Marco Avellaneda y la patria maltrecha por la tiranía

Historias entretejidas con un destino común

29 Jul 2018
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EL MÁRTIR DE METÁN. La obra de Rosenzvaig explora la tragedia del notable protagonista de la Liga del Norte. óleo de Modesto González

La nueva novela de Marcos Rosenzvaig recupera una imagen poderosa de Marco Avellaneda (1813-1841), quizá uno de los personajes más conmovedores de la Liga del Norte contra el Rosismo. Las cicatrices producidas en aquellos años de combates entre unitarios y federales bien podrían sintetizarse en la tortura y muerte de este abogado, conocido como el mártir de Metán, por la ciudad salteña donde fue degollado a los 28 años.

La cabeza del letrado catamarqueño, autor de una Constitución que cuestionó el poder de Rosas, fue expuesta durante semanas en la plaza central de San Miguel, como advertencia a sus enemigos. No obstante, la tradición señala que Fortunata García, hija de una de las mejores familias tucumanas, desafió la orden y rescató la cabeza de la picota.

Así, Perder la cabeza explora con fluidez un acontecimiento trágico, apegado a documentos históricos pero también con libertades creativas. De este modo el autor teje dos historias de amor que se vinculan por un destino común: La pérdida de la inocencia y la patria maltrecha por la tiranía. El relato va y viene entre dos siglos, como si la frustración amorosa y la derrota política unieran las vicisitudes de Avellaneda y de Pablo, un militante político que trata de salvarse durante la década de 1970.

La Fortunata de Rosenzvaig remeda Antígona de Sófocles. Ambas han padecido las atrocidades de una guerra civil feroz y deben enfrentarse a cuerpos despojados de dignidad para rescatarlos por medio del ritual, aunque Rosenzvaig ponga el foco en una posible relación amatoria con el “degollado”. La hazaña de Fortunata consiste en re-capitular a Avellaneda para la posteridad.

Abundancia de vida

“Indiferente a cuanto me rodea, abandonado a mí mismo y a mis propias fuerzas, siento una abundancia de vida que me desespera”, le escribe el futuro decapitado a su amigo Alberdi en 1834. Según Paul Groussac, sólo bastó un año para que Avellaneda alcanzara la estatura de figura histórica. Dueño de un gran ímpetu, perdió la cabeza por saber usar más la pluma que la espada. La palabra mártir, por cierto, etimológicamente entrelazada a testigo de fe, testimonio y testa, nos revela algunas de las corrientes subterráneas que recorren el pensamiento argentino.

Cuando el coronel Maza degolló con saña salvaje a Avellaneda, el general Oribe escribió a Rosas y éste le respondió: “Dios es justo”. Pocos años más tarde, Justo José de Urquiza lo derrotó en la Batalla de Caseros y lo apartó para siempre del poder. Una lección sobre justicia poética, extendida, todavía más, en la memoria que la novela rememora: Nicolás, primogénito de Avellaneda, alcanzaría la presidencia por el (justo) voto tiempo después. Junto a sus hermanos, traería desde Tucumán el único vestigio paterno para darle sepultura en el cementerio de la Recoleta. La metáfora de la patria con la cabeza puesta de nuevo en su lugar duró poco: La Conquista del Desierto y las dictaduras del siglo XX terminaron con esa efímera ilusión.

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