Resumen para apurados
- Durante el Mundial, el distrito Power & Light en Kansas City luce vacío por la noche tras el partido de Argentina, debido a la cultura local de moverse en auto y los altos costos.
- Con una inversión de 850 millones de dólares, el distrito fue diseñado para peatones, pero las grandes distancias del Midwest y el clima extremo limitan la circulación nocturna.
- La dispersión del torneo en 16 sedes diluye la marea de hinchas. Este vacío nocturno evidencia el reto de albergar un Mundial en ciudades muy dependientes del automóvil.
Son las nueve y media de la noche y Power & Light, el distrito de bares y entretenimiento del centro de Kansas City, brilla. Las luces cuelgan de cable a cable y forman un cielorraso de guirnaldas; los árboles llevan led azul en cada rama; los carteles de neón se disputan la mirada: el rojo de Kill Devil Club, el "Big Sky" vertical, el "County Road Ice House". Las mesas esperan sobre las veredas. No hay ni un papel en el piso, ni una lámpara quemada. Las veredas brillan: ni una pisada.
La mayoría de las sillas, sin embargo, están vacías. La música sale de los locales hacia una calle por la que no pasa casi nadie. Power & Light se parece, a esta hora, a un set de filmación al que le faltan los actores: una ciudad montada para una serie, con la utilería en su lugar y el catering esperando a un elenco que no llega.
La zona
El distrito ocupa unas nueve cuadras en el sur del downtown de Kansas City, en el estado de Missouri. Reúne más de cincuenta bares, restaurantes y locales. Tiene un corazón propio: KC Live!, una manzana entera techada con una lona translúcida, con dos pisos de bares, un escenario y una pantalla led gigante.
Según el sitio oficial de Power & Light, el sector ayudó a impulsar la revitalización del centro de Kansas City. Es un proyecto de uso mixto (gastronomía, comercios, oficinas, entretenimiento y viviendas) de unos 850 millones de dólares, desarrollado por la firma Cordish Companies, de Baltimore, y bautizado en honor al Kansas City Power and Light Building, un rascacielos art déco que es ícono de la ciudad desde 1931. La construcción empezó en 2004, el primer local abrió sus puertas en 2007 y la apertura oficial de KC Live! se dio en marzo de 2008. Desde entonces, según la misma fuente, recibió más de 95 millones de visitantes.
Entre estas manzanas se ubica el T-Mobile Center, un estadio cubierto con capacidad para casi 19.000 personas, escenario de recitales y de básquet universitario. Lo flanquean las torres residenciales One Light, Two Light y Three Light y la mole de oficinas del gigante impositivo H&R Block. A diferencia del resto de Kansas City, donde tomar alcohol en la vía pública está prohibido, acá se puede: una ley estatal de Missouri, sancionada en 2005, habilita a salir de cualquier bar con la cerveza en un vaso de plástico con el logo del local y caminar con ella por la zona peatonal. Es uno de los pocos lugares de Estados Unidos con ese permiso. El distrito parece tener todo para una fiesta en las calles, pero están vacías.
Frente a BRGR Kitchen + Bar, con su fachada de ladrillo claro y sus toldos negros, la vereda ofrece banderines de las selecciones del Mundial y mesas tendidas. Más adelante, el Palm Tree Club, votado mejor restaurante nuevo de la ciudad en 2025 por los lectores del Kansas City Star, enciende su neón celeste para nadie. Pese a esto, lo más parecido a un amontonamiento en toda la noche es una hilera de autos que sale en fila de un garaje: gente que vuelve de un show y se sube al vehículo para irse a dormir a kilómetros de distancia.
Esa escena explica en parte el enigma. En Kansas City la gente no camina. "Cuando llegás tenés ese choque cultural de que no hay gente en la calle, no hay vendedores ambulantes, no hay nadie en un semáforo vendiéndote nada", dice a LA GACETA Andrés García, colombiano radicado hace tres años en la ciudad. Gente hay, aclara, pero no se la ve: las distancias son largas y el clima es extremo, mucho calor o mucho frío, así que cada uno se mueve en su auto, de punto a punto. "Kansas es muy tranquila, muy relax, muy segura", define. Sobre todo entre semana.
Layse, Lorena y Jhonny, tres vecinos de Kansas City, resumen a este diario la noche en una palabra: lively (animada). Consultados por la falta de movimiento, lo explican como una forma de ser: "Así es el Midwest, Colorado, Kansas. Hay muchas autopistas, muchas avenidas, las distancias son largas".
