Escuchó el Mundial 78 por radio, festejó el de Maradona en el Obelisco y vio otra final en el monte santiagueño

Carlos María Santillán nació en El Cambiado hace 68 años. Vivió el título de Argentina en 1978 desde el paraje, el de México 1986 mientras trabajaba en Buenos Aires y ahora, ya de regreso en su pueblo, sueña con volver a celebrar a la Selección, aunque la falta de energía complique ver el partido.

Carlos María Santillán prendió su grupo electrógeno para encender su televisor.
Carlos María Santillán prendió su grupo electrógeno para encender su televisor.
Por Benjamín Papaterra 20 Julio 2026

Resumen para apurados

  • Carlos Santillán, de 68 años, vive la pasión del fútbol en el paraje rural El Cambiado, Santiago del Estero, rememorando los históricos mundiales de la Selección Argentina.
  • Escuchó el Mundial 78 por radio en su paraje, festejó el de 1986 en el Obelisco mientras trabajaba en Buenos Aires, y hoy usa un generador por la falta de luz en su pueblo.
  • Su historia refleja la persistente brecha de infraestructura en el interior argentino y cómo el fútbol sigue siendo un lazo cultural indestructible para las comunidades rurales.
Resumen generado con IA

Hay tres Mundiales que Carlos María Santillán nunca podrá olvidar. El primero lo siguió desde El Cambiado, cuando en el paraje todavía no había televisión y las noticias viajaban por la radio. El segundo lo encontró trabajando en Buenos Aires, donde terminó celebrando en el Obelisco el título de Diego Maradona. El tercero lo vive otra vez en el lugar donde nació hace 68 años, un rincón del departamento Pellegrini donde la electricidad todavía no llega y ver a la Selección depende muchas veces de un grupo electrógeno.

"Lo voy a ver, pero espero verlo tranquilo. No sé si voy a poder superar los nervios", dice mientras espera una nueva presentación de Argentina.

Carlos pasó buena parte de su vida fuera de Santiago del Estero. Trabajó durante años en Buenos Aires, pero finalmente decidió regresar al pueblo donde creció. "Volví porque este es mi lugar. Si no, me hubiera quedado allá", dice.

Desde entonces volvió a dedicarse a lo que siempre conoció: la cría de animales. En su campo hay vacas, cabras y ovejas. Para abastecerlos de agua utiliza una perforación conectada a un motor que llena los tanques y los bebederos. "Todo lo que es animal de campo se puede criar acá", cuenta.

El agua para consumo humano tiene otro recorrido. La familia depende de un aljibe de unos 13.000 litros que se llena cuando llueve. En épocas de sequía, el abastecimiento llega desde El Bobadal. "Pedimos agua y nos la traen", dice.

La vida en El Cambiado cambió mucho desde que era chico. "Antes había muchos habitantes. Después la gente se fue y el pueblo quedó casi vacío", indica.

La migración, asegura, también cambió la forma de pensar de las nuevas generaciones. "Mis hijos vienen porque estoy yo. El día que no esté, venderán todo y se irán. Hoy los jóvenes piensan distinto", explican.

El fútbol, sin embargo, sigue siendo uno de los pocos puntos de encuentro que sobreviven al paso del tiempo. Carlos todavía recuerda la vieja cancha ubicada frente al dispensario. "Yo también jugaba ahí. Se hacían campeonatos muy grandes", cuenta.

Aquellas tardes de fútbol quedaron atrás, pero los Mundiales siguen marcando su memoria.

En 1978, cuando Argentina levantó por primera vez la Copa del Mundo, no había televisores en el paraje. "Cada uno escuchaba los partidos por radio en su casa", dice. 

Ocho años más tarde la historia fue completamente distinta. En 1986 estaba trabajando en Buenos Aires cuando Maradona llevó a la Selección a la gloria. "Fue una locura. En el trabajo tirábamos todo para arriba. Estábamos enloquecidos y después salimos al Obelisco. Fue algo inolvidable", indica. 

Cuando habla de Diego no duda. "No sé si nacerá otro Maradona. Messi nos dio muchas satisfacciones, pero Diego era único", dice.

Cuatro décadas después volvió a vivir un Mundial desde El Cambiado. La tecnología cambió, pero las dificultades del pueblo siguen siendo parecidas.

La falta de energía obliga a depender de motores, paneles solares o baterías para seguir los partidos. Aun así, asegura que no piensa perdérselo.

Mientras espera el próximo partido de Argentina, Carlos mira el campo donde eligió volver a vivir. Dice que no se arrepiente de la decisión. "No me falta nada. Estoy bien y sigo luchando para estar mejor", dice.

Quizás por eso, cada vez que la Selección sale a la cancha, siente que también juega una parte de su propia historia. Porque entre aquella radio de 1978, el Obelisco repleto de 1986 y este presente en el monte santiagueño hay casi medio siglo de recuerdos atravesados por una misma camiseta celeste y blanca.

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