El mundo Milei y los molinos de viento: mayo, un mes bisagra

El mundo Milei y los molinos de viento: mayo, un mes bisagra

Por Hugo E. Grimaldi para LA GACETA.

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27 Abril 2024

Mientras la Ley de Bases adelgaza a cada instante y los “policías buenos” del ala dialoguista del gobierno nacional parecen entregar todo lo que le piden en el Congreso para mostrar cierto juego de cintura del Gobierno, el Pacto de Mayo aún no tiene aún forma (ni firmas) y, de momento, luce como un difuso hito que el gobierno nacional necesita alcanzar para mostrar cierta previsibilidad, en un mes que será definitorio en cuanto al apoyo de la gente. Los dos caminos que siguen la política y la sociedad, que parecen paralelos pero que se entrechocan a cada instante, tienen ese punto de referencia por delante para empezar a transitar un período que, además, viene cargado de golpes al bolsillo de las familias.

Está claro que a partir del mes próximo se definirá el aguante porque habrá aumentos en gas, luz, transporte, peajes, combustibles, colegios y expensas por lo menos, mientras que la inflación, la de los alimentos sobre todo, está en descenso, el Gobierno mantiene el tipo de cambio pisado, reduce las tasas, compra Reservas y busca financiamiento en el exterior (FMI y ahora, China). En tanto, el nivel de actividad está en un tobogán que, si no se revierte, dejará muchos puestos de trabajo en el camino. En su discurso por cadena nacional, el presidente de la Nación señaló el lunes pasado que se ha pasado la mitad del camino, que ahora viene “el último tramo de un esfuerzo heroico que los argentinos estamos haciendo” y prometió que “va a valer la pena”.

Ocurre que muchos observan que es el propio gobierno el que no se encarga de aceitar el mecanismo para que ese proceso sea más llevadero. Hay demasiada confrontación puertas adentro de La Libertad Avanza en el Congreso y en la Casa Rosada como para no reparar en ello y buscar los motivos. Es sabido que, en materia política, no hay gobierno que no tenga dos alas: los rupturistas y los negociadores y que en los extremos están los que buscan la síntesis y quienes desean romperlo todo. “Halcones y palomas”, suele decirse.

En el caso del gobierno nacional es todo mucho más complejo, ya que el presidente Javier Milei se ha colocado en este segundo grupo, pero además con una característica especial que vuelve locos a sus propios colaboradores: su inconstancia por seguir un camino prefijado, su permanente desorden. “Así era en Aeropuertos y no lo van a cambiar: cuando se compromete con un objetivo se mete con todo, pero en cuanto a las formas nada es definitivo en él. Te vuelve loco con un zig-zag continuo”, cuenta desde el riñón de la compañía un excolaborador suyo.

Hoy, en el Gobierno, Milei no parece ser diferente. Es difícil cambiar para alguien tan concentrado en sus ideas. Por eso el “policía malo” de la historia actual es el propio Presidente y, en rigor de verdad, no se calibra muy bien aún si se trata de una estrategia política o si es su personalidad zigzagueante la que no tolera el mundo de la política tradicional, la que, hasta el momento, le viene ganando subterráneamente la partida. O bien para mostrar independencia de los negociadores o quizás porque no soporta que no se haga su voluntad, el Presidente dijo en la semana públicamente “Tiren la Ley de Bases, hagan lo que quieran”.

No fue su primera manifestación en ese aspecto. Hace unos días, había confesado que toda la parafernalia legal lo tenía sin cuidado: “No me importa: si quieren confrontar va a haber confrontación. No tengo esperanzas de que sean algo distinto, pero les doy la oportunidad de sacar la Ley de Bases y les ofrezco el Pacto de Mayo, que son 10 reglas para una economía sana. No me importa y les veo la cara en las elecciones de 2025”.

Es decir, la voluntad omnímoda del que manda es lo que prevalece en el mundo Milei.

En medio de este aquelarre político y económico y con mayo encima, hay un par de cosas que han comenzado a despuntar que le ponen dramatismo al problema, desde el lado de la ejecución: el Presidente está tabicado por su forma de ser, ya que él mismo se ha definido como un “liberal libertario” sin haber aclarado los alcances de rigidez que tiene esa auto-descripción en las políticas que intenta llevar a cabo, mientras que, en lo personal, tiene el aditamento de sostener comportamientos demasiado volátiles. El caos que le gusta al Presidente no es necesariamente el que le conviene a la sociedad.