El Midwest, el "Medio Oeste", es la enorme región central de Estados Unidos, el corazón agrícola del país, lejos del glamour y el vértigo de las costas. Estados como Kansas, Missouri, Nebraska o Iowa cargan con fama de tranquilidad: gente reservada y de perfil bajo, al punto de que los propios estadounidenses hablan del Midwest nice. Las ciudades se extienden a lo ancho y se piensan para el auto antes que para el peatón, y la noche corre a menos revoluciones que la de Nueva York, Los Ángeles o Miami. Kansas City es una urbe partida entre dos estados, Missouri y Kansas, capital del barbecue, cuna de una tradición de jazz y conocida como "la ciudad de las fuentes". Los vecinos dicen que acá se trabaja mucho y se sale poco entre semana: la juntada, la previa, la salida se reservan para el sábado. Por eso un miércoles, aún en pleno Mundial, el centro puede parecer dormido.
Durante el recorrido aparece otro argentino: Rodrigo González Cejas, más conocido como "Máquina". En su cuenta de Instagram (maquina__33) se presenta ante sus más de 160.000 seguidores como el hincha número uno de la Selección. Este es su cuarto Mundial. "Salí poco porque es muy caro todo el tema de las distancias, el Uber. Si no tenés auto, perdiste", lanza, y cuenta que el día anterior pagó 60 dólares de Uber desde la zona del estadio hasta cerca del aeropuerto. La noche, además, arranca y termina temprano. Antes de despedirse para encontrarse con un amigo en un bar, tira una positiva: "Igual la calle está bastante iluminada".
Damián Cabral, de Moreno (Buenos Aires), y Cristian Helman, de Capital Federal, acaban de llegar a Power & Light cuando se topan con LA GACETA. "Poca gente, tranquila. Le escribí a unos amigos y les dije que parecía una noche tranquila en la costa argentina. Esto es Walking Dead", resume Cristian, que llegó sin grandes expectativas y lo toma en modo relax. Damián, en cambio, sigue en otra frecuencia, la del que acaba de cumplir un sueño: "Primera vez que veo a Messi en un Mundial. Verlo cómo se emociona, verlo a Scaloni cuando sale. Eso paga todo, el pasaje, la estadía".
Quizás la ausencia de público se explique porque buena parte de los hinchas argentinos ya levantó campamento rumbo a la próxima sede, Dallas, o de regreso a casa. La Selección jugó el martes; para el miércoles, el celeste y blanco ya estaba en proceso de mudanza.
La cantidad de sedes de este Mundial también contribuye a entender la escena: la fiesta se reparte entre dieciséis ciudades de tres países, una escala que tiende a diluir la marea humana que en ediciones anteriores desbordaba unas cuantas sedes. La fiesta está, pero dispersa, persiguiendo la pelota de ciudad en ciudad.
"Fui al estadio ayer y fue increíble. Pero las otras noches falta corazón, falta sazón", opina José, un venezolano que vive en Milwaukee. Su hipótesis: "La fiesta la ponen los sudamericanos. Ya terminó de jugar la Argentina, entonces faltan las personas que ponen la sazón. Veo más americanos que otra cosa. Muy organizado y muy seguro, pero falta ese ambiente mundialista, esa fiesta", cierra, mientras espera el tranvía. De Tucumán dice conocer a Atlético porque mira la Liga Argentina. "Aguante Boca", agrega.
Costos
Kansas City es, según dicen los que saben, la capital del barbecue, el ahumado lento de carne sobre leña de nogal que instaló hace más de un siglo Henry Perry y que hizo famosos los burnt ends: puntas de pecho vacuno con la costra crocante y el centro tierno. La cerveza tirada cuesta entre cuatro y nueve dólares según el bar y la hora; una hamburguesa puede rondar los dieciséis; una porción de burnt ends como entrada anda por los once. Dejar el auto en el valet, veinte dólares.
A las once y media, sobre el final del recorrido, la noche deja sensaciones encontradas. Las fachadas, las guirnaldas, los neones y las veredas sin un papel en el piso tienden a dibujar sonrisas. La ausencia del murmullo de las charlas, el calor de un abrazo o de un beso dejan un nudo en la panza. A todo el montaje parece sobrarle luz y faltarle algo que no se compra ni se ilumina.








