Antoine de Saint-Exupéry, el aviador

15 Abr 2018
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Hasta febrero pasado se podía conseguir a través de Mercado Libre un ejemplar de la primera edición en español de El Principito, publicada en nuestro país por Emecé en septiembre de 1951 y traducida por Bonifacio del Carril. La vendía la librería El escondite, en Palermo, Buenos Aires. Se la compraron desde Barcelona a sólo diez días de publicada, a 2.400 pesos más gastos de envío. Alrededor de 100 dólares. Poco si se compara con otra del 43 que se vendió hace unos años a 900 euros en Europa. “A lo mejor le bajé demasiado el precio”, me dice Pablo Cohen, propietario de ese local e integrante de la Asociación de Libreros Anticuarios de Argentina (Alada), cuando le pregunto qué fue de ese ejemplar que ya se podría catalogar entre los únicos o inhallables. 
El dato no es menor si se tiene en cuenta que el 6 de abril de 1943 se publicó por primera vez El Principito: los 75 años que se cumplen ahora serán motivo de recordatorios. Tanto de la obra como de la vida de su autor, el francés Antoine Marie Jean-Baptiste Roger Conde de Saint-Exupéry. Más conocido como Antoine de Saint-Exupéry.
La primera edición de El Principito la publicó en los Estados Unidos Reynal & Hitchcock en inglés y en francés. Recién en el 46 apareció, a través de Gallimard, en Francia, después de la liberación tras la guerra. Su autor ya era conocido como aviador, literato, periodista y mujeriego. 
El libro cuenta la historia de un aviador cuya máquina tiene un desperfecto técnico y lo deja tirado en el desierto. Allí aparece un chico -El Principito- que le hace notar qué tan equivocados viven los humanos. Todo sucede entre dibujos, diálogos y pocas páginas (93, en el libro original).
 
Vuelos
Saint-Exupéry quiso ser marino, pero fue aviador. Y como todos solemos conocer a alguien que nos cambia la vida, Exupéry no fue la excepción. El también piloto y francés Henry Guillaumet, su gran amigo, lo invitó a integrar la compañía Latécoère, que se dedicaría a repartir correos entre Europa y América del sur. Allí conoció a Jean Mermoz, otro francés considerado uno de los pioneros de la aviación. Los tres estarían unidos por la amistad, la aventura y la tragedia. Guillaumet, quien volaba desde los 14 años y a los 17 ya tenía licencia como piloto civil, murió el 27 de noviembre de 1940, cuando su avión fue atacado por otro italiano en las costas de Cerdeña. Diez años antes había zafado de otra difícil: su avión desapareció en la Cordillera de los Andes tras verse en problemas por una tormenta. Los diarios del mundo hablaban del tema. Exupéry lo buscaba en vuelos de reconocimiento pero tampoco lo encontraba. Hasta que fue hallado, exhausto y sin alimentos, por un chico y su mamá. Al día siguiente, una de las primeras personas con las que se abrazó fue Exupéry. A Mermoz no le fue mejor. También se salvó de morir en otro accidente en la misma cordillera. Y al igual que sus amigos murió piloteando un avión. En su caso, cuando llevaba correo. Su máquina se perdió por Senegal en 1936. Hoy tiene un monumento cerca del aeroparque porteño. Fue un impulsor del correo aeropostal entre Argentina y Europa. Era, como el autor de El Principito, un bon vivant: amante de las buenas salidas, de las mejores bebidas y, ni hablar, de las mujeres. Recorrer su vida es un ejercicio apasionante.
Exupéry desapareció volando. La diferencia es que no hay una fecha exacta. Se estima que fue el 31 de julio del 44, por el mar Tirreno, en un operativo de inteligencia para el ejército francés. Sólo hay una certeza: que desapareció; y una duda: una mujer dijo haber visto caer un avión. En 1998 un pescador halló en la zona un brazalete con el nombre del escritor y su esposa, Consuelo Suncín. Y en 2000 se hallaron restos de un Lightning P-38 F-5B como el que manejaba Antoine.
Sus experiencias de viajes las relató en sus libros. En 1926 publicó El aviador, a la que siguieron Correo del Sur, Vuelo nocturno, Tierra de hombres, Piloto de guerra y El Principito. Tras su desaparición se editaron otros textos suyos, como Carta a un rehén, Notas de juventud y Escritos de guerra.
 
