Resumen para apurados
- Argentinos afrontan desorganización este lunes por la falta de un feriado puente para ver el partido de la Selección ante Austria por el Mundial de fútbol.
- El feriado del sábado tuvo actividad normal, mientras que el lunes laborable genera escuelas sin clases, comercios con horarios alterados y un inminente caos vehicular.
- El escenario expone la improvisación nacional ante eventos masivos, donde el impacto económico y el humor social del martes dependerán estrictamente del resultado deportivo.
(Por Don Renegón) Argentina es el único país capaz de transformar algo sencillo en complicado. Con la fiebre mundialista, las complicaciones son todavía mayores. El sábado, que fue feriado nacional, la actividad fue prácticamente normal. Hoy, que debería ser una jornada laboral y escolar común y corriente, no lo terminará siendo. ¿A ninguno de los cráneos que dirigen este bendito país se le ocurrió decretar un feriado puente el día en que la Selección iba a disputar el único partido en horario incómodo? Evidentemente, no. Así nos va.
A saber. Los empleados de comercio aceptaron trabajar el sábado a cambio de tener un descanso compensatorio el lunes. Pero algunos comerciantes, que reman más que los noruegos en las tribunas para paliar la crisis, llegaron a un acuerdo con sus empleados: trabajar hasta el mediodía para que puedan disfrutar del encuentro y, de paso, quedarse en sus casas para continuar con los festejos -si es que los hay- durante la tarde. Los negocios atendidos por sus propios dueños y aquellos que no hicieron horario corrido el sábado también abrirían solamente por la mañana porque, durante la tarde, no venderían absolutamente nada. En definitiva, una ensalada de horarios y excepciones que sólo genera incertidumbre en quienes pretendan hacer una compra.
¿Y las escuelas y los colegios? ¡Mamita querida! ¡Cuántas complicaciones! Las autoridades repitieron hasta el hartazgo que la actividad sería totalmente normal y que estudiantes, docentes y personal auxiliar podrían ver el partido en los establecimientos. Hasta ahí, todo bien. Pero siempre aparece algún motivo para renegar.
Don Renegón recibió información de que algunas autoridades escolares, convenientemente, decidieron trasladar para hoy el acto de promesa a la Bandera. Convocaron a ambos turnos a una ceremonia que arrancaría a las 9 y terminaría, con suerte, cerca de las 11.30. A las 12 se paralizarían las actividades. “¡Maestro!”, gritaría el verdulero del barrio. ¿Y los pobres padres que tienen hijos en distintos establecimientos? Bien, gracias. Recorriendo media ciudad e insultando en castellano, arameo y varios idiomas más.
Las renegadas no terminan ahí. En varios grupos de WhatsApp de padres -creados supuestamente para mejorar la comunicación y transformados, en realidad, en usinas de polémicas estériles- comenzaron a circular mensajes de docentes informando que algunos cursos no tenían televisor para ver el encuentro. Entonces apareció la primera pregunta: ¿quién podía prestar un televisor o un proyector? Como la respuesta fue un silencio sepulcral, llegó la segunda consulta: ¿quiénes mandarían a sus hijos si no podían ver el partido? Como la lista de afirmativos no superaba los cinco nombres, apareció el mensaje mágico: “No habrá actividades. Nos vemos el martes”. Listo. Coche al galpón.
Actividades paralelas
El partido contra Austria, especialmente en los establecimientos secundarios, terminó convirtiéndose en la excusa perfecta para fortalecer los valores de compañerismo, fraternidad y solidaridad. Hermoso. Pero devastador para el bolsillo de los padres.
La “bendición” de casa, por ejemplo, emocionó a la madre -la apañadora serial- al contar que vería el partido junto a sus compañeros. En lugar de alegrarme, reaccioné de manera automática y agarré la billetera. No me equivoqué. En cuestión de segundos pidió dinero para alquilar un proyector de última generación, antirreflejo, bilingüe, calidad 16K y no sé cuántas prestaciones más. Primera pregunta: ¿no lo pueden ver en una televisión común y corriente? Nosotros vimos mundiales enteros en televisores que parecían una radio con imagen y sobrevivimos. En mis tiempos alcanzaba una tele de tubo, una antena que había que acomodar cada cinco minutos y una bolsa de tutucas para ser felices.
Después llegó la segunda mala noticia: se alimentarían con un súper combo de hamburguesas que cuesta más que una parrillada para dos personas. “¿Ustedes no conocen el apretado de mortadela y queso?”, pregunté ingenuamente. La respuesta fue una mirada cargada de desprecio generacional.
El sobrino y ahijado, que siempre pasa la gorra cuando la situación se pone difícil, contó que en su colegio el centro de estudiantes había organizado una hamburgueseada para quienes se quedaran a ver el encuentro. Hasta ahí, una noble iniciativa.
Pero para abaratar costos, cada alumno debía aportar dinero para comprar la comida y la bebida que después le venderían a los propios estudiantes. Un negocio redondo. Según explicó, la recaudación será destinada al campamento de fin de año. Por los precios que piensan cobrar, pareciera que la actividad se realizará en Punta Cana y no en algún camping perdido de El Cadillal. En fin.
No quiero ni pensar en el caos vehicular que habrá entre las 13 y las 14. Tampoco en la escasez de colectivos o en las tarifas dinámicas de Uber y Didi, que seguramente alcanzarán valores propios de un vuelo internacional. Prefiero concentrarme en otras cuestiones: no apurarme, resignar la siesta y conformarme con recalentar las sobras del menú del Día del Padre.
Después de todo lo que costará llegar al partido, verlo y volver a casa, lo único que falta es que Austria nos complique la tarde. Con todo lo que se armó para ver 90 minutos de fútbol, lo mínimo que puede hacer la Selección es ganar. Porque si encima perdemos, mañana será insoportable. Hasta la próxima renegada.







