Un poder adolescente

La madurez del país es una materia pendiente. La Justicia ha tenido más año de dependencia hacia la política que de autonomía. A los magistrados tucumanos les ha costado un comunicado contundente. Otras dificultades.

10 Dic 2017 Por Federico Diego van Mameren
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¡Qué difícil se ha vuelto redactar un comunicado! Los magistrados hablan -pero por sobre todo escriben- en su lengua adoptiva que es la de los abogados. Una redacción envuelta en la mayor cantidad de ambages. Lo importante es decir mucho, cosa que lo más fuerte, esté lo suficientemente acolchonado para que los a los receptores de sus dichos les duela menos.

Este miércoles los magistrados de Tucumán se reunieron para escribir (ver LA GACETA del 7 del corriente) y fijar su posición respecto del pedido de la Nación para ver 33 causas que se tramitan en los tribunales provinciales. Redactaron un jeroglífico.

Descifrarlo permitió interpretar que los magistrados se sentían avasallados por la Nación por esto que ellos consideran una intromisión en sus tareas. También se pudo descifrar de ese laberíntico texto que como aquella posición podía ser interpretada como la intención de encubrir o proteger a los jueces que ruborizan a la justicia provincial. Por eso aclararon -y esto fue lo más claro- que hacen falta los controles y que “deben realizarse a través de los canales constitucionales e institucionales”. Esto implica que los legisladores abran los juicios políticos que correspondan o que la Corte Suprema efectúe las sanciones o revisiones que considere necesarias. Sin poder decirlo directamente los magistrados hubieran querido decir “no se metan en nuestras sentencias y en todo caso si hay algo mal lo solucionaremos en casa”.

Hubo algo más que se balbuceó durante la acalorada asamblea que no salió a la luz y que ni siquiera se trató de dibujar en el texto magistral. Los magistrados no se habrían sentido respaldados por la decisión del alto tribunal y no fueron capaces de decirlo públicamente. El flamante presidente de la Corte, Daniel Posse, en su pronunciamiento, planteó la autonomía de los jueces y dejó abierto a que, si era necesario ver alguna causa, quedaba en libertad cada magistrado de mostrarla o no.

Habrían esperado otra respuesta. Un respaldo más contundente. El titular de la Corte, cuando se pronunció, también lo hizo con todos los cuidados posibles. Da la sensación que trató de no molestar ni contradecir a la Nación, de mostrar respaldo hacia los magistrados y de buscar que la reacción pública sea favorable. También salió un pronunciamiento tibio, sin contundencia.

Demasiados intereses en juego. Sería difícil contradecir al ciudadano que afirma que el Poder Judicial provincial atraviesa una crisis; sin embargo ningún inquilino del Palacio se animaría a aceptarlo. Nadie, al mismo tiempo, está dispuesto a pelearse ni con la Nación, ni con el Poder Ejecutivo provincial ni mucho menos con los legisladores. Con la Corte, ni hablar. Por eso es tan difícil escribir un comunicado.

En defensa de una mentira

No es un problema exclusivo de los miembros de la Justicia. Osvaldo Jaldo fue incapaz de decir la verdad. Y cuando tuvo que decirla, esperó a que viniera el gobernador Juan Manzur. Sólo cuando estuvo sentado a su lado, dijo que no iba a asumir como diputado nacional. Para defender su mentira, llegó a decir que no había defraudado la voluntad popular porque, en 2015, el pueblo tucumano le había conferido la responsabilidad de ser vicegobernador. Otra falacia. Si así hubiera sido no debió postularse. A Jaldo los engaños le brotan como agua de manantial. Sin embargo, no sólo es difícil escribir comunicados, también confesar lo que se piensa y lo que se quiere. Para Jaldo ser candidato era importante porque el peronismo se había quedado sin referentes fuertes y, si él no ponía la cara, tanto Manzur como José Alperovich terminarían perjudicados. Curiosamente, a Pablo Yedlin no lo consideraban capaz de conducir al oficialismo a un triunfo y lo arrojaron al tercer lugar de la lista. Yedlin ya es diputado nacional y Jaldo sigue siendo vicegobernador. Alguna vez el ex presidente Carlos Menem respondió a una pregunta de la prensa confirmando que si decía lo que iba a hacer, nunca lo hubieran votado. Rara forma de subestimar a los ciudadanos que tiene la política argentina.

Menem condenado. Cristina con pedido de desafuero y de prisión preventiva. Dos ex presidentes que no pueden caminar tranquilos por el país que los puso en el máximo pedestal. Desde 1983 a la fecha no ha habido ni un miembro del Poder Judicial que denunciara presión alguna de parte de alguna administración del Poder Ejecutivo. Sin embargo, Menem terminó preso después de haber abandonado la Casa Rosada y luego de haber asumido como senador de la Nación. Lo mismo ocurrió con Cristina.

Un día como hoy, hace exactamente 34 años la Argentina volvía –una vez más- a poner en funcionamiento sus instituciones democráticas. La Justicia en todo ese tiempo no ha podido emanciparse. Como esos jóvenes que estiran su adolescencia y siguen en la casa de sus padres, la magistratura argentina ha mostrado muchas veces a lo largo de estos años su incapacidad para ser autónoma. Bonadio, que ha sabido simpatizar con más de un conductor del Poder Ejecutivo, esta semana fue protagonista de la vida política argentina. Aunque quiera explicar que lo hizo motu proprio, será difícil creerle aún cuando el pedido de prisión a Cristina parece sufrirlo más Cambiemos que el peronismo.

No sólo es difícil escribir un comunicado; también comprender -y confiar- las acciones de los hombres públicos. Por eso no se entiende el silencio de Manzur ante las agresiones de los Alperovich, salvo que sea incapaz de enfrentar a quien lo llevó de la mano hasta el sillón de Lucas Córdoba. Menos aún se puede comprender los actos de desagravio de los Alperovich a Cristina y la adhesión al bloque de senadores que está enfrentado a la ex presidenta. Esta semana que comienza existe la promesa de que Yerba Buena podría ingresar en el terreno de la cordura y de la contienda política respetando a las instituciones. Exactamente lo contrario empieza a cocinarse en la UNT, donde los tiempos electorales empiezan a desempolvar carpetas que dormían sin que nadie quiera despertarlas.

Han pasado 34 años, pero no son muchos los actores políticos que tienen conciencia de que cada acto suyo puede ser trascendente para que el país crezca o siga peligrosamente agrietado.

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