“El tiempo en Cuba tiene una dimensión especial"

Es el escritor más destacado de Cuba y uno de los autores sobresalientes de América latina. El ganador del Princesa de Asturias 2015, uno de los mayores galardones culturales del mundo, habla sobre aspectos del oficio del novelista, brinda claves de su obra y reflexiona acerca de las particularidades de su país y del Caribe. “El Caribe es el Mediterráneo de los tiempos modernos”, afirma.

01 Abr 2018
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Por Dorothy Potter Snyder
Para LA GACETA - KEY WEST (EE.UU.)
Por Dorothy Potter Snyder - Para LA GACETA - KEY WEST (EE.UU.)

Nos sentamos a charlar con Leonardo Padura Fuentes después de su presentación en la conferencia literaria de Key West: Escritores del Caribe. Padura está muy ocupado. Sus novelas del detective Mario Conde ya son una serie de Netflix (Cuatro estaciones en La Habana) y está por viajar a España a lanzar la nueva novela de “El Conde”, La transparencia del tiempo. El autor de El hombre que amaba a los perros y Herejes se refiere a la relación entre Cuba y el Caribe, el oficio del novelista y el sentido del tiempo.

- Dijiste en la conferencia que Cuba es la isla menos caribeña de todas.

- A ver. No es una verdad absoluta, porque puede haber muchas personas que entienden la filiación caribeña de Cuba. Pero yo creo que Cuba mira más hacia Europa y hacia los Estados Unidos que el resto de las islas del Caribe por muchas razones de carácter histórico, de carácter social, incluso demográfico; porque recuerda que en el siglo XVIII La Habana era el punto de partir del cual se venía de Europa y se regresaba a Europa. Y durante todo el siglo XIX, entre La Habana y Nueva Orleans, y La Habana y Veracruz existía un tránsito muy intenso. Quiere decir que Cuba, en el siglo XIX, era el territorio más rico del imperio que quedaba de España. Entonces, mientras las pequeñas islas del Caribe eran como plantaciones en las cuales existían condiciones religiosas y económicas diferentes, Cuba fue un territorio floreciente y permitió esa mirada más universal, más abierta, que tuvo siempre el país. No obstante, en Cuba se ha trabajado muchísimo por potenciar una relación con el Caribe que de hecho se ha logrado; es posiblemente el país del Caribe donde más libros de autores caribeños se han publicado. La comunicación de ciudades como Santiago de Cuba con el resto del Caribe ha sido muy intensa. Fue el lugar por donde entraba la mayoría de los franco-haitianos antes y durante la revolución de Haití, por donde llegaron muchos por las obras de Jamaica y de otras pequeñas islas del Caribe. Pero definitivamente, La Habana mira mucho más a Europea y a América que al resto del Caribe.

- Hay muchos escritores en Cuba pero hay poca distribución y por eso el mundo no los conoce. Quisiéramos saber particularmente de las escritoras a quienes deberíamos conocer.

- Mira, es curioso que la novela en Cuba casi siempre ha sido masculina. Ha habido, por supuesto, casos de mujeres novelistas, pero fundamentalmente ha sido cuestión genéricamente masculina. Pero en estos momentos, entre los novelistas más importantes de la generación que sigue a la mía, a mi juicio se destacan tres mujeres: Wendy Guerra, Carla Suárez y Ana Lucía Portela. Ana Lucía con la obra más sólida, pero con la menor visibilidad por problemas de salud. Wendy con la obra más visible, y Carla con la obra más dinámica, por calificarla a cada una de alguna manera particular. Y eso es un fenómeno interesante. Existen además otras narradoras de mi generación como Marilyn Bobes, o una más jóven como Mirena Fernández. Es decir que hay varias mujeres narradoras en Cuba, y no he hablado de las mujeres poetas que sí, hay muchísimas. Posiblemente dentro de los poetas activos -hombres y mujeres- más importantes de Cuba, hoy sobresale Reina María Rodríguez.

- ¿Qué diferencia el oficio del novelista del oficio del cuentista?

- Es como si pusiéramos en la misma arrancada a (el velocista) Usain Bolt y a (el maratonista) Mo Farah. En los primeros cien metros, Usain gana a Mo, y en los últimos nueve kilómetros Mo Farah destroza a Usain. Son dos maneras distintas de practicar la narrativa. Hay muchas teorías sobre el cuento, pero creo que el cuento tiene que lograr transmitir algo con una rapidez, una economía de medios, de palabras. Y sobre todo, expresar una sola idea. El cuento es una fotografía. Y una novela es una película que se compone de muchos cuadros en los que aparecen muchos personajes que evolucionan, historias que cambian. Esto no lo puedes hacer en el espacio de un cuento, en 10, 14, 20 páginas... En mi caso, en los últimos años cada vez que pienso en una historia viene envuelta en 300, 400 páginas. Viene envuelta con unos conflictos que necesitan desarrollo y por eso he trabajado mucho más la novela que el cuento, aunque tenga escritos más cuentos que novelas. Porque un cuento se puede escribir en tres días, en una semana, y una novela necesita tres años para escribirse.

