Bad Bunny y un mensaje que dio la vuelta al mundo

Bad Bunny durante su presentación en el Super Bowl. Bad Bunny durante su presentación en el Super Bowl.

Bad Bunny logró muchos resultados inéditos con su show en el entretiempo del Súper Tazón, la final de la Liga Nacional de Fútbol estadounidense. En primer término, logró que se entendiera lo que quería decir, lo cual no es poco. En segundo lugar, eso que quería decir es algo de lo que están hablando, todavía, millones de personas. Muchas de ellas, con poder real. Como el presidente de EE.UU., Donald Trump, quien se manifestó ofendido por el mensaje que dio el artista portorriqueño. O como la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, quien se manifestó complacida por el contenido del show del artista que este fin de semana está actuando en Buenos Aires.

El espectáculo de “medio tiempo” estuvo precedido el pasado domingo 1 por la entrega de los Grammy, consagratorios para Bad Bunny. Muchas de las estrellas de la industria de la música lucieron mensajes que pedían el fin de la violenta persecución del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, conocido como “ICE”. Los prendedores con el mensaje “OUT ICE” fueron portados por figuras como Justin Bieber, Billie Eilish y Lady Gaga. Cuando recibió el premio al Mejor Álbum de Música Urbana, Benito Antonio Martínez Ocasio (tal el nombre del “Conejo Malo”) bramó: “¡Fuera ICE! No somos salvajes, no somos animales, no somos aliens. Somos humanos y somos americanos”.

De Canadá a la Argentina

El domingo 8, en el Levi’s Stadium en Santa Clara, California, él llevó ese mensaje aún más a fondo. Evocó plantaciones de caña de azúcar, salones de uñas, casitas coloridas, barberías, carritos de piragua, partidos de dominó y hasta apagones. Y pidió a Dios que bendijera a los Estados Unidos (“God bless América”), pero también a los otros países que componen el continente. Desde Canadá hasta la Argentina. Porque, como a estas alturas ya nadie ignora, lo que dejó claro Bud Bunny es que “América” es toda esta inmensidad que va del Ártico a la Antártida, con el Pacífico y el Atlántico de un lado y del otro. Una obviedad que no parece ser tal cosa en EE.UU. donde el gentilicio para sus habitantes no es “estadounidenses”, como los llamamos en castellano, sino “americans”.

Aunque Trump descalificó el espectáculo, al que denigró como “repugnante”, y destrató como uno de los “peores” en la historia de los Super Bowls, a la vez que sostuvo que “nadie entendió” lo que el artista decía porque cantó en español, el mensaje no demoró en cruzar todas las fronteras. Y en escucharse fuerte y claro. Mientras el jefe de Estado maldecía en “X”, figuras como el actor Morgan Freeman, en la misma red social, encomiaban al músico.

A favor y en contra

En una sociedad de enjambres, para tomar prestada la metáfora de Byung Chul-Han, donde son legión quienes se definen no por aquello que reivindican sino por aquello que los indigna, se han desatado afiebradas querellas entre defensores y detractores de la actuación de Bad Bunny. Lo llevan del cielo al infierno, sin escala alguna en ningún purgatorio. Los ditirámbicos lo encumbran a la categoría de ser la nueva voz de los que tienen voz y la frase “Lo único más fuerte que el odio es el amor” amenaza con convertirse en una suerte de credo pandémico, que contagiará remeras, tazas y tatuajes. Los demonizadores, en cambio, sostienen que se le ha faltado el respeto a los estadounidenses, porque el Súper Tazón no es una final del Mundial de la FIFA, en el que compiten países de todo el globo, sino una final entre equipos de EE.UU. (en este caso, los Seattle Seahawks contra los New England Patriots). Por caso, sólo se canta el himno de ese país.

