El imán de Quilmes

30 Jun 2018
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DEBATE SOBRE EL VALLE. Sergio González, Mariano Hevia, Antonio Caro, José Díaz, Darío Mamaní, “Pancho” Chaile, Mariano Fernández, “Lalo” Nieva, Jorge Luis Domínguez, Gerónimo García Mirkin, Delfín Gerónimo, Pablo Costilla y David Vargas. FOTO GENTILEZA DE MARIANO HEVIA

La Ciudad Sagrada de Quilmes “tiene una potencialidad enorme”, pese a los conflictos que la han marcado, al decir del secretario de Turismo, Sebastián Giobellina. El hecho de ser un lugar calificado como “imperdible” a nivel internacional le asegura un flujo turístico constante. Paradójicamente, a pesar de ese constante afluencia de visitantes, los problemas del sitio arqueológico se han mantenido en el tiempo sin que se les encuentre una salida integral. Hasta ahora. El debate en que se encuentran los integrantes de la comunidad aborigen y el Gobierno podría ayudar a dar un salto en la gestión turística del Valle y también de la provincia, porque Quilmes es un imán, como la punta de un iceberg arqueológico e histórico que aún no ha sido bien explorado.

Quilmes ha sido tan poco explorado que pareciera que está todo por hacerse. El sitio llamado desde siempre “Ruinas de Quilmes” -acaso aludía a la idea de que ya no había descendientes de los aborígenes que resistieron durante 130 años al español- y ahora jerarquizado como Ciudad Sagrada, en reconocimiento a la comunidad que vivió en la zona, siempre se ha destacado. Lleno de huellas arqueológicas -una ciudadela enorme con los vestigios de la actividad humana hace 500 años, más terrazas en sitios elevados para ver desde lejos, más restos de cerámicas, flechas y otros objetos diseminados por doquier y también por otros lugares del Valle-, Quilmes estuvo a la deriva turística siempre. Hasta que hace dos décadas comenzó una explotación con gente del lugar. Esto derivó en la construcción de un hotel y un restaurante y en conflictos peliagudos derivados no sólo de la errática acción del Estado con las comunidades aborígenes -que no habían sido prácticamente reconocidas sino hasta una Ley de 2006 que les ha dado la precaria figura de posesión de territorios-, sino también conflictos derivados de desentendimientos entre los mismos aborígenes. Peleas, quema de un tractor, rivalidades entre la comunidad de Amaicha (que desde siempre ha gozado de la tenencia de un territorio) y la de Quilmes que -organizada en 14 bases- aún debe saber qué va a pasar con sus tierras ya que en el valle hay muchos dueños que han entablado juicios por usurpación contra los indígenas. En 2007 hubo un gran conflicto con toma de posesión de la Ciudad Sagrada por parte de un sector de quilmeños. Una década después, y tras varias escaramuzas -que incluyeron que algunos de los que están debatiendo ahora fueran acusados y encarcelados- se logró, con Turismo provincial, un acuerdo “de no agresión”. Había una medida judicial para echar a ocupantes y al final se dialogó con ellos y parece que ahora todos miran para el mismo lado. Gracias a eso se pudo hacer un Centro de Interpretación, inaugurado en febrero pasado, con una película hecha con experiencias e historias de los miembros de la comunidad, aprovechadas con el relevamiento del patrimonio arqueológico que se había hecho en los años previos. Un avance.

Siglos de invisibilidad

¿Había razones para tanta pelea? Y... se trata de gente que siempre fue invisible como comunidad en un territorio supuestamente vaciado de pobladores por los españoles cuando los obligaron a trasladarse a Quilmes (Buenos Aires) a mediados del Siglo XVIII. Allí, en ese Quilmes de Buenos Aires, una estatua parece dar cuenta de que en el Siglo XIX falleció el último aborigen. Pero acá está el nuevo ordenamiento de la ley 26.160 de 2006, que ha dado luz a las comunidades aborígenes y ha producido una nueva realidad. Y ellos se están acomodando, al igual que la sociedad que antes sólo los consideraba campesinos sin tierra. En Argentina este proceso está en pañales y ha sido campo de enfrentamientos serios, como el de los mapuches. El delegado del INAI (Asuntos Indígenas), José Manuel Ramos, dice que está inquieto porque a nivel nacional se advierte un retroceso y un desmantelamiento de la planta de personal de esta institución, así como un atraso en el censo nacional de comunidades, si bien en Tucumán ya está concluido. Los problemas sobre títulos de territorios están prorrogados hasta 2022. No es igual la situación del Perú, donde las comunidades aborígenes (un 35% de la población) tienen reconocidos sus derechos territoriales desde hace 50 años. Acá el asunto está en discusión y con bastante conflicto.

