Padre Mugica

CARLOS MUGICA. Si figura ha trascendido a su destino y a su época, dice Ceferino Reato.
CARLOS MUGICA. Si figura ha trascendido a su destino y a su época, dice Ceferino Reato.

Su vida y su muerte parecen, por un instante, un “aleph” como el del cuento de Borges: “uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos”. Su derrotero es un punto de la historia argentina donde converge una pluralidad de puntos de la historia argentina.

El sacerdote Carlos Francisco Sergio Mugica Echagüe siempre es noticia en la Argentina. La aserción es, en sí misma, ilógica: ¿cuál es la “novedad” acerca de alguien de quien “siempre” está hablándose? Sobre todo, si hace décadas que ya no está entre nosotros. Sin embargo, el “Padre Mugica”, que es como se lo conoce más popularmente, es evocado año tras año. En octubre, por ejemplo. Hace poco hubiera festejado su cumpleaños. Nació el 7 de octubre de 1930. Por esos antojos de los calendarios, un día antes que Juan Domingo Perón, aunque 35 años después de que el “Pocho” llegara al mundo. Muy seguramente, cruzaron saludos en numerosas oportunidades no sólo porque eran contemporáneos, sino porque Mujica abrazó el peronismo con fervor.

Hay escuelas que llevan su nombre y hasta un barrio de Buenos Aires bautizado en su honor, aunque es comúnmente llamados de otra manera: “la Villa 31”. Porque Mugica fue uno de los baluartes del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Y uno de los primeros “curas villeros” de este país.

Se han rodado dos documentales sobre el religioso. Uno es biográfico y reciente: “Padre Mugica, a la hora de la luz”, de 2024, interpretado por Víctor Laplace, Marilina Ross y León Gieco. El otro, de 1999, es “Padre Mugica”, una realización de Universidad Nacional de Lomas de Zamora, dirigida por Gabriel Mariotto y Gustavo Gordillo. Por supuesto, a Mugica lo evocan, también, durante cada mes de mayo. Cuando llega la fecha de su muerte. Más bien, de su asesinato. Fue ametrallado después de haber dado misa. Prácticamente, en la puerta de la casa parroquial San Francisco Solano, en Villa Luro. Era el 11 de mayo de 1974. No se sabe, más de medio siglo después, quién lo ultimó. Ni siquiera se conoce, con certeza, quiénes ordenaron su ejecución. Hay una sentencia judicial que asigna culpables, en tanto autores intelectuales, pero la última y muy documentada investigación sobre el cura Mugica activa todas las dudas sobre ese pronunciamiento, más político que ajustado a los hechos. Ahí comienza a entenderse por qué este hombre de fe siempre es noticia: su caso es el de un argentino para el cual la Justicia llegó tarde. Y ni siquiera con la verdad…

Constelaciones

“Padre Mugica. ¿Quién mató al primer cura villero? Los usos políticos de un asesinato que conmovió a la Argentina”, el libro que Ceferino Reato publicó en 2024, ofrece una mirada amplia desde la cual asomarse a esa multiplicidad de aristas que constelan en torno del sacerdote argentino.

Reato traza el perfil de Mugica sin fanatismos. “El padre Mugica fue una persona con luces y sombras”, le dijo el autor a Flavio Mogetta en la entrevista que LA GACETA Literaria publicó, precisamente, el 28 de abril de 2024. A todos esos contrastes se acceden a través del volumen publicado por Planeta. Tanto su carisma como sus contradicciones están expuestas por igual en sus 350 páginas. Hijo de una familia adinerada, dejó sus estudios de Derecho para tomar los hábitos. Pero en lugar de una carrera eclesial, su opción fue por los pobres de la “villa miseria” de Retiro, consustanciado con el Concilio Varicano II.

Sin embargo, la “mala educación de la utopía” durante los 60 y los 70, para decirlo en los términos de la autocrítica que supiera formular el papa Francisco, lo llevó a él, y muchos otros curas, a considerar válida la lucha armada para enfrentar la larga dictadura de la llamada “Revolución Argentina”, entre 1966 y 1973. Mugica abogó por una revolución socialista. Y se convirtió al peronismo con la fe de los conversos. La violencia social se instala sin escalas en la Argentina. Entre la intervención de las universidades nacionales y las políticas económicas brutales del “onganiato” (que en Tucumán significaron el cierre de 11 ingenios, la migración de 300.000 comprovincianos, la destrucción del tejido social de la provincia y una desocupación que trepó al 15%), estudiantes y obreros protagonizan estallidos en diferentes provincias. El “correntinazo”, el “rosariazo”, los “tucumanazos”, los “cordobazos”. Calles tomadas, represión desatada y hasta fuerzas policiales desbordadas motivan la directa intervención del Ejército. En algunos casos, los muertos se cuentan por decenas. La mecha está encendida. Los grupos que luego se radicalizarán (a finales de los 60 y sobre todo durante los 70) no emergieron de la nada ni por combustión espontánea.

Reato da cuenta de que cuando Perón vuelve a la Argentina definitivamente en 1973, asumió que el justicialismo era el “socialismo argentino”. Así que llamó a los jóvenes de la izquierda peronista a deponer las armas: había vuelto la democracia. El periodista, sin embargo, no olvida que muchos de esos chicos, durante los gobiernos de facto de Juan Carlos Onganía (1966-1970), Marcelo Levingston (1970-1971) y Alejandro Lanusse (1971-1973), habían sido alentados a rebelarse por el propio Perón, exiliado en España, para minar a la “Revolución Argentina” y forzarla a abandonar el poder.

