Yupanqui merece mayor gratitud de los tucumanos

01 Feb 2018
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Es el sentimiento que nos obliga a estimar el beneficio o favor que se nos ha hecho o ha querido hacer, y a corresponder a él de alguna manera. “Solo un exceso es recomendable en el mundo: el exceso de gratitud”, afirmaba el escritor francés Jean de la Bruyère. Ser agradecido suele ser una virtud de las personas de bien. A veces los hijos del corazón suelen ser más agradecidos que los otros. “Tucumán me dio fraternidad, amistad, la sencilla fraternidad de paisano a paisano, de caminante a ciudadano y yo le pagué con zambas y poemas”, solía decir Atahualpa Yupanqui.

El 31 de enero de 1908, en el Campo de la Cruz, partido de Pergamino, provincia de Buenos Aires, vio la luz Héctor Roberto Chavero, tal su verdadero nombre. Llegó por primera vez a Tucumán con sus padres y hermanas cuando tenía nueve años y se enamoró de esta tierra, que lo acompañó en sus sueños, su canto, en sus pensamientos a lo largo de su vida. Más de dos decenas de piezas le dedicó a esta provincia, cuya geografía recorrió a caballo. Pero no sólo con zambas le pagó a Tucumán, sino también con historias, poemas y citas que regaron su producción literaria.

Sin embargo, los tucumanos permanecemos en un estado de curiosa ingratitud con el autor de “Luna tucumana”, zamba que se ha convertido en el himno provincial. La deuda pareció saldarse en parte cuando el 3 de julio de 2009, se inauguró en Acheral una muestra itinerante con objetos que habían pertenecido al artista. La exposición dio nacimiento a un museo que se concretó a través de un convenio suscripto por la Fundación Yupanqui, el Ente de Turismo de Tucumán y la comuna de Acheral. Dejó de funcionar en junio de 2013; un año después se lo reabrió; a la fecha, en el sitio oficial de la provincia se informa que el museo está cerrado temporalmente.

En 1993, al cumplirse un año de su partida, se inauguró en Raco un monumento que yace descuidado desde hace tiempo; en la ocasión, se bautizaron varias calles del pueblo con el nombre de sus canciones. Sin embargo, no se advirtió la proyección turística que podía tener un lugar donde Yupanqui tuvo un rancho, en el que pasaba algunas temporadas, cuando incursionaba a caballo por Chasquivil, la Hoyada y Anca Juli. Sugerimos también en una ocasión que podría reconstruirse el rancho de don Ata en Raco y jerarquizar su figura como corresponde; realizar, por ejemplo, un video con testimonios de memoriosos de la zona o de amigos que aún viven, o efectuar visitas guiadas.

En San Miguel de Tucumán, apenas un pasaje en el Barrio San Martín lo recuerda; no hay un monumento emplazado en un lugar importante de la ciudad, ni una avenida ni un auditorio en su homenaje. Por ejemplo, la ruta N° 307 podría llamarse Yupanqui o se podría reconstruir la “ruta de don Ata en Tucumán” a partir de sus mismas canciones; seguramente, sería un gran atractivo turístico. La Municipalidad de Tafí Viejo ha levantado el aplazo y ha bautizado con su nombre su flamante hostería, que además cuenta con un original monumento, realizado por Atilio Roberto.

Atahualpa Yupanqui se autodecretó su tucumanidad; llevó esta tierra por varias partes del mundo, donde su arte goza de un gran reconocimiento. Quizás deberíamos recordar más a menudo que “el agradecimiento es la memoria del corazón”, como decía el sabio Lao-Tsé.

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