Es realmente molesto que, en los días de lluvia, el rocío sea tu único compañero en la parada. Estuve esperando más de veinte minutos y el colectivo de la línea 5 nunca llegó, por lo que decidí elegir una buena playlist y caminar hasta mi casa. Tuve suerte de que la calle Chile no estuviera inundada; de otro modo mis zapatillas blancas habrían terminado negras -o en el peor de los casos- me llevaba un poco la corriente. Hace más de 60 años, mi familia construyó una casa en este barrio. Desde entonces, sus calles se inundan cada vez que llueve. Más de medio siglo después, el problema persiste. Solo me queda rezar por aquellos que la tienen más complicado, que sus viviendas y negocios no se pierdan ante la ausencia de respuestas municipales. Hoy, quizás, mis zapatillas claras se tornen oscuras y tenga que cambiar de calzado. Pero hay quienes, frente a las inundaciones y la negligencia gubernamental, arriesgan mucho más que eso: su patrimonio y hasta su propia vida. Vivo a cinco minutos del centro, pero aun así me siento aislado y mi calle abandonada. Lo que me lleva a preguntarme: ¿De qué modo podemos conseguir una ciudad en donde se puedan transitar los días de lluvia como si fuera cualquier otro día?.
Tomas Porto
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