Salomé, de Flavio Josefo a las pampas argentinas

La historia de la princesa de Judea ha sido contada varias veces a lo largo de 20 siglos. Gustave Flaubert, Oscar Wilde, Richard Strauss y directores de Hollywood recrearon a la hijastra de Herodes que fue premiada con la cabeza de Juan el Bautista. La versión más reciente es la del dramaturgo argentino Mauricio Kartun.

CLÁSICA REPRESENTACIÓN. Salomé con la cabeza de Juan el Bautista, por Tiziano, hacia 1515. CLÁSICA REPRESENTACIÓN. Salomé con la cabeza de Juan el Bautista, por Tiziano, hacia 1515.
26 Julio 2013
Bendita virtud de los clásicos la de poder resignificarse a través del tiempo y despertar en nuevos auditorios percepciones enriquecidas por los ecos surgidos de la comparación entre un original, pálido a veces bajo el polvo de los siglos, y la reescritura que el nuevo artista concibe. La Biblia, por ejemplo, ha sido fuente inagotable para pintores, músicos y escritores del mundo occidental.

Tomemos la historia de Salomé, la seductora hijastra de Herodes cuya danza fuera premiada con la cabeza de Juan el Bautista a pedido de su madre, Herodías, furiosa porque los denuestos del profeta amenazaban su posición. Ni Mateo ni Marcos, los evangelistas que narran el episodio, dan a la joven su nombre. Lo sabemos gracias al judeo-romano Flavio Josefo (¿37?-115) quien, destruido el Templo de Jerusalén y sufrida la diáspora, historió en el exilio a su pueblo de origen. Y la imagen sensual de la princesa de Judea llega al Renacimiento en la versión casi naif de Filipo Lippi y en los trazos potentes de Tiziano. Remonta siglos "posando" para Lucas Cranach, Caravaggio y Gustave Moreau, entre muchos, y recala en un cuento de Gustave Flaubert, Herodías, y luego en el drama poético que Oscar Wilde escribiera en francés, Salomé, estrenado en París. El músico alemán Richard Strauss ve la obra y su genio se despliega en acordes de ópera: Salomé, cuyas melodías modernistas eclosionan en la sugerente Danza de los siete velos. Y llega el cine. La estrella decadente interpretada por Gloria Swanson en Sunset Boulevard embriaga su nostalgia recordando su papel de Salomé en el cine mudo. Y hubo una Salomé muda en 1918, con Theda Bara, y otra en 1923. Vinieron otras, parlantes. La más conocida es la de 1953, con una deslumbrante Rita Hayworth y un apócrifo romano -Stewart Granger- que se hace cristiano y la aleja de Herodes -genial Charles Laughton- y del paganismo. Días de Guerra Fría, cuando la religión era una estrategia contra el comunismo ateo.

Salomé de chacra
La dramaturgia argentina nos ha dado reescrituras de clásicos griegos pero no de historias bíblicas. Bienvenida es, pues, la contestataria obra de Mauricio Kartun (San Martín, 1946), estrenada en Buenos Aires en 2011: Salomé de chacra. No "de la chacra": desde el título se marca el juego de palabras como estrategia irónica, jugando con la similitud entre "Salomé" y "salame", ya que todo transcurre en un establecimiento rural donde se fabrican chacinados. Así, términos técnicos del drama clásico, como in medias res, la acción que se narra ya comenzada, se vincula con las vacas (reses), en el monólogo de Gringuete, interesante personaje que encarna coro, servidumbre, inmigración y maestro de ceremonias. "Machina", de deus ex machina, evoca al descenso de los dioses a la escena, y se aplica aquí a todo elemento tecnológico asociado con el poder. La violencia abunda, asociada a menudo con la historia argentina: - Salomé: Intensa la matanza. Interminable. - Herodes: Eterna. Vilcapugio y Ayohuma. No da abasto la máchina. Piara íntegra de chancho adulto, dos chiqueros de puerco joven y toda una generación de lechonazos para el tierne. Y del gran universo vacuno dos corrales de vaquillona para el mixture. El chacinado es una babel de sangres.

El patrón de la chacra, Herodes, ve en su hijastra a una joven Cochonga, la esposa que le quitó a su hermano Aarón, e incita a la joven, recién llegada de Europa, a bailar como lo hacía en las siestas de su infancia: "El Bailecillo, el Bailecillo", reclama el hombre, mientras Juan, el subversivo Juan Bautista encerrado en el aljibe, lanza sus encendidas diatribas contra el capitalismo y la familia, mechadas con frases que registran los Evangelios. Y, como en Wilde, Salomé lo desea. "Quiero besar esa boca", dice, y el erotismo se intelectualiza al agregar: "Conquistar la mente más lúcida y montar allí dentro mi reino. Ay, la histeria es imperial… Sos mi América". Y el deseo de la conquista imposible hace que Salomé haga matar a Juan, para contento de su madre. Herodes lo decapita. Luego matará a Salomé.

En 2012 vi la obra, y debo decir que el nivel de violencia, por momentos agobiante, cuadra perfectamente con la intención artística del autor. Mauricio Kartun, referente valioso de la dramaturgia argentina, con una veintena de obras y más de 30 premios en casi todos los rubros teatrales (dirección, actuación, autoría, puesta en escena) merece ser escuchado: "Si buscamos el auténtico aporte del teatro argentino a la escena del siglo XX, lo encontraremos -en principio- en su voluntad controvertida, irresuelta, y culposa, de independizarse de la rigidez canónica de los otros 23 siglos precedentes. Su vergonzante a veces y otras veces orgullosa bastardía".

Se acaba de editar un film documental, El año de Salomé, que ilustra el proceso creador de la obra y de la preparación de la puesta. Sin duda es un registro significativo del trabajo creador de Kartun, de la impecable entrega de los actores -Lorena Vega, que interpreta a Salomé, recibió el premio "María Guerrero" por su trabajo- y del equipo técnico.

Buena noticia para teatreros, teatristas y hasta para quienes llenaron noche a noche el pequeño Teatro del Pueblo, en Diagonal Norte, para ver una historia capaz de escapar de su contexto bíblico para asumir una identidad argentina que ratifica su universalidad.

© LA GACETA Eugenia Flores de Molinillo - Profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT.

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