- ¿Hay cuentos que te han servido como borradores para una idea más grande?

- Hay un par de cuentos que después me han servido para trabajar novelas. Tengo un cuento... salieron dos versiones, primero se llamaba Amada Luna, y después se llamó Violeta del Río que es un poco la génesis de la novela La neblina de ayer.

- ¡Es la próxima obra que quería mencionar! Me fascina cómo Mario Conde siente una responsabilidad hacia los libros en esta novela como si fueran seres vivos. ¿Puedes hablar sobre cómo llegaste a pensar en ese tema?

- Mira, es una historia en que el oficio de Mario Conde iba a tener una función de alguna manera utilitaria, el oficio de comprar y vender libros de segunda mano. Pero me di cuenta que me podía servir para hacer una reflexión sobre un aspecto cultural esencial de Cuba, de la formación de la cultura cubana, que fue la gran bibliografía del siglo XIX. En el siglo XIX, esa riqueza que existía en Cuba, fue una riqueza que obtuvo una repercusión en la vida cultural cubana en todos los sentidos. Es una época en la que, por ejemplo, la música cubana crece muchísimo, la burguesía necesitaba gente que fuera a tocarle música a sus fiestas, y se producen las orquestas, en su mayoría formadas por negros y mulatos. Es una época en que construyen una enorme cantidad de palacios importantes en Cuba, La Habana colonial... Es el centro histórico colonial más importante del Caribe. Uno recorre el Viejo San Juan y entras por una punta y sales por la otra en 20 minutos. Y el de Santo Domingo lo mismo. Pero él de La Habana es una ciudad con palacios enormes. Y lo mismo ocurre con la producción de libros; muchos fueron impresos fuera de Cuba, algunos en los Estados Unidos, otros en España. Pero se creó una gran bibliografía cubana alrededor de un grupo importante de escritores, filósofos y científicos. Y ese enorme caudal de conocimiento de cultura material, que está en esos libros, muchas veces es desconocido por las personas. Y en ocasiones a veces por cuestiones de carácter económico no están preservados debidamente. Incluso hubo además un problema que a mí me interesa mucho y que reflejo en esa novela, y es que en los años de la crisis salieron de Cuba.

- Hay un momento en que Mario Conde relata la historia de una maestro o un bibliotecario que le dice que se lleve un libro para rescatarlo, y no lamenta luego que no lo hiciera.

- Sí, también ten en cuenta que el Conde es un romántico empedernido. Por eso al final de la historia decide robarse unos pocos libros. Otros se los van a robar, pero me voy a robar estos pocos que tienen un significado especial para mí, por eso se roba para él la poesía de Heredia, que tiene mucho que ver conmigo. Creo que, en general, ese universo de la gran bibliografía cubana había sido poco valorado y por eso yo le dedico esta novela, no solamente al fenómeno musical más caribeño de Cuba, que es el bolero.

- ¿Por qué el bolero es tan influyente?

- Creo que el bolero es a la música lo que la telenovela, o la “radionovela” originalmente, es a la dramaturgia. Fue la manera de expresar esa sentimentalidad que tenemos los cubanos y que compartimos con el resto de los habitantes del Caribe hispano.

- Derek Walcott (el Nobel de la poesía santalucense) dice que el Caribe es como un vaso roto, desmenuzado. Me parece una metáfora comprensible, pero de alguna manera triste. ¿Tienes una metáfora para el Caribe?

- Lo veo como el Mediterráneo de los tiempos modernos. Entre lo que pasaba en una isla griega en el siglo V, y lo que pasa es una aldea española, la diferencia era abismal. Cuando los griegos estaban inventando el teatro, la medicina, la filosofía, aquellos españoles se estaban comiendo unos a los otros, había una distancia enorme.

- ¡Todavía se comen!