La rosa
 Su vida fue nómade. A fines de los años 20 lo nombraron director de la filial argentina de una empresa de correos. En una fiesta de alta sociedad de Buenos Aires conoció a Consuelo, una escritora salvadoreña.  A pesar del casamiento, Exupéry no dejó de vivir como vivía. Continuó volando y seduciendo mujeres. Se enamoró de la pintora rumana Hedda Sterne, pero más que ninguna lo apasionó la periodista Silvia Hamilton. Suzanne Georgette Charpentier, una bellísima actriz francesa conocida como Annabella y esposa del actor Tyrone Power, lo acompañó y escuchó durante una internación tras uno de sus tantos accidentes aéreos. El matrimonio era amigo suyo. No hay afirmaciones respecto de que ella también fuese su amante. Sí se sabe que escuchó cada capítulo de El Principito que Exupéry le leía mientras lo escribía. Existe también un texto titulado Cartas a una desconocida, dedicada a un amor anónimo.
Exupéry y Suncín vivieron en Buenos Aires, Francia y Estados Unidos (en Nueva York, en casas separadas). Consuelo, sin embargo, fue fundamental para que hoy podamos leer El Principito. Le alquiló una casa para que se encierre y lo dibuje y lo escriba. Ella es la famosa rosa a la que hay que cuidar. Tras su muerte, en 1979, se publicó sus Memorias de una rosa, basadas en las cartas que le escribía cada semana a Exupéry, tal vez para sobrellevar la relación, primero, y la ausencia, después. Los herederos de Exupéry le saltaron al cuello: en ese libro él queda como narcisista y mujeriego; ella, como la esposa engañada. “Que también cuente sobre sus amantes”, reclamó la sobrina nieta del escritor, Nathalie des Valliéres, autora de El arcángel y el escritor, otra de las tantas biografías existentes sobre Exupéry.
Todo lo que gire alrededor de Saint Exupéry se torna atractivo. Igual que la llegada del ejemplar del 51 a manos de Cohen, en Buenos Aires: “Lo compré en una gran biblioteca particular en un departamento de la Avenida Alvear. La biblioteca tenía importantes volúmenes de todas las épocas. Allí estaba El Principito. Recién me di cuenta que era la primera edición en español cuando comencé a revisar los libros adquiridos. Lamentablemente, el ejemplar tenía las tapas algo deterioradas y carecía de lomo. Al ser una edición para coleccionistas, que son muchísimos en todo el mundo, el estado en que se encontraba obligaba a bajarle el precio”, me cuenta. La única forma que tengo para acercarme, aunque sea, a ese viejo ejemplar, está en las fotos de la web, donde se lee “publicación finalizada”.
© LA GACETA
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u Por Alejandro Duchini
Para LA GACETA - BUENOS AIRES

Por Alejandro Duchini - Para LA GACETA - BUENOS AIRES

Hasta febrero pasado se podía conseguir a través de Mercado Libre un ejemplar de la primera edición en español de El Principito, publicada en nuestro país por Emecé en septiembre de 1951 y traducida por Bonifacio del Carril. La vendía la librería El escondite, en Palermo, Buenos Aires. Se la compraron desde Barcelona a sólo diez días de publicada, a 2.400 pesos más gastos de envío. Alrededor de 100 dólares. Poco si se compara con otra del 43 que se vendió hace unos años a 900 euros en Europa. “A lo mejor le bajé demasiado el precio”, me dice Pablo Cohen, propietario de ese local e integrante de la Asociación de Libreros Anticuarios de Argentina (Alada), cuando le pregunto qué fue de ese ejemplar que ya se podría catalogar entre los únicos o inhallables. 
El dato no es menor si se tiene en cuenta que el 6 de abril de 1943 se publicó por primera vez El Principito: los 75 años que se cumplen ahora serán motivo de recordatorios. Tanto de la obra como de la vida de su autor, el francés Antoine Marie Jean-Baptiste Roger Conde de Saint-Exupéry. Más conocido como Antoine de Saint-Exupéry.
La primera edición de El Principito la publicó en los Estados Unidos Reynal & Hitchcock en inglés y en francés. Recién en el 46 apareció, a través de Gallimard, en Francia, después de la liberación tras la guerra. Su autor ya era conocido como aviador, literato, periodista y mujeriego. 
El libro cuenta la historia de un aviador cuya máquina tiene un desperfecto técnico y lo deja tirado en el desierto. Allí aparece un chico -El Principito- que le hace notar qué tan equivocados viven los humanos. Todo sucede entre dibujos, diálogos y pocas páginas (93, en el libro original).
 
