Expo 2018: en el stand del Lillo, los bichos nos hacen volver a ser niños

Hasta el martes hay tiempo para aprovechar las diversas opciones que ofrece la Expo.

22 Sep 2018
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CLÁSICOS DINOS. Una propuesta participativa del Lillo consiste en completar el esqueleto del Herrerasaurus. la gaceta / foto de diego aráoz

Una cabeza de dinosaurio con su lengua roja, viboreando entre dientes punteagudos, es el anzuelo que encontró la fundación Miguel Lillo para atraer a los chicos a su stand en la Expo. Una vez que fueron “atrapados”, el desafío ahora es encontrar huesos de dinosaurio en un recipiente de arena. La consigna es hallar los huesos que faltan para completar el esqueleto del Herrerasaurus. Los más pequeños remueven la arena con un pincel con la ayuda de sus padres y festejan con saltitos cada vez que descubren una nueva pieza.

Cuando llegan al centro del stand del Lillo, ya está. Atrapados. Chicos y grandes se enganchan con el aluvión de imágenes de la flora y la fauna autóctonas, que es la verdadera pasión de los investigadores. En el centro, un árbol de papel maché sostiene en sus ramas pequeños animales en taxidermia como pájaros, un osito melero y mariposas. El árbol representa el ceibo, el de la flor nacional de Argentina. A un costado, un afiche lleno de fotos pregunta ¿cómo se colecciona un hongo? Al frente, en una pantalla se muestran videos de los trabajos de campo en botánica, geología y zoología.

Juan Carlos Stazzonelli, un apasionado de los anfibios y reptiles (es técnico de herpetología) recibe a los visitantes y contesta todo tipo de preguntas. Pero además junto con un equipo estudiantes y estudiosos del Lillo visita las escuelas para transmitir a los chicos esa misma fascinación. “Damos charlas y llevamos animales vivos, como reptiles, víboras y anfibios. Queremos hacerles perder el miedo a esos animales aprendiendo, desmitificando lo que se piensa sobre ellos, que por su forma dan asco y escozor”, dice. Les cuenta a los niños que de las 34 especies de serpiente que hay en Tucumán solo cuatro son peligrosas y apenas una causa la mayoría de los accidentes, la yarará. “Es una cuestión cultural. Para algunos pueblos la víbora representa fertilidad, renovación”, ejemplifica.

En el stand de los “bichos” chicos y grandes preguntan por igual. A Juan Carlos les gusta escuchar esa “lógica limpia, sin los ruidos que a veces imponen los adultos”, reconoce. Cuenta que en las charlas les pide a los padres que no intervengan, porque son los que transmiten los temores a sus hijos. Una vez, una niña de siete años lo dejó pensativo. Él acababa de explicar que algunos reptiles pierden una parte de su cuerpo y que después la regeneran. La pequeña muy naturalmente preguntó: “¿ya hay alguien estudiando ese mecanismo para aplicarlo en los humanos?”.

Juan Carlos no pudo responder. Pero de lo que está seguro es de que “en el Lillo siempre hay alguien estudiando alguna especie autóctona de flora o de fauna”. Y asegura que se siguen descubriendo nuevas especies que no se conocían dentro de la biodiversidad tucumana. A un costado, hay una vitrina con las publicaciones científicas de los investigadores. “Aquí concluye el trabajo de un investigador, con la divulgación”, enseña. También contó que se acaban de subir a la web los fascículos Universo Tucumano, realizados por los investigadores del Lillo. En lillo.org.ar/publicaciones/universo-tucumano se puede encontrar toda la información sobre la flora y la fauna tucumanas.

Para Juan Carlos y sus colegas el premio a su tarea didáctica es ver que los niños se preocupen por la naturaleza y sobre todo por el medio ambiente. Que se hagan hipótesis: ¿qué pasaría si se talaran todos los árboles del cerro San Javier o si traemos plantas que no corresponden? “Quizás se alteraría el agua que tomamos en Tucumán, porque ese ecosistema nos está dando agua”, contesta. Y ante esa respuesta surge una nueva pregunta

De buena madera

Objetos de algarrobo para todos los gustos

En el stand del gobierno, muchos tucumanos exponen sus productos.  Luciano Ledda, de Tafi Viejo, hace carpintería artesanal en algarrobo. “La madera se extrae de Tucumán porque en Santiago del Estero ya casi no hay”, cuenta. Expone cucharas desde $ 25, tablas pizzeras desde $ 150, bateas desde $ 400, tablas de picadas desde $ 70 y bandejas desde $ 70, entre muchas otras cosas.

Sin pagar el viaje

Bordado mexicano a la mano

Estela Casal tiene todo lo imaginable adornado con bordados mexicanos. Una funda para almohadón, que le lleva tres días en hacer, cuesta $ 300. Un camino de mesa con flores en vivos colores se vende a $ 250. Los precios son especiales para la Expo.

Hasta las manos

Crochet y flores, solo se trata de crear

El stand parece un drugstore de artesanías. Ocurre que toda la familia tiene alguna habilidad manual. Eugenia Molina teje fundas para almohadones en telar y después los borda con fieltro. Su hermasna Gabriela hace carteras y chalecos en macramé. Dolores Soberón, la mamá de ambas, teje al crochet y hace bordado mejicano. El novio de Eugenia, José Corbalán, tiene un vivero en Tafí Viejo y vende pequeñas suculentas y plantas aromáticas. “Nos juntamos todos en la galería de la casa de Gabriela y ahí cada uno hace sus cosas. Charlamos, tomamos mate y nos consultamos sobre el trabajo que hacemos”, cuenta Eugenia, divertida.

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