Cartas de lectores

16 Abr 2018
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SAINT EXUPERY Y LA MEDICINA

Encontré hace poco unas hojas amarillas, entre mis viejos archivos, escritas en abril de 1971, y dirigidas a mis alumnos, que trataban acerca de lo que pensaba que debía ser la medicina y el médico y hacía una comparación con la metáfora de la rosa del “Principito”, de Antoine Exupery. De ello surgió la pregunta de qué significaba la palabra vocación. El porqué de una repetición continua de la leyenda de Prometeo, con desánimos y esperanzas sucesivas e infinitas. El mecanismo por el cual, a una jornada agotadora física y espiritualmente en la que quizás llegamos a ver nuestras manos vacías, pero a la mañana siguiente, están llenas nuevamente para seguir dando a los demás y, sobre todo a los que poco o nada tienen, que han sido siempre los destinatarios preferidos de nuestra dedicación. La Medicina es, parafraseando a Saint Exupery, esa rosa que cultivamos cada día, pero que es distinta a las otras, porque “ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que es ella a quien he regado. Puesto que es ella la rosa a quien puse bajo un globo. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres que se hicieron mariposas). Puesto que es ella la rosa que escuché quejarse o alabarse, como a veces callarse. Puesto que ella es mi rosa”. Pues bien, la medicina, la medicina en general, es una rosa. Y lo verdaderamente importante es que constituye nuestra rosa. Quien ha llegado a amar en profundidad lo que hace, posee ya la rosa de la medicina y puede considerarse orgulloso como el Principito. No es que la medicina sea la mejor carrera, es la que nosotros hacemos la mejor, la más bella. Porque representar lo que más amamos, hace que “el tiempo que perdemos por ella la haga tan importante…” Realmente pienso, como Saint Exupery, que lo esencial de las cosas es invisible a los ojos y que no se ve bien sino con el corazón. Por eso es tan cara la rosa al médico como para el Principito, constituyendo la meta final de una carrera. Y la vocación de una vida que no se extingue jamás. Es el mejor regalo de este libro que cumple ya 75 años de guía e inspiración.

Armando M. Pérez de Nucci

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VAYA INICIATIVA, SEÑOR MINISTRO

Desde una iniciativa poco común para los 44 millones de argentinos, y no de los 15.000 elegidos, dueños de riquezas en empresas y campos, los que tienen el privilegio cierto y concreto de poder practicar polo, habiendo obtenido importantes logros en el mundo ya que somos considerados la primera potencia en esta disciplina, me siento orgulloso como argentino. Pero yo sería más ponderativo que, en vez de este deporte, elegiría algunos que sean más inclusivos y que pertenecen al denominador común y en función de nuestras inclinaciones deportivas, como también de nuestros bolsillos. Creo que el ministro de Agroindustria de la Nación, Luis Miguel Etchevehere, debe mirar a la Argentina con una visión de integralidad, es decir a todas las provincias y pueblos Etchevehere dijo días pasados que la actividad hípica debe ser potenciada como industria). Sospecho que este señor, desde el cargo que ocupa, podría encarar sus iniciativas desde otros enfoques y perspectivas, y comprender que todos los deportes que se practican en todo nuestro país, son los que necesitan más apoyos de este Gobierno y no estaríamos hablando de 30.000 empleos directos más 100.000 indirectos, como tampoco estaríamos hablando de lo que se refiere proporcionalmente al mínimo espacio en relación de lo que es la Argentina y en proporción directa. Y en función de muy grandes esfuerzos, tenemos presencia en tenis, jockey, rugby, fútbol, frontón, atletismo. Todas estas disciplinas también necesitan de iniciativas y progresos, que demandan tanto o más trabajos de todos los órdenes. Creo que el ministro no debería circunscribirse a un determinado deporte, sino a todos los deportistas argentinos que necesitan ser tenidos en cuenta, motivados y contar con ayuda profesional. Hasta que alguna vez el deporte sea valorado por el deporte mismo, y sea motivo de esfuerzo, preocupación y ocupación, para los que deseen, que comencemos a transitar el camino de la superación y no de las indiferencias, que se olvidan de miles de miles, para ayudar, a los que no necesitan ayuda. Deseo lo mejor para los que pertenecen a la élite del polo de mi país.