- (Risas) Y por otra parte estaban los faraones en Egipto. Así que había una gran cultura en las otras riberas del Mediterráneo. Y creo que de alguna forma esa diversidad existe en el Caribe. No tengo ninguna duda de que un barranquillero o un veracruzano y un cubano se parecen mucho más que un cubano y un jamaicano o un trinitario, o un martiniqueño. Porque hay orígenes culturales diferentes. El peso de la religión es muy importante: para un trinitario, Yemayá no significa nada. Y sin embargo para toda una parte de la población del Caribe tiene un significado. Ese Caribe llega desde Bahía hasta Nueva York, porque en los barrios latinos de Nueva York la presencia caribeña se oye en la música. Sales a la calle en esos barrios, ves la manera de comportarse de las personas, y te das cuenta que estás en el Caribe. Por eso creo que el Caribe no es sólo un espacio geográfico, es sobre todo un espacio cultural. Nuevo Orleans es más caribeña que norteamericana. Y pienso que Miami es más caribeña que norteamericana. Entonces esa presencia cultural es lo que le da una unidad en la diversidad. Ha sido mucho más fácil hasta hoy para un martiniqueño o un guadalupano ir a París que a Jamaica. O para un cubano es más fácil ir a España que ir a otra isla del Caribe...

- El manejo del tiempo es el privilegio del novelista, pero en la vida es diferente. Desde afuera mirando hacia Cuba, vemos una vida que parece casi del pasado... Quisiera saber algo sobre el manejo de tiempo en la novela y cómo lo experimentas tú en Cuba.

- En la novela hay dos grandes conflictos con el tiempo. El primer conflicto es que el escritor que empieza hoy a escribir una novela, cuando la termina es una persona diferente. Han pasado tres o cuatro años de su vida. Es que el tiempo físico es importante para el novelista porque tiene que dedicar una gran cantidad de su tiempo para poder escribir una novela. El otro elemento es que uno de los ejercicios que hay en la literatura es hacer pasar el tiempo. Y uno técnicamente tiene que buscar la estrategia para lograrlo. A veces se resuelve con un simple salto temporal, pero muchas veces eso no te resuelve dramáticamente lo que tú quieres expresar, y tienes que buscar alternativas. Y por último, el tiempo en Cuba. El tiempo en Cuba sí tiene una dimensión especial, porque es un país que se ha visto detenido en el tiempo en muchos aspectos; tú tienes un teléfono viejo porque es tu decisión, en Cuba tienes el teléfono que puedes tener. Y tienes un mal acceso a internet en un momento en que el resto del mundo normal está conectado normalmente a internet. Y como eso ocurre en muchos otros aspectos de la vida cotidiana -condiciones de carácter económico, político, social-, esto ha hecho que el tiempo en Cuba tenga una dimensión pastosa, más lenta, menos dinámica.

© LA GACETA

* La autora agradece la colaboración de Arlo Haskell, director del Key West Literary Seminar (www.kwls.org).

PERFIL

Leonardo Padura nació en La Habana en 1955. Trabajó como periodista, crítico y guionista. Publicó una treintena de libros. La serie de Netflix Cuatro estaciones en la Habana lleva a la pantalla cuatro de sus novelas, todas integrantes de la saga protagonizada por el detective Mario Conde. Ganó, entre otros premios, el Dashiell Hammett, el Café Gijón de España y el Premio de la Crítica del Instituto cubano del libro por El hombre que amaba a los perros. En 2015 ganó el Princesa de Asturias por su obra.


4 de septiembre de 2014

Fragmento de La transparencia del tiempo*

Por Leonardo Padura

¿De verdad ya era un viejo? Para intentar saberlo, de pie ante el almanaque adornado con un paisaje borroso y crucificado con un par de clavos hundidos en la pared de su cuarto, Conde respondía a su interrogación con nuevas preguntas: ¿su abuelo Rufino no era un viejo cuando, a sus sesenta años, lo llevaba a las gallerías de la ciudad y sus alrededores y le enseñaba las artes y mañas de la lidia? ¿Acaso a Hemingway no le decían el Viejo desde unos años antes de su suicidio, a los sesenta y tres? Y Trotski, ¿no era El Viejo cuando a los sesenta y dos Ramón Mercader le abrió en dos el cráneo de un estalinista y proletario pioletazo? Para empezar, Conde conocía sus limitaciones y se sabía muy distante de su pragmático abuelo, de Hemingway, de Trotski o de otros ancianos célebres gracias a razones justas o espurias. Por ello sentía que, aun cuando se abocaba a la cifra dolorosa, redonda y decadente, tenía razones de sobra para no pretender ser un Viejo, con derecho a la mayúscula, sino que apenas se estaba convirtiendo en un viejo de mierda, categoría más que merecida en su caso, en la escala de las senectudes posibles y clasificadas con celo académico por la muy seria ciencia geriátrica y la empírica sabiduría de la filosofía callejera.


* Tusquets.


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