29 Agosto 2010 Seguir en 
La historia ha deparado a Juan Bautista Alberdi un destino singular: el consenso que goza su figura es tan unánime como diferente, y hasta contradictorias las razones en las que se funda el reconocimiento a su trayectoria como pensador y ensayista.
Fue un hombre profundamente involucrado en las cosas de su tiempo, consustanciado con el drama de una Patria que no terminaba de cuajar en una sociedad política aceptablemente civilizada, sacudida por una guerra civil que lo acompañó casi hasta su muerte y en permanente peligro de desmembramiento. Escribió, en consecuencia, acuciado por angustiantes coyunturas, la mayoría de las veces en el exilio, promoviendo siempre una solución justa a los conflictos que derivaban en enfrentamientos fraticidas, condición inexcusable de la unidad nacional y del progreso económico y moral de los países del Plata.
Sin embargo, con demasiada frecuencia se presentan sus ideas haciendo caso omiso al contexto -y en él, a su situación vital-, transformándolo en un propagandista de un recetario de propuestas aplicables al margen de las circunstancias de tiempo y lugar, es decir en un ideólogo.
Por el contrario, este tucumano casi autodidacta, que abrevó de fuentes muy diversas y que supo leer como ninguno la realidad, escribió privilegiando la búsqueda de respuestas originales a situaciones concretas, aunque todas ellas estuvieron atravesadas por una problemática que habría de resolverse definitivamente con la federalización de la ciudad de Buenos Aires en 1880, que tanto propugnó. Se trataba de las dificultades de las provincias rioplatenses en darse una constitución, originadas -según explicó hasta sus últimos días- en el egoísmo porteño, cerrado en defender como un recurso propio las rentas de la Nación, que eran las de la Aduana.
Conjunto de ideas
Su simpatía hacia el federalismo, el rechazo a la pretensión de que Rosas fuera una genuina expresión de esta corriente; la comprensión del surgimiento del caudillismo en el contexto revolucionario; su condena a la Guerra del Paraguay (entendida como una trágica manifestación más de nuestra guerra civil); la impugnación de la dicotomía iluminista de "civilización o barbarie", propuesta por Sarmiento como clave omnicomprensiva de la historia, y la política hispanoamericanas, fueron el resultado de la sagacidad con la que supo auscultar la realidad, sin preconceptos, alejado de todo ideologismo. Comprender las Bases al margen de ese conjunto de ideas es desconocer las condiciones sociales e históricas en las que la obra fue producida. Exaltarlas o condenarlas por nuestra actual adhesión o rechazo al liberalismo económico, por ejemplo, es caer en un burdo anacronismo.
El padre de la Constitución, el amante de la unión nacional, de la paz y de la hermandad latinoamericanas, merece otro tipo de tratamiento: el estudio y comprensión de su vida, de su ideario y su obra en su propia historicidad, desechando toda manipulación en función de intereses presentes. También lo merecemos nosotros y, por sobre todo, las nuevas generaciones.
Fue un hombre profundamente involucrado en las cosas de su tiempo, consustanciado con el drama de una Patria que no terminaba de cuajar en una sociedad política aceptablemente civilizada, sacudida por una guerra civil que lo acompañó casi hasta su muerte y en permanente peligro de desmembramiento. Escribió, en consecuencia, acuciado por angustiantes coyunturas, la mayoría de las veces en el exilio, promoviendo siempre una solución justa a los conflictos que derivaban en enfrentamientos fraticidas, condición inexcusable de la unidad nacional y del progreso económico y moral de los países del Plata.
Sin embargo, con demasiada frecuencia se presentan sus ideas haciendo caso omiso al contexto -y en él, a su situación vital-, transformándolo en un propagandista de un recetario de propuestas aplicables al margen de las circunstancias de tiempo y lugar, es decir en un ideólogo.
Por el contrario, este tucumano casi autodidacta, que abrevó de fuentes muy diversas y que supo leer como ninguno la realidad, escribió privilegiando la búsqueda de respuestas originales a situaciones concretas, aunque todas ellas estuvieron atravesadas por una problemática que habría de resolverse definitivamente con la federalización de la ciudad de Buenos Aires en 1880, que tanto propugnó. Se trataba de las dificultades de las provincias rioplatenses en darse una constitución, originadas -según explicó hasta sus últimos días- en el egoísmo porteño, cerrado en defender como un recurso propio las rentas de la Nación, que eran las de la Aduana.
Conjunto de ideas
Su simpatía hacia el federalismo, el rechazo a la pretensión de que Rosas fuera una genuina expresión de esta corriente; la comprensión del surgimiento del caudillismo en el contexto revolucionario; su condena a la Guerra del Paraguay (entendida como una trágica manifestación más de nuestra guerra civil); la impugnación de la dicotomía iluminista de "civilización o barbarie", propuesta por Sarmiento como clave omnicomprensiva de la historia, y la política hispanoamericanas, fueron el resultado de la sagacidad con la que supo auscultar la realidad, sin preconceptos, alejado de todo ideologismo. Comprender las Bases al margen de ese conjunto de ideas es desconocer las condiciones sociales e históricas en las que la obra fue producida. Exaltarlas o condenarlas por nuestra actual adhesión o rechazo al liberalismo económico, por ejemplo, es caer en un burdo anacronismo.
El padre de la Constitución, el amante de la unión nacional, de la paz y de la hermandad latinoamericanas, merece otro tipo de tratamiento: el estudio y comprensión de su vida, de su ideario y su obra en su propia historicidad, desechando toda manipulación en función de intereses presentes. También lo merecemos nosotros y, por sobre todo, las nuevas generaciones.