Desde la sicología existen diversas maneras de describir la conducta presidencial, si eso es el fruto de una indecisión crónica, de la necesidad de buscar siempre caminos novedosos que satisfagan la ansiedad, de falta de perseverancia o de su resistencia frente a los obstáculos. 

“Algunas personas tienen una fuerte tendencia a experimentar emociones nuevas de modo constante, lo que puede llevarlas a cambiar en busca de algo más estimulante”, opinan desde la sicología sobre este tipo de conductas. El profesional a quien se le consultó la cuestión no descarta que una personalidad de ese estilo carezca de autocontrol y que resulte dominado por “la impulsividad o la desorganización, un camino dedicado a romper todo, que lo muestra con incapacidad manifiesta para comprometerse”. Quizás éste sea el punto que le impide a Milei considerar las consecuencias a largo plazo de su proceder de hoy.

La descripción lleva directamente a encontrar parte de los por qué de la batalla contra la “casta universitaria”, una quijotada que dejó al Presidente pedaleando en el aire, por más que el fondo de la cuestión siempre fue la falta de controles de los presupuestos que se van por el agujero negro de la autonomía. Lo que ocurre es que este estatus es de carácter constitucional e ir en contra de eso es embestir contra los molinos de viento, con el aditamento que quienes organizaron la resistencia supieron poner sobre la mesa argumentos, hasta de carácter emocional, para convencer a la sociedad, en general fruto de la educación pública, que el Gobierno buscaba el cierre de las universidades. Casi tuvo la suerte Milei que los políticos, gremialistas, progres y quemados de toda laya que se colaron en la movida la terminaron bastardeando.     

Más allá del respeto a las formas de la democracia y a la propiedad privada, en general los liberales clásicos han abogado por confiarle al Estado media docena de áreas de interés general para mantener cohesionada a la sociedad: defensa, seguridad, salud y educación, entre otras pocas y este último ítem lo enarbolan como un derecho fundamental que apuntala el bien común. Para ellos, la educación pública es un pilar importante para el desarrollo de una sociedad justa y equitativa y una herramienta para la igualdad de oportunidades. Pero, además, la ven como un motor para el desarrollo social y económico, ya que una fuerza laboral educada y capacitada contribuye al crecimiento económico, a la innovación y al progreso.

En cambio, Milei es “liberal libertario” y así lo ha vuelto a proclamar hace tres noches ante un auditorio que lo promovió, el de la Fundación Libertad, aunque esta vez desde las mesas lo miraron con algo más de desconfianza que otras veces, debido también al histrionismo de baja calidad que quiso desplegar el Presidente desde el atril. Los libertarios tienden a tener una visión más radical en cuanto al papel del gobierno y a su intervención en diversos ámbitos, incluida la educación. Algunos de carácter extremo, incluso defienden la abolición completa del sistema educativo público, argumentando que debería ser responsabilidad exclusiva de los individuos y de las instituciones privadas.

En esa misma reunión, el presidente del Uruguay, Luis Lacalle Pou fue la contracara perfecta del desorden Milei. Con cuatro años de experiencia sobre sus espaldas, en su discurso dijo que uno de los anclajes uruguayos es “un Estado fuerte que no tiene por qué ser grande” y que eso significa “instituciones fuertes”. Reivindicó también a los partidos políticos y los dejó fuera de cualquier casta porque “sin partidos fuertes es más riesgosa la democracia”, a la que la atribuyó la capacidad de “acordar”. Casi como dirigido a Milei expresó: “soy cada vez menos dogmático”. En la misma línea, habló de la “receta Uruguay” de diálogo entre partidos y señaló que “tiene un elemento poderosísimo” en la cohesión social “porque sin ella no hay posibilidad de gozar la libertad individual, ya que si todo no está bien (o se vive en un rancho) es imposible ser libre”, se despachó.

Lacalle se preguntó también “¿cuál es el deber de un Presidente? Primero, seguir valores y principios sin grises; luego, tener un programa de gobierno, mi contrato con la ciudadanía y allí tuvimos que negociar, transar para pasar las leyes