Además, las localidades vallistas han tenido los mismos problemas que las del interior. Falta de incentivos socioeconómicos, incomunicación, crisis en poblaciones campesinas empobrecidas. Mariano Sinquegrani, de la Secretaría de Empleo, cuenta que la crisis de 2001 dejó familias críticas a causa de tres años de sequía y con hijos desnutridos. Había productores que habían sacado créditos de la Caja Popular para criar abejas que se volvieron agresivas y a las que tuvieron que exterminar. Se hicieron programas de préstamos de semillas con el INTA llamados “torna” que eran como programas de trueque para salir adelante. Del 2002 al 2008 se aplicaron proyectos de desarrollo de comunidades indígenas para hacer pozos de agua y sistemas de riego (60 km de cañerías enterradas en Quilmes) y para la construcción de la casa comunitaria en Quilmes.

¿Cómo se vive ahora? Hay unos 9.000 habitantes en el Valle. La mitad de los que trabajan están en la agricultura y en los viñedos (hay unas 14 bodegas), que no son permanentes. Un porcentaje son empleados públicos. Y perspectivas laborales no hay muchas. Los estudiantes que se reciben para cargos docentes no tienen cómo competir en puntaje con los viejos docentes que apuestan desde la capital a conseguir sus últimos cargos antes de jubilarse en la montaña. Así que los maestros lugareños se tienen que ir a las montañas de Salta o Catamarca. Varias comunidades chicas se están deshilachando y se van hacia Santa María o Cafayate. Hay escuela secundaria en Colalao y Amaicha. En Colalao la comuna les paga el transporte a los estudiantes, porque sistema de colectivos no hay, excepto el de la empresa Aconquija, que pasa cada cuatro horas. Hay convenios para estudiar enfermería entre ATSA la Unión Diaguita para becar a estudiantes. También docentes de la Facultad de Medicina y van a preparar a estudiantes para el cursillo de ingreso. Hay 60 estudiantes universitarios de la zona.

¿Cómo han crecido las localidades? José Díaz, quilmeño y delegado comunal de Colalao, reniega porque dice que se va a perder la identidad de las viviendas, que ya no se construyen en adobe. En Quilmes el Banco Hipotecario hizo dos barrios con casas de ladrillo y chapas, y Desarrollo Social hizo programas cooperativos de viviendas con bloques de cemento. Hay, no obstante, un equipo de investigadores del Conicet que está trabajando con la refuncionalización de la arquitectura en adobe. Como la de que usaban los abuelos de la comunidad. No hay un código urbano que dé pautas. Eso está olvidado, lo mismo que los viejos oficios como el del ceramista o el artista de la piedra, a los que hay que rescatar.

Mirada diferente

Para unos, es una muestra del abandono; para otros, una oportunidad única que alguien sacó de la oscuridad y está tratando de aprovechar. Mientras se espera que se trate el problema de la tierra, del desarrollo socioeconómico y la pata jurídica para los aborígenes, alguien dijo “avancemos con el turismo en el valle”. Después de tantos años de mirar con embeleso al sitio sagrado de Quilmes, hasta ahora solamente se ha cobrado entrada al visitante. Faltan comidas, paseos, visitas, cabalgatas, bicicleteadas, avistajes, historias de abuelos, muestras de tejidos y trabajos, turismo rural. Todo está por hacerse. Y por detrás está la discusión profunda por la identidad. La misma que tienen los tucumanos.

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