Así se miran; así los ven

07 Mar 2019 Por Indalecio Francisco Sanchez

Los errores no forzados del oficialismo intranquilizan a una parte de la dirigencia, esa que conoce de los peligros de un peronismo dividido y de punteros de dudosa lealtad cuando olfatean debilidades. Una preocupación son las dudas que a algunos de ellos les presenta Juan Manzur desde lo político. “Está como en pausa”, grafica un oficilista de la capital. Añade que al mandatario “le falta muñeca”, aunque admite que le sobra manejo de números y de diplomacia. Otro conocedor de las lides de campaña entiende que el manzurismo está demasiado confiado en el triunfo y eso le inquieta. El hombre, del interior él, quiere a un líder que “hierva por la cabeza del enemigo” -según palabras suyas-, cosa que ve pero en los rivales.

Ambos dirigentes peronistas coinciden en algo: Osvaldo Jaldo es el que azuza a la tropa, machuca a los infieles, arenga a los seguidores y batalla sin descanso. No por nada el gobernador derrochó agradecimientos hacia su vice en la Apertura de Sesiones Ordinarias. El “huracán” está en cada detalle del armado político e hizo de la campaña una guerra y de los territorios electorales verdaderos campos de batalla. Escudriña a los punteros y revisa que no haya traidores. “Eso lo obsesiona”, afirman sus cercanos. Una suerte de paranoia acompaña al poderoso vicegobernador, que sabe de las picardías que es capaz de cometer José Alperovich.

Sin embargo, ese exceso de celo altera a los jaldistas, que temen que sea contraproducente en algunos distritos. Cuando el pedido de fidelidad suena a amenaza, la reacción puede ser adversa.

Aún con bemoles, el oficialismo corre con ventajas hacia el 9 de junio por varios motivos: ya tiene definida la fórmula gubernamental, cuenta con la estructura estatal, eligió según su necesidad la fecha de los comicios y comenzó a montar la estructura de acoples que en elecciones anteriores supo asegurarle triunfos. Así, desde la Casa de Gobierno y desde la Legislatura avanzan con el armado de listas competitivas para los actuales intendentes oficialistas, como en Tafí Viejo, Famaillá y Lules, sólo para dar algunos ejemplos. La intención es que las colectoras (la lista oficial y el acople) traccionen para la dupla de gobierno. El riesgo, claro está, queda en manos del jefe municipal. Algunos aceptaron el reto gustosos y otros pusieron el grito -ahogado- en el cielo.

Mientras el oficialismo avanza a paso arrollador, el alperovichismo intenta seducir a los heridos que dejaron (¿continúan haciéndolo?) los actuales conductores de la provincia y del partido. Como niños traviesos, los muchachos de José se mueven entre risas y a los cuchicheos. Dialogan con punteros, “movilizadores”, funcionarios, delegados comunales e intendentes. Todo bajo la sombra de la rejuvenecida figura del ex mandatario, que ahora hasta se anima a bailar. Alperovich confía en el recuerdo que plantó entre los votantes para salir airoso. Se jacta que él puede ingresar a villas, barrios periféricos y hasta el lugar más recóndito de la provincia sin más esfuerzo que repartiendo su tradicional abrazo de oso. Lo mismo cree sobre la dirigencia. Está seguro que es como un inolvidable noviazgo de verano para quienes gozaron de las mieles alperovichistas. ¿Demasiada imaginación? En los hechos, la ventaja sigue siendo oficialista.

Respecto de Cambiemos, la tercera fuerza con buenos números en las últimas encuestas que se difundieron, por ahora no muestra sus cartas, ni sus candidatos, ni su estrategia. Los interesados en encabezar la fórmula para disputar la gobernación se escudan, en público, en que “hay tiempo” y que “los nombres no son importante”. La realidad es que Silvia Elías de Pérez, José Cano, Domingo Amaya y Alfonso Prat Gay no logran llegar a un acuerdo y poner primera. Alrededor suyo algunos integrantes de la coalición, apenas algunos, logran mirar más allá del árbol que tapa el bosque y vislumbran una oportunidad única, real y tangible de destronar al peronismo después de más de 30 años. Recuerdan a aquel peronismo dividido del 84 (José Domato y Renzo Cirnigliaro fueron por listas separadas) que permitió a Rubén Chebaia imponerse en los votos, aunque luego perdería por la unión justicialista en el viejo Colegio Electoral.

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