- a las antiguas civilizaciones del NOA. Entre los tesoros de Talapazo, hay un sitio arqueológico que remite a los quilmes. Sus vestigios figuran en las construcciones de pirca y las puntas de lanzas o los morteros, camuflados por arbustos secos.

Del origen, directo al estómago

Son las 13 y el destino final del recorrido es “El Quincho”, pequeño comedor donde Paola Agüero reproduce las recetas de locro, cabrito y frangollo que heredó de su familia. “Siempre intento ofrecer a la gente los mismos platos que comían mis abuelos. Eso se aprecia más cuando los visitantes también cosechan con nosotros frutas de estación, como duraznos, manzanas, peras, higos y tunas”, explica la cocinera.

Al vaciar el primer plato, el postre por antonomasia es el queso con cayote o nuez. Y se acompaña con otro manjar local: un vino malbec llamado “El Coplero”.

Historias del fuego

Cae el sol, las piernas ya laten y aún resta la última sorpresa. En un fogón grupal, la historia de los Valles se expone en carne viva cuando Sandro relata las leyendas que su abuelo le contaba en la juventud. Aquellas en las cuales la Pachamama, en piel de anciana, se le aparecía a los niños que (por puro coraje) cazaban pájaros.

Los mitos continúan con apariciones en las antiguas hectáreas vírgenes. “Los cardones eran disfrazados como nativos para proteger los territorios de la invasión. Incluso, hay quienes escuchaban gritos, como si la tierra estuviera embebida de las masacres que se antecedieron acá”, prosigue el guía hasta que los ojos de todos pesan. El resto de la historia, la cuenta el viento.

Datos a tener en cuenta

Talapazo está abierta al turismo durante todo el año, aunque se recomienda un contacto previo al viaje por las pocas plazas de alojamiento disponibles. Para mayor información llamar al teléfono (381) 3271089.

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