Empatía con Dios y con el que sufre

04 Feb 2018

De Marcelo Barrionuevo.-

Nos decía Juan Pablo II: “quisiera reflexionar con vosotros brevemente sobre tres momentos que podemos elegir de esta jornada de Cristo en Cafarnaún. En primer lugar, Él muestra profunda solicitud por los enfermos, que sufren en el cuerpo y en el espíritu; los sana mostrándose como Mesías liberador del mal. En segundo lugar tiene un momento de oración profunda y larga al Padre: en esta actitud de adoración lo encuentran sus discípulos por la mañana. Y en tercer lugar predica y anuncia la venida definitiva del reino de Dios en la historia. Cercano al que sufre, de profunda oración y de salida evangelizadora”.

Fundándonos en aquella jornada transcurrida en Cafarnaún, puede afirmarse en síntesis que la evangelización realizada por Cristo mismo consiste en la enseñanza sobre el reino de Dios y en el servicio a los que sufren. Jesús realizó signos y todos ellos formaban en conjunto un solo Signo. En este Signo los hijos y las hijas del pueblo, que conocían la imagen del Mesías descrito por los profetas -y sobre todo por Isaías-, pudieron descubrir sin dificultad lo que anunciado: “el reino de Dios está cerca”; he aquí a Aquel que “tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores” (Is 53,4). Jesús no sólo predica el Evangelio como lo han hecho después de Él, por ejemplo el maravilloso Pablo, cuyas palabras hemos meditado hace poco. ¡Jesús es el Evangelio!

Un gran capítulo de su servicio mesiánico está dedicado a todos los tipos de sufrimiento humano: espirituales y físicos. No sin motivo también leemos hoy un pasaje del libro de Job que pone de manifiesto la dimensión del sufrimiento humano: “Acaso pienso, ¿cuándo me levantaré?; se alarga la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba” (Job 7,4). Sabemos que, atravesando el abismo del sufrimiento, Job obtuvo la esperanza del Mesías. De este Mesías habla el salmista en las palabras de la liturgia de hoy: “El Señor reconstruye Jerusalén,/ reúne a los deportados de Israel./ Él sana los corazones destrozados,/ venda sus heridas.../ El Señor sostiene a los humildes,/ humilla hasta el polvo a los malvados” (Sal 147(146) 2.3.6). Este precisamente es Cristo. Este precisamente es el Evangelio”

El Evangelio de este domingo nos convoca, nos provoca a esta trilogía de identidad como cristianos: debemos anunciar el Evangelio profundamente unidos a Dios y con un urgente compromiso por los que sufren. Se trata de vivir tres elementos indisociables, inseparables, inequívocos: no seremos buenos cristianos si el dolor ajeno no nos conmueve, si no predicamos a Cristo en todos los ambiente y si no tenemos una vida espiritual consistente. Preguntarse: ¿cómo es mi oración?, ¿como es mi cercanía con el que sufre?, ¿como es mi tiempo para ayudar a anunciar el Reino? Esta trilogía de identidad cristiana es esencial.

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