Vuelos
Saint-Exupéry quiso ser marino, pero fue aviador. Y como todos solemos conocer a alguien que nos cambia la vida, Exupéry no fue la excepción. El también piloto y francés Henry Guillaumet, su gran amigo, lo invitó a integrar la compañía Latécoère, que se dedicaría a repartir correos entre Europa y América del sur. Allí conoció a Jean Mermoz, otro francés considerado uno de los pioneros de la aviación. Los tres estarían unidos por la amistad, la aventura y la tragedia. Guillaumet, quien volaba desde los 14 años y a los 17 ya tenía licencia como piloto civil, murió el 27 de noviembre de 1940, cuando su avión fue atacado por otro italiano en las costas de Cerdeña. Diez años antes había zafado de otra difícil: su avión desapareció en la Cordillera de los Andes tras verse en problemas por una tormenta. Los diarios del mundo hablaban del tema. Exupéry lo buscaba en vuelos de reconocimiento pero tampoco lo encontraba. Hasta que fue hallado, exhausto y sin alimentos, por un chico y su mamá. Al día siguiente, una de las primeras personas con las que se abrazó fue Exupéry. A Mermoz no le fue mejor. También se salvó de morir en otro accidente en la misma cordillera. Y al igual que sus amigos murió piloteando un avión. En su caso, cuando llevaba correo. Su máquina se perdió por Senegal en 1936. Hoy tiene un monumento cerca del aeroparque porteño. Fue un impulsor del correo aeropostal entre Argentina y Europa. Era, como el autor de El Principito, un bon vivant: amante de las buenas salidas, de las mejores bebidas y, ni hablar, de las mujeres. Recorrer su vida es un ejercicio apasionante.
Exupéry desapareció volando. La diferencia es que no hay una fecha exacta. Se estima que fue el 31 de julio del 44, por el mar Tirreno, en un operativo de inteligencia para el ejército francés. Sólo hay una certeza: que desapareció; y una duda: una mujer dijo haber visto caer un avión. En 1998 un pescador halló en la zona un brazalete con el nombre del escritor y su esposa, Consuelo Suncín. Y en 2000 se hallaron restos de un Lightning P-38 F-5B como el que manejaba Antoine.
Sus experiencias de viajes las relató en sus libros. En 1926 publicó El aviador, a la que siguieron Correo del Sur, Vuelo nocturno, Tierra de hombres, Piloto de guerra y El Principito. Tras su desaparición se editaron otros textos suyos, como Carta a un rehén, Notas de juventud y Escritos de guerra.
 
La rosa
 Su vida fue nómade. A fines de los años 20 lo nombraron director de la filial argentina de una empresa de correos. En una fiesta de alta sociedad de Buenos Aires conoció a Consuelo, una escritora salvadoreña.  A pesar del casamiento, Exupéry no dejó de vivir como vivía. Continuó volando y seduciendo mujeres. Se enamoró de la pintora rumana Hedda Sterne, pero más que ninguna lo apasionó la periodista Silvia Hamilton. Suzanne Georgette Charpentier, una bellísima actriz francesa conocida como Annabella y esposa del actor Tyrone Power, lo acompañó y escuchó durante una internación tras uno de sus tantos accidentes aéreos. El matrimonio era amigo suyo. No hay afirmaciones respecto de que ella también fuese su amante. Sí se sabe que escuchó cada capítulo de El Principito que Exupéry le leía mientras lo escribía. Existe también un texto titulado Cartas a una desconocida, dedicada a un amor anónimo.
Exupéry y Suncín vivieron en Buenos Aires, Francia y Estados Unidos (en Nueva York, en casas separadas). Consuelo, sin embargo, fue fundamental para que hoy podamos leer El Principito. Le alquiló una casa para que se encierre y lo dibuje y lo escriba. Ella es la famosa rosa a la que hay que cuidar. Tras su muerte, en 1979, se publicó sus Memorias de una rosa, basadas en las cartas que le escribía cada semana a Exupéry, tal vez para sobrellevar la relación, primero, y la ausencia, después. Los herederos de Exupéry le saltaron al cuello: en ese libro él queda como narcisista y mujeriego; ella, como la esposa engañada. “Que también cuente sobre sus amantes”, reclamó la sobrina nieta del escritor, Nathalie des Valliéres, autora de El arcángel y el escritor, otra de las tantas biografías existentes sobre Exupéry.
Todo lo que gire alrededor de Saint Exupéry se torna atractivo. Igual que la llegada del ejemplar del 51 a manos de Cohen, en Buenos Aires: “Lo compré en una gran biblioteca particular en un departamento de la Avenida Alvear. La biblioteca tenía importantes volúmenes de todas las épocas. Allí estaba El Principito. Recién me di cuenta que era la primera edición en español cuando comencé a revisar los libros adquiridos. Lamentablemente, el ejemplar tenía las tapas algo deterioradas y carecía de lomo. Al ser una edición para coleccionistas, que son muchísimos en todo el mundo, el estado en que se encontraba obligaba a bajarle el precio”, me cuenta. La única forma que tengo para acercarme, aunque sea, a ese viejo ejemplar, está en las fotos de la web, donde se lee “publicación finalizada”.

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