Héctor Leonardo Bravo

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Agua y cloacas

Sin que lo sientan directamente en sus bolsillos, los tucumanos ya están pagando más caro el servicio sanitario. Esto ocurre porque sus impuestos, destinados presupuestariamente a “Construcciones en Bienes de Dominio Público”, están siendo reasignados a la partida “Transferencias a Empresas Privadas”, produciendo la recepción de periódicas sumas millonarias a la SAT Sapem. Con sustento en la Ley 9.062, la Legislatura de Tucumán habilitó al gobernador, Juan Manzur, para la entrega indiscriminada de fondos a esta empresa privada, y para ello están siendo emitidos periódicos decretos. Los últimos fueron los Nº 845/17 y N° 846/17, cada uno por $ 10 millones, para entregar dinero público “no reintegrable” al concesionario precario de este servicio. Así se subvenciona indebidamente una actividad deficiente y sin el control de calidad que corresponde, pues el Ersept (ente provincial regulador del servicio) está ciego, sordo y mudo para resolver respecto a la Revisión Tarifaria Integral Quinquenal, que legalmente debió efectuar y tampoco ha emitido resolución sobre la Audiencia Pública convocada para abril de 2017, luego suspendida durante un año, y recientemente reconvocada y realizada con serios planteos de nulidad e ilegitimidad. Así mismo, no existe el control financiero de esos fondos públicos, pues el Tribunal de Cuentas de Tucumán está excluido de supervisarlo, ya que la SAT no es una empresa estatal sino una empresa comercial común. En conclusión, una actividad considerada por la ONU como uno de los principales derechos humanos y esencial para la salud de la población, en Tucumán es juguete propio y exclusivo de su único responsable: el Gobierno de la provincia, propietario de casi la totalidad de las acciones, que por mandato del gobernador, designa al directorio y gerencia de la empresa, se asignan los directivos del ente regulador Ersept y se entregan recursos y beneficios en forma improcedente: dinero para el funcionamiento, pago de la energía eléctrica, bienes de uso, eximición de impuestos, y la gestión irrestricta de obras sanitarias. ¿Hasta cuándo esta situación escandalosa seguirá siendo aceptada pasivamente por los tucumanos, sin que sea corregida en forma transparente y eficaz? El ciudadano tiene en sus manos un arma terriblemente eficaz: el pago o no de sus facturas, que ejercida masivamente mueve montañas, como bien lo supo Aguas del Aconquija.

Raúl S. Giménez Lascano

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NECESIDAD DE “LOMOS DE BURRO”

La esquina de Coronel Zelaya y San Lorenzo, lamentablemente, ha sido hace pocos días escenario de un accidente fatal. Un joven motociclista murió atropellado por un automóvil. Esa esquina es, simbólicamente, una bala perdida, pese a tener ambas calles “lomos de burro” (reductores de velocidad). Porque, ambas, son calzadas sumamente transitadas durante todo el día y cuentan, en perjuicio de nosotros mismos, con la irresponsabilidad de muchos conductores que andan a excesiva velocidad y no frenan antes de llegar al cruce. A ello se suma que los “lomos de burros” fueron instalados a una distancia mayor a la necesaria para obligarlos a frenar, y ya están achatados porque no le dieron el suficiente tiempo para secarse cuando los construyeron, y porque la brea con el calor fue cediendo. En síntesis, cruzar por esa esquina es similar a hacerlo en medio de un tiroteo. Hasta los peatones corren riesgo, porque ya ha sucedido también, en varias oportunidades, que tras el impacto, uno (o los dos) vehículos protagonistas del accidente subieron a la vereda. En una oportunidad, un móvil llegó a romper una de las paredes de la casa de un vecino. Como funcionan dos escuelas públicas a menos de 200 mts de este lugar, sería conveniente remodelar dichas construcciones para limitar la velocidad vehicular.

Daniel E. Chávez

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EL BANCO NACIÓN EN LULES

Hace exactamente dos meses se inauguró el nuevo local de la Sucursal Lules del Banco Nación Argentina. Esperamos mucho tiempo este nuevo edificio; los clientes del banco estábamos convencidos que iba a ser una obra de mampostería no demasiado grande, pero si lo suficientemente cómoda, no es un desatino, “para muestra es suficiente un botón”. En el período de trabajo no vimos mejoras algunas en la atención. Continúa el temperamento de negarnos las “tirillas” de nuestros haberes (recibos de sueldo); sólo recibimos el ticket que muestra el monto acreditado en nuestra caja de ahorros. Se debe entender que este último no nos sirve para ser atendidos por los médicos por nuestras dolencias físicas y laboratorios de análisis. En todos los casos nos exigen el último recibo; los cajeros (en las ventanillas) es como si no tuvieran autoridad para emitirlo luego de pagarnos. Hay que ir a los cajeros automáticos y realizar largas colas para poder conseguirlos, sin tener en cuenta que hay demasiados beneficiarios y que más del 80% desconocen el modo de operar estas modernas máquinas. En mi caso, el pasado 13 de abril tuve que solicitar un concentrado de gastos de mi tarjeta de créditos “Nativa”, por la que pagamos altos intereses para comprar a crédito y también se nos debitan intereses por mora, ya que el resumen actualizado jamás nos llega. Basta de atropellos. Además, el nuevo edificio carece de baños para los circunstanciales clientes; otra vez, debemos recurrir a los sitios baldíos o baños de las confiterías, donde tenemos que consumir para poder utilizar el servicio, y ¿qué hace el que no tiene dinero? Y lo que es peor aún es que hay mucha gente que se amanece a la intemperie para hacer sus trámites. Días pasados llovía copiosamente, y nos mojábamos mientras esperábamos ser atendidos. Están jugando demasiado con los clientes de este banco, que lo solicitamos para poder cobrar nuestros haberes, pero el temperamento disociante de algunos empleados sin conducta nos empujan a buscar otras bocas de pago.

Carlos Alberto Drube

Avenida San Martín 51 


San Pablo

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