Huelga decir que la polémica será interminable, entre otras cosas porque las olas de indignación son incapaces de construir discursos. Unos reivindican que el propio Bad Bunny es ciudadano de EE.UU. y que él, junto con miles de estadounidenses, levantan la voz contra el retroceso democrático que implica el Gobierno de Trump y que tiene en las redadas contra los inmigrantes una de sus manifestaciones más evidentes. Otros no hesitan en denunciar la hipocresía de quienes cuestionan a EE.UU, y su presidente, mientras anhelan vivir en ese país u olvidan que, frente al silencio cómplice respecto de los crímenes de lesa humanidad de la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela, Trump ha sido el único que ha intervenido al respecto.

Identidades

Allende la bipolaridad, hay una cuestión que emerge del show de Bad Bunny y que no puede agotarse en un artículo. Un interrogante que, inclusive, vale la pena mantener abierto y vigente, para ser llenado de contenido de manera constante. ¿Existe una identidad latinoamericana?

La pregunta subyace a algunas repercusiones en torno del espectáculo del Super Bowl. Para unos, la “latinoamericanidad” es inabarcable, pero en el campo de juego se vio una pincelada de algunos de sus aspectos. Para otros, no hay tal cosa como “lo latinoamericano” y lo expuesto es un simplificado y reduccionista producto capitalista para consumo masivo, políticamente correcto y complaciente.

¿Entonces? En las experiencias personales y minimalistas la cuestión tampoco se resuelve. Si se visita Lima, los argentinos encuentran que la palabra “libertador” tiene, en Perú, el mismo sujeto que aquí: “General José de San Martín”. Y así por plazas y calles y estatuas. Pero si se viaja a Chile, en escala para volar hasta las Islas Malvinas, los carabineros insisten en corregirnos en el aeropuerto de Santiago: “Islas Falklands”, subrayan, desagradable y equivocadamente.

En la búsqueda de un “ser latinoamericano”, en todo caso, el identikit arroja que hay muchos rasgos comunes. Esas son las facciones aportadas por una historia común que se anuda en la Conquista por parte de los españoles. En el idioma que nos atraviesa y nos estructura, más allá sus variedades. En el sincretismo cocinado con aportes de pueblos originarios, esclavos africanos e inmigrantes europeos (por aquello de que toda cultura se funda sobre las cenizas de otras culturas, como enseñaba Walter Benjamin). Y cuando no nos unió el amor (las miradas románticas pretenden que los latinoamericanos somos solidarios, hasta el punto que no faltaron los que se solidarizaron con Trump por el show de Bad Bunny), lo hizo el espanto. Los golpes de Estado, la pobreza estructural y la corrupción son otra moneda corriente en los distintos territorios, casi sin excepciones, y con distintas intensidades según las épocas.

Claro está, hay también cosas que nos dividen. Aunque es un lugar común hablar del “hermano país” de al lado, de más arriba o de más abajo, lo cierto es que las guerras han teñido de rojo sangre a la vasta América, con enfrentamientos entre países que, en algunos casos como la Guerra del Paraguay, representaron verdaderos genocidios. No en vano Juan Bautista Alberdi le dedicó su ensayo “El crimen de la guerra”. Las integraciones regionales siguen siendo un albur, que nunca trascendieron las uniones aduaneras imperfectas.

En el balance, sin embargo, parecen ser más las cosas que nos identifican que aquellas que nos distancian. Ello se cuela en ciertas domesticidades como la cocina: con diferentes variables y nombres, esa sopa espesa que por aquí llamamos “locro” está presente desde el Río Grande, en la frontera norte de México, hasta el Río Turbio de nuestras australidades. Una comida “típica” hecha con las partes de los animales faenados que los dueños de la hacienda no comían, y que quienes trabajaban para ellos no desperdiciaban.

Acaso, “ser latinoamericano” sea difícil de explicar, pero fácil de entender.

“Todos, americanos”

Hay, por cierto, un elemento más por elucidar en el mensaje del “Conejo Malo”. Aquello de “Todos somos americanos”. ¿Hay un “ser americano” que también incluya a los estadounidenses?

