Saccomanno desnuda las miserias del fracaso social

Presentó en Tucumán “Terrible accidente del alma”, una novela inquietante que recorre los escenarios de un futuro para nada lejano

CON UNA OLIVETTI. Dice que extraña el tableteo de las máquinas. la gaceta / foto de Antonio Ferroni CON UNA OLIVETTI. Dice que extraña el tableteo de las máquinas. la gaceta / foto de Antonio Ferroni
14 Octubre 2014
- ¿Tenés algún vínculo con Tucumán?

- Ser lector de Tomás Eloy Martínez. Lo leía en los tiempos de Primera Plana, en aquellos relatos que después se agruparían en “Lugar común la muerte”. Después lo conocí. Me gustan mucho “La novela de Perón” y “Santa Evita”, que es extraordinaria. Pero más allá de eso creo que en él se dio la síntesis perfecta entre periodista, cronista y narrador. Es una línea por la que transitaron Osvaldo Soriano, Enrique Raab, Miguel Briante y Rodolfo Walsh, por supuesto. En esa conjunción de cronista y escritor se alcanza la máxima intensidad y pasión por la belleza narrativa. Ya no quedan ejemplares de esa raza.

Entrando en materia
Dice Guillermo Saccomanno que el escritor es un sismógrafo. Que, por ejemplo, en las obras de Kafka están anticipados los totalitarismos del siglo XX. Porque antes de las distopías de J.G. Ballard están “El proceso”, “La metamorfosis” y “En la colonia penitenciaria”. Al universo desquiciado de “Terrible accidente del alma”, la novela que Saccomanno presentó anoche en Tucumán, el escritor lo imagina a la vuelta de la esquina. Porque, según Saccomanno, el capitalismo nos ha empujado a una irremisible caída.

“No escribas a no ser que sea necesario”, recomendaba Rilke. Saccomanno escribe por necesidad y por compromiso. En el caso de “Terrible accidente del alma”, también por miedo. Había caído enfermo -meningitis- y cuenta que mientras perdía la conciencia del tiempo y del espacio garabateaba compulsivamente. Después le costaba entender la letra. En ese contexto fueron tomando forma los relatos que, una vez encastrados, se convirtieron en libro.

Los personajes de “Terrible accidente del alma” se mueven entre masacres, helicópteros que explotan, una guerra interminable y la indiferencia que nace del más salvaje de los individualismos. Hacia allí nos lleva el capitalismo, advierte Saccomanno. Un futuro que llegó hace rato y no para arreglar las cosas, precisamente.

La esperanza había muerto. Se pronosticaba el fin de todo. Los pastores predicaban poseídos encabezando procesiones que los seguían hacia ninguna parte. Los hambrientos, como los perros, husmeaban las calles. También estaban los chicos asesinos. Y los helicópteros, siempre los helicópteros, sobrevolando la ciudad. Pero como la humanidad ya había atisbado su final otras veces, decía papá, no había por qué desesperar.

En un cuaderno que le regaló Juan Boido quedó registrado el primer relato. Fue en Gijón (España), mientras Saccomanno estaba alojado en el hotel Pathos -mencionado en la novela-. Al frente había un puticlub, “Privé”. Le había prometido a Boido que le devolvería el cuaderno con una nouvelle terminada, pero apenas se agotaron las hojas se sintió obligado a comprar otro. Y otro más. Y eso que al mismo tiempo trabajaba en otros proyectos (“Un maestro”, “Cámara Gesell”), porque acostumbra escribir en paralelo.

A Saccomanno, que le tocó criarse entre las Olivettis de las agencias de publicidad, le salió una novela manuscrita, con todo lo que eso significa. “Te permite escribir con una actitud más suelta, menos reprimida -explica-. Estás menos pendiente de la prolijidad, es más propio de la poesía, ¿no? Claro, ese acto que implica menos censura y menos represión no implica que después no se apliquen las correcciones imprescindibles”. A esa limpieza del texto Saccomanno la define con una fórmula: corte/lija/depilación.

Pero hay algo más, referido al peso específico de las palabras. Saccomanno apunta que escribiendo a mano las palabras cobran otro valor, ligadas casi a lo sagrado. “Si tomás a Cortázar vas a encontrar muchas acciones eróticas, pero utiliza sólo una vez la palabra pija, y entonces tiene el valor de una detonación -sostiene-. Otro caso es el de García Márquez en ‘El coronel no tiene quien le escriba’. La última palabra es mierda y suena con la potencia de un disparo en un concierto. Cuando escribís a mano tomás conciencia de todo esto”.

Temas y más temas
El título no lo puso Saccomanno, sino un pastor evangelista al que encontró en una sala del hospital en el que estaba internado. “Tenés un terrible accidente del alma”, le dijo el pastor. Y quedó. Después profundizó la idea, una y otra vez, en su prosa.

...Porque Dios no soporta a quienes no aguantan los terribles accidentes del alma. Dios elige bien a sus accidentados. Y cuando no le responden, pronto los borra de la superficie del planeta.

El de la fe es uno de los temas que planea sobre la novela. La búsqueda de la belleza es otro. Hay un pasaje clave: las ratas están devorando un bebé. ¿Puede existir belleza allí? La belleza, dice el personaje, no consiste en lo que uno ve sino en la forma en que lo ve. “El gusto es un sentimiento difícil de cultivar en estos tiempos”, escribe Saccomanno.

“Venía para LA GACETA y en la peatonal había un ciego con un cartel: ‘hoy es un día maravilloso y no puedo verlo’. Es un mensaje psicópata, pero por otro lado hay una construcción poética -advierte Saccomanno-. ¿Dónde está la belleza? Salí a la calle...”

Saccomanno habla de la vida y de la literatura como sendos viajes, marcados por el naufragio social e individual. Aparece la metáfora del Titanic y Joseph Conrad subrayando que la culpa no fue del iceberg, sino de los financistas que pijotearon en el presupuesto. Así les fue y así nos va. “En un artículo, Conrad termina denunciando el capitalismo salvaje, al hombre pretendiendo ponerse a la altura de Dios -destaca Saccomanno-. Es, a fin de cuentas, un fracaso social. En 2001 se decía que los argentinos estábamos bailando en el Titanic. La metáfora surge”.

El dolor de los sobrevivientes se palpa en “Terrible accidente del alma”. Pertenezco a una generación de sobrevivientes, indica Saccomanno, y de inmediato se remite al Ismael de “Moby Dick” afirmando: “sobreviví para contarlo”. El escritor trabaja desde los escombros que dejó la dictadura. “Esos estragos alcanzaron a tres generaciones -recalca-. Quedó un país política y culturalmente devastado”.

Si la vida es tan corta, por qué el viaje parece tan largo, te preguntás. El viaje te enfrenta con vos mismo, dice el otro. Es decir, conmigo. Querés que te diga lo que pienso, te pregunta. Que te pasás la vida observando la vida ajena y te perdés la oportunidad de vivir la tuya.

Comentarios