Chicos, libros y estrategias

El debate sobre los caminos de formación lectora se complejiza en tiempos de sobrestimulación, instantaneidad y ruido comunicacional. Escritores, docentes, editores, filósofos y especialistas en literatura infantil y neurociencias reflexionan sobre los beneficios de la lectura temprana y acerca de las herramientas que tenemos los adultos para acercar los libros a los niños

20 Ago 2017
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Modelos
u Por Adela Basch
Para LA GACETA - BUENOS AIRES

Modelos

Por Adela Basch
Para LA GACETA - BUENOS AIRES

Cuando se habla de estrategias para que los chicos lean, el primer pensamiento que se me aparece es que para formar niños lectores lo más importante no son las estrategias, sino que los niños puedan contar con personas que aman la lectura y los libros y que estén dispuestas a compartir con ellos ese amor.

Cuando alguien ama la lectura porque ha sido en su vida la puerta de entrada a múltiples experiencias, descubrimientos y conocimientos de toda índole, irradia su interés por los libros, lo transmite de manera natural y lo contagia.

Si queremos hablar del tema en términos de estrategias, creo que la más importante es procurar que los chicos puedan relacionarse asiduamente con personas que sean modelos lectores. Es decir, personas para las que la lectura tenga un lugar de relevancia. Lo ideal es que estos modelos lectores sean muy cercanos: los padres, los abuelos, los tíos o alguien de la familia. Pero por distintos motivos en muchos casos no puede ser así. Entonces los modelos lectores tienen que estar en la escuela y les cabe a los maestros y bibliotecarios esta responsabilidad.

Si una madre o un padre quieren que sus hijos lean, la primera sugerencia es que ellos mismos lean, así sus hijos los ven y toman la lectura como parte integral de la vida diaria. Y lo mismo podemos decir respecto de los maestros.

Otra condición a la que podríamos considerar una estrategia fundamental es que los chicos no sientan que leer literatura es un deber que tienen que cumplir. Por eso, la lectura no debería quedar asociada solamente con la escuela y la enseñanza. En cambio, sería ideal que los chicos pudiesen disfrutar de la lectura de libros en su casa junto a sus familias. La literatura es juego, música, movimiento. Hay que abrir la imaginación y proponerles distintas formas de leer un mismo texto, siempre jugando y compartiendo el tiempo de la actividad.

En síntesis, desde mi punto de vista la mejor estrategia es leer con los chicos de un modo en que todos puedan disfrutar.

© LA GACETA

Adela Basch - Escritora y editora


La lectura como vacuna

Por Denise León

Para LA GACETA - TUCUMÁN

Mi hijo mayor tenía tres años cuando comenzó a odiar la noche. En esa misma época murió mi mamá y como yo tampoco podía dormir inauguramos una especie de ritual donde yo le leía y le cantaba como un modo de arrullarnos. Pienso que todos hemos odiado la noche alguna vez, su incertidumbre a contramano de las actividades productivas del día. Nos abrazábamos, insomnes los dos, rodeados por las palabras de otros. Porque en el comienzo siempre está el otro, la palabra de alguien que nos cuenta una historia. Después, la curiosidad. El asombro. El miedo. He dicho ya otras veces que cada infancia tiene su propia música y que la mía fue extrañamente silenciosa. Supongo que porque no había palabras para decir la única cosa de la que hubiera valido la pena hablar. Cada siesta me pulverizaba los ojos frente al televisor, repitiendo de memoria los nombres largos de los personajes de las telenovelas que después grababa con un cuchillo en el respaldo de mi cama.

Hay un prejuicio biempensante que ha transformado la lectura en una obligación, en una vacuna, en una garantía. Leer o escuchar leer, pero también mirar películas o series, tiene que ver con algo salvaje. Con eso que nos agita o nos conmueve, profundamente. Sirve para abrir agujeros pero también para construir madrigueras y casas portátiles. Sirve para atravesar el fondo de la noche. La televisión es para gente tonta, me decía mi madre y escondía los cables, escondía las antenas. Nosotros probábamos con agujas, con tenedores clavados en la parte de atrás del aparato. Queremos garantías y sólo obtenemos algo más secundario y más penoso: un audífono con un cable corto que me obligaba a inclinarme, a pasarme las tardes abrazada al mueble, abrazada a mi voluntad. Por un curioso mecanismo, muchas veces los relatos que les ofrecemos a nuestros estudiantes son sosos, insípidos como la gelatina sin sabor. Textos que no han sido elegidos desde el propio placer sino desde la utilidad. Las vacunas no hacen creativas a las personas. Lo creativo es, en todo caso, cierta forma de negarse a padecer.