Originalmente, los estadounidenses sostenían que sí. Lo dijo un presidente de ese país, claro que hace algo más de 200 años. Pero lo hizo en el más solemne de los mensajes que un jefe de Estado puede brindar allí: el Mensaje ante el Estado de la Unión. Y no fue cualquier mensaje sino uno que sentó una doctrina. Porque el discurso de James Monroe del 2 de diciembre de 1823 configuró nada menos que la “Doctrina Monroe”, reseñada en el aforismo “América para los americanos”.

Claro está, en torno de la “Doctrina Monroe” abundan los posicionamientos ideológicos, mayormente condenatorios. Tampoco debiera sorprender: a principios del siglo XX, el “Corolario Roosevelt”, fraguado por Teodoro Roosevelt, sirvió de ariete intervencionista para los intereses de los capitales industriales y los intereses políticos de EE.UU. Pero volvamos a Monroe. En 1815, Napoleón Bonaparte es derrotado definitivamente. Luego vendrá el Congreso de Viena y la restauración de las casas monárquicas. Casas que, ciertamente, tenían colonias en América. La mayoría de ellas, en plenos procesos revolucionarios y emancipatorios.

Es en ese marco que Monroe planteará que los antiguos enclaves europeos que se han independizado no pueden volver a ser sometidos por los imperios del Viejo Mundo. De lo contrario, los Estados Unidos irían también a terciar en las disputas europeas, haciendo del equilibrio de poderes (uno de los principios rectores de Viena) pura ciencia ficción. Los británicos animaban la postura de Estados Unidos, su antigua colonia perdida, porque no querían que España volviera a empoderarse. Pero el entonces secretario de Estado de Monroe, James Quincy Adams, se opuso: Gran Bretaña era un socio que podía estorbar el expansionismo estadounidense futuro. Porque, huelga decirlo, a EE.UU. le interesaba ser el hegemón de este continente, comenzando por la faz comercial, pero de ninguna manera ciñéndose sólo a ella. La “Doctrina Monroe”, entonces, terminó siendo una manifestación de fuerza liminar y unilateral.

Sin embargo, vale la pena bucear en el discurso de Monroe no con fines románticos, sino para advertir que aun cuando “América para los americanos” fue, desde su génesis, “América para los EEUU”, sus forjadores concebían que el enemigo de los “americanos” no era otro americano.

Monroe comienza por dar cuenta de las “negociaciones amistosas” que mantiene con el Imperio Ruso y el Imperio Británico. “En las discusiones a que ha dado lugar este interés y en los acuerdos con que pueden terminar, se ha juzgado la ocasión propicia para afirmar, como un principio que afecta a los derechos e intereses de los Estados Unidos, que los continentes americanos, por la condición de libres e independientes que han adquirido y mantienen, no deben en lo adelante ser considerados como objetos de una colonización futura por ninguna potencia europea”, puntualiza.

“Se afirmó al comienzo de la última sesión que se hacía entonces un gran esfuerzo en España y Portugal para mejorar la condición de los pueblos de esos países y que parecía que este se conducía con extraordinaria moderación. Apenas necesita mencionarse que los resultados han sido muy diferentes de lo que se había anticipado entonces”, contrasta el mandatario. Y a renglón seguido por poco y sienta una doctrina dentro de la propia “Doctrina Monroe”: “De lo sucedido en esa parte del mundo, con la cual tenemos tanto intercambio y de la cual derivamos nuestro origen, hemos sido siempre ansiosos e interesados observadores. Los ciudadanos de Estados Unidos abrigamos los más amistosos sentimientos en favor de la libertad y felicidad de los pueblos en ese lado del Atlántico”.

MAGA según Bunny

A Trump no sólo lo interpelan los artistas, sino la historia. Una historia que dice que EE.UU. transitó el camino que lo convirtió en el país más poderoso enfrentándose a las grandes potencias de la época, no al resto de los habitantes de este continente. Ese pasado parece entender mejor a Bad Bunny cuando canta que a Trump cuando balbucea “Make America Great Again” (“Hagamos que Estados Unidos vuelva a ser grande otra vez”), mientras persigue amas de casa y albañiles latinoamericanos.

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