Como si no bastase, muchos de esos jóvenes, además, habían sido pupilos de Mugica en colegios e instituciones católicas. La prédica, en el aula, no había consistido en luchar por el regreso de un líder político, sino por un mundo diferente. Entonces (retrata Reato), ocurrirá que Montoneros, cuya “presentación en sociedad” fue el secuestro y posterior asesinato del ex presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu (derrocó a Perón en 1955 y en 1956 ordenó los fusilamientos en la localidad de José León Suárez) no luchaba por el regreso de Perón como fin último. En todo caso, el objetivo final era la revolución socialista de la que el “curita villero” tanto les había hablado. Así que consideraron que él los había traicionado cuando el religioso se reveló peronista y cambió el tono, y el contenido, de su prédica.

Contradicciones

Mugica es, en definitiva, “humano, demasiado humano”. Su personalidad, como la de cualquier otro, es un mosaico que no está desprovisto de contradicciones. Cuando era un veinteañero, se comportó como un “gorila” que celebró el derrocamiento de Perón. Después se convirtió en un defensor a ultranza del “Pocho”. Trabajaba en la “villa miseria”, pero vivía con sus padres en un acomodado barrio porteño. Provenía de una familia que podría haberle deparado una vida lujosa y confortable y, según reconstruye Reato, tenía porte de galán de cine, de modo que era común verlo rodeado de mujeres jóvenes. Pero murió como un sacerdote, después de oficiar la misa vespertina.

Precisamente, el libro “Padre Mugica” reconstruye la década de 1970 como un tiempo en que la vida de las personas no tenía mucho valor. Uno de los principales valores de esta obra consiste en que no es un libro que sólo se apoye en la “memoria” de los testigos, sino que, fundamentalmente, se sostiene en la “historia” de la investigación documentada. A partir de ello, es interpelado el papel de la Iglesia católica en la violencia de aquellos tiempos. Y no sólo por el hecho de que muchos de los llamados “extremistas” de los 70 habían sido aleccionados en ámbitos eclesiales respecto de armarse contra la injusticia. El asesinato de Aramburu merece, de parte del Movimiento de los Sacerdotes para el Tercer Mundo, no un repudio contundente, sino un sofisma: no era cristiano considerar la vida de una persona menos importante que la de otros (por Aramburu), ni tampoco más valiosa que la de otros seres humanos (en referencia a los fusilados por Aramburu). La vida de las personas, entonces, no era sagrada para las personas.

También queda expuesto el papel del periodismo en la violencia setentista. Aquel no era un periodismo militante, dice Reato, sino un “periodismo armado”.

Y, por supuesto, no está ausente el papel incontrastable del peronismo en la violencia de entonces.

Inconsistencias

Mugica es víctima de la violencia desatada dentro del peronismo por la extrema izquierda y la extrema derecha. Al respecto, y desde su título, el libro desnuda una doble impunidad.

La primera consiste en que, todavía hoy, no se sepa quiénes fueron los responsables verdaderos del crimen. En democracia, el juez Norberto Oyarbide sentenció que había sido la “Triple A” (Alianza Anticomunista Argentina). Pero Reato da cuenta de que la organización paraestatal a cargo de José López Rega (fue secretario privado de Perón y de su viuda, María Estela “Isabelita” Martínez) sólo aparece en el expediente una década después del asesinato. Y surge con la confesión de un preso, que tres meses después admitió que lo había inventado todo.

Un segundo testigo es un ex militar que estuvo preso durante años por robos agravados. Además, había sido descalificado por un juez de la democracia como un “delirante” proclive a la mentira. El tercer testigo fue un ayudante de Mugica, que durante 30 años sostuvo que no había visto quien ultimó al cura, pero que durante el kirchnerismo manifestó que había dicho eso por miedo. Declaró entonces que el asesino había sido custodio de López Rega. El supuesto matador había muerto dos años antes de la declaración ante Oyarbide y había sido, sobre todo, custodio de Perón. A Mugica, por cierto, lo matan mientras Perón ejercía su tercera presidencia. Pero, por esas maravillas insondables de la jurisprudencia nacional, Oyarbide exculpó a Perón y responsabilizó a su viuda, hasta el punto de pedir su extradición.

Trascendencias

Durante el kirchnerismo (y aquí la segunda impunidad), la izquierda del peronismo “se encontró” con un fallo que dijo que al primer cura villero lo había matado la derecha del peronismo, que era derecha, a fin de cuentas. En rigor, Reato registra la pelea entre Mugica y López Rega, que termina con la renuncia del cura como asesor ad honorem del Ministerio de Bienestar Social, precisamente cuando esa cartera estaba a cargo del ex comisario.

Pero también documenta, con la causa judicial, que durante años se apuntó a la izquierda peronista como autora del crimen. Eran tiempos en que los extremos del peronismo no ponían ideas sobre la mesa, sino cadáveres. Como el del ex titular de la CGT, José Ignacio Rucci, liquidado por Montoneros. O el del diputado de la izquierda peronista Rodolfo Ortega Peña, ultimado por la Triple A.

En definitiva, como sintetizó Reato en la entrevista de 2024, el crimen contra el padre Mugica “es el asesinato de un peronista cometido por otro peronista y eso dice mucho sobre la época”. Pero el sacerdote, como también puntualizó el autor, “trasciende su destino final, su asesinato, su época. Por eso hoy en el barrio Padre Mugica tiene una presencia tan constante, tan fuerte, tan viva”.

© LA GACETA

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