“Deberíamos vivir toda la vida como si fuera una despedida”. La recomendación que muy sabiamente me dio una amiga y colega se refería a lo importante que es poder despedirse de las personas que uno quiere, antes que cualquiera de los dos abandone estos pagos. Teniendo en cuenta que cada día que vivimos estamos un día más cerca de nuestro final y que la muerte tiene la mala costumbre de llegar a nuestra casa sin avisar (perdón por el dramatismo), el consejo resulta de lo más aplicable para cualquiera, sin distinción etaria, monetaria o de salud.
A pesar de esto, una máxima que rige el accionar de los seres humanos es lo opuesto: no darnos cuenta de lo que tenemos hasta que lo perdemos. Pasa, al menos una vez en la vida, siempre. Todos tenemos en algún rincón de nuestra cabeza una frase no dicha o un gesto no hecho que tiene como único destino podrirse en el pesado baúl de las causas inconclusas.
Seguramente es mucho pedir vivir cada momento de la vida como si fuera la última vez. Pararnos a oler el café y las tostadas del desayuno como si fuera el último que tomaríamos. Abrazar a la persona que más amamos como si nunca lo fuéramos a hacer otra vez. Cumplir la jornada laboral como si fuera nuestra última oportunidad de hacer de este mundo un lugar mejor. Ocuparía demasiada energía y más temprano que tarde abandonaríamos la misión. Pero nos animemos a elegir unos cuantos momentos por semana. Digamos siete (ojo, esto no lo exime a hacer las cosas bien el resto del tiempo). Siete oportunidades para disfrutar de la vida y de las personas como si fuera nuestra última oportunidad. Expresemos lo que sentimos, curemos viejas heridas, respiremos profundo, disfrutemos de todo. Porque todo pasa, menos los recuerdos.
A pesar de esto, una máxima que rige el accionar de los seres humanos es lo opuesto: no darnos cuenta de lo que tenemos hasta que lo perdemos. Pasa, al menos una vez en la vida, siempre. Todos tenemos en algún rincón de nuestra cabeza una frase no dicha o un gesto no hecho que tiene como único destino podrirse en el pesado baúl de las causas inconclusas.
Seguramente es mucho pedir vivir cada momento de la vida como si fuera la última vez. Pararnos a oler el café y las tostadas del desayuno como si fuera el último que tomaríamos. Abrazar a la persona que más amamos como si nunca lo fuéramos a hacer otra vez. Cumplir la jornada laboral como si fuera nuestra última oportunidad de hacer de este mundo un lugar mejor. Ocuparía demasiada energía y más temprano que tarde abandonaríamos la misión. Pero nos animemos a elegir unos cuantos momentos por semana. Digamos siete (ojo, esto no lo exime a hacer las cosas bien el resto del tiempo). Siete oportunidades para disfrutar de la vida y de las personas como si fuera nuestra última oportunidad. Expresemos lo que sentimos, curemos viejas heridas, respiremos profundo, disfrutemos de todo. Porque todo pasa, menos los recuerdos.
Temas
Tucumán








