La historia reciente de la actividad azucarera es clara: por cada año bueno, sobrevienen dos malos. Así de simple, así de previsible, así de dramático. Cada vez que las arcas de los azucareros se nutren de recursos económicos, se produce un estado de euforia que lleva a que la apuesta productiva sea mayor en la siguiente temporada, y es en esa instancia cuando las expectativas se desploman. Lo que siempre ocurre en estos casos es que se termina inundando de azúcar el mercado interno, con la consecuente caída de los precios y de los ingresos de la actividad, y de las provincias que la contienen (Tucumán, Jujuy y Salta).
Pero esta vez las previsiones se presentan distintas. Los excedentes ya no necesariamente se volcarán la elaboración de azúcar para el mercado interno o para el impredecible mercado internacional. Ahora está la salida de los biocombustibles, que demandan toda la caña que se pueda, y más aún; es una alternativa que aún no encuentra un techo. Claro que faltan muchas inversiones en los ingenios y en contener efluentes como la vinaza.
Pero esta vez las previsiones se presentan distintas. Los excedentes ya no necesariamente se volcarán la elaboración de azúcar para el mercado interno o para el impredecible mercado internacional. Ahora está la salida de los biocombustibles, que demandan toda la caña que se pueda, y más aún; es una alternativa que aún no encuentra un techo. Claro que faltan muchas inversiones en los ingenios y en contener efluentes como la vinaza.
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