© LA GACETA

Denise León - Doctora en Letras, Investigadora del Conicet.


Un regalo perpetuo

Por Eugenia Flores de Molinillo

Para LA GACETA - TUCUMÁN

Tuve una infancia poblada de libros. Mediados del siglo pasado, sin televisión ni juguetes eléctricos de ningún tipo, hija única. Irrepetible receta básica para crear una lectora, pero nada hubiera sucedido sin padres que estimularan, con su ejemplo y su atención, mi entusiasmo por la lectura. Más allá del amor filial, parte inspiradora de mi vida, siento un profundo agradecimiento a mis padres por haber incentivado ese entusiasmo por leer, sentimiento que fraguó mis intereses, encaminó mi profesión y me deparó compañía cuando por ahí surgieron soledades implacables. Sin contar la enorme información que los libros me proporcionaron para “leer” la vida y el mundo en sus claves más hondas y, por qué no, en sus cuotas de suspenso, de diversión y, sobre todo, de empatía.

Recuerdo un relato de Enrique Anderson Imbert (1910-2000), La casette, de 1982, en el que un niño del año 2132, que solo ha conocido la transmisión literaria a través de la voz grabada, a tono con su mundo de botones y fichas que activan y desactivan innumerables aparatos tecnológicos, inventa un sistema de transmisión que consiste en páginas escritas que están cosidas entre sí y que puede ser abierto donde él quiera y recibir sus comentarios en los márgenes. Feliz, en ese mundo totalmente tecnificado que ha determinado que él, un ciudadano alpha, deberá dedicarse a las ciencias, le comunica a su instructor su flamante proyecto, ignorando que ha inventado… ¡el libro!

Aunque las mudanzas, los amigos bien o mal intencionados, los avatares del tiempo, hagan desaparecer tal o cual libro, ese libro leído es un regalo para siempre.

© LA GACETA

Eugenia Flores de Molinillo - Profesora de Letras


Sin fórmulas secretas

Por Rossana Nofal

Para LA GACETA - TUCUMÁN

Las imágenes de muchos chicos con libros organizan los fragmentos de una historia de dar de leer. Con los pedacitos y las partes de un todo que se amontonan desordenados en mi memoria para contar el cuento de una vida. Un empezar a leer con mi abuela María el niño de Yapeyú, la higuera de Juana, la pieza de juguetes con la muñeca de trapo y el mono chillón en la misma mesa con LA GACETA del día de lluvia en que se murió Perón. Recuerdos mezclados y herejes se suman a la construcción de una colección de relatos de una particular manera de entender la relación entre la literatura y la vida, las experiencias de lectura con una voz y una tonalidad. Creo que el afecto construye esa escena visceral y subjetiva que defino como central para responder a la pregunta que me desafía a pensar que fui una lectora sin clase y que me afilié a esa posición en la escuela. Y fue así como hice leer a los chicos, a los grandes, a los todos. Leer y escribir en las aulas y en las noches de cuentos con mis hijos, antes de dormir.

No voy a hablar de los lugares comunes que ya conocemos que, si se tratan de lecturas, tienen que ver con los estereotipos de leer por placer, del almohadón de la lectura, el derecho a la lectura o la escritura derechito en un renglón y con mayúsculas. Temibles lugares comunes que tienen que ver con sus sujetos y la identificación de una falta: lo que los chicos no leen, lo que los estudiantes no saben, lo que los docentes no enseñan, el presupuesto que no alcanza, los libros que no están. No hay fórmulas secretas, pero creo que los mundos posibles de la lectura se transmiten desde esa voz que lee un cuento, desde esa mano que acaricia un libro y ayuda a sostener el lápiz azul que construye un escritor. Una historia de amor entre los chicos y los libros compromete el cuerpo y se escribe desde la transmisión de una experiencia de disfrute de la escena para contarla una y otra vez. Sin ese gesto vital y apasionado en la contraescena, hacer leer es una instancia vacía.

© LA GACETA

Rossana Nofal - Profesora de Literatura latinoamericana de la UNT.

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