El mensaje llegó cuando menos lo esperaba. Bastó una notificación en el teléfono para que Vanesa Torezani se llevara las manos al rostro y rompiera en llanto en medio del Fan Fest de Kansas City. A su alrededor, miles de personas caminaban entre camisetas albicelestes, puestos de comida y pantallas gigantes en la previa del partido entre Argentina y Argelia. Ella, en cambio, parecía estar en otro lugar. Acababa de enterarse de que iba a cumplir un sueño que ya daba por imposible.
No eran lágrimas de tristeza. Tampoco de nervios. Eran lágrimas de felicidad. De esas que aparecen sin aviso y que resultan imposibles de esconder.
Mientras intentaba recomponerse junto a uno de los accesos del predio, todavía con el teléfono en la mano, contó qué había ocurrido apenas unos segundos antes.
“Me acaba de entrar un mensaje de un amigo y me dijo: ‘Vane, tengo una entrada para que vayas a ver el partido de Argentina’”.
La emoción era tan grande que por momentos le costaba encontrar las palabras. Sonreía, se secaba los ojos y volvía a emocionarse.
“Es un llanto bueno”, alcanzó a explicar.
La escena sobresalía incluso en un lugar diseñado para generar emociones. A más de una hora y media del encuentro, el Fan Fest comenzaba a poblarse lentamente bajo un calor sofocante que por momentos me hacía recordar al Parque 9 de Julio. Rodeado de espacios verdes, enormes estructuras montadas para la Copa del Mundo y el imponente Museo Nacional de la Primera Guerra Mundial de fondo, el predio se transformaba poco a poco en una enorme concentración de hinchas de distintas partes del planeta.
Vanesa había viajado desde Minnesota con una idea muy diferente. Su plan era reunirse con amigos, disfrutar del ambiente mundialista y vivir de cerca una jornada que prometía ser inolvidable para los argentinos. No tenía entrada para el partido ni esperaba conseguir una. Su Mundial transcurriría en el Fan Fest, rodeada de compatriotas, siguiendo el encuentro por una de las pantallas gigantes instaladas en el predio. Pero un mensaje cambió todos los planes.
“Vine de último momento. No pensaba ir al partido. Solo vine con amigos a celebrar acá y a vivir todo el folclore de la previa del Mundial. No imaginé que me iban a conseguir una entrada”, contó Torezani todavía sorprendida por la noticia.
Detrás del regalo apareció un nombre propio. Gustavo, un amigo que decidió hacerle una sorpresa pocas horas antes del encuentro.
“Me mandó un mensaje ‘Gus’. Gustavo, te quiero amigo. Me llamó y me envió un audio diciéndome que tenía una entrada para mí”, relató.
Sin embargo, la emoción de Vanesa iba mucho más allá de la posibilidad de ingresar a un estadio mundialista. A medida que avanzaba la charla, quedó claro que esas lágrimas tenían raíces más profundas.
Nacida en Córdoba y radicada en Estados Unidos desde hace 25 años, explicó que cada Mundial la conecta automáticamente con recuerdos imborrables de su infancia. Recuerdos ligados a la Selección, a su familia y a una Argentina que todavía lleva consigo pese al paso del tiempo y la distancia.
“El Mundial me trae muchos recuerdos de cuando era chica. Me acuerdo del día que Maradona les ganó a los ingleses. Yo cumplía seis años ese día. Cuando salimos a festejar pensé que me estaban celebrando el cumpleaños a mí”, recordó entre risas.
La anécdota provocó una nueva sonrisa. El lunes cumplirá 45 años, una coincidencia que volvió todavía más especial la jornada. Sin embargo, unos segundos después el tono de su relato cambió por completo.
“Tengo una situación especial. Hace dos años murió mi hermana y no había vivido una alegría hasta este momento del Mundial”.
La frase quedó suspendida en el aire. El ruido ambiente pareció desaparecer durante unos instantes. Vanesa hizo una pausa, respiró profundo y continuó.
“Me costaba mucho disfrutar la vida. Pero el Mundial saca lo mejor, saca lo más lindo que tenemos. Ver tantas banderas, tanta gente. Aunque vivo hace muchos años acá, no se compara la tierra de uno, la gente, la familia. Soy feliz”.
Emoción compartida
La emoción de Torezani parecía resumir algo que se repetía constantemente entre los argentinos presentes en Kansas City. Muchos viven desde hace años lejos del país. Algunos llegaron desde distintos estados de Estados Unidos. Otros viajaron especialmente para acompañar a la Selección. Todos compartían la misma sensación: la camiseta argentina funciona como un puente capaz de acortar miles de kilómetros.
Mientras tanto, el Fan Fest continuaba desplegando escenas que explicaban por qué un Mundial es mucho más que un torneo de fútbol. El predio, con capacidad para unas 25.000 personas, exige una inscripción previa para acceder. Nombre, apellido y un código QR son los requisitos obligatorios para ingresar.
Las pequeñas pantallas distribuidas en distintos sectores, los puestos gastronómicos, los stands promocionales y las interminables filas para comprar cerveza construían una atmósfera particular. Había algo de festival musical, algo de feria internacional y mucho de Mundial. Con el paso de las horas, uno terminaba perdiendo la noción del tiempo. La tarde avanzaba. Las filas crecían, los espacios comenzaban a ocuparse y el Fan Fest adquiría definitivamente el aspecto de una gran fiesta mundialista. Todavía faltaba para el pitazo inicial. También para los himnos y para que la pelota empezara a rodar. Pero el Mundial ya se estaba jugando en cada rincón de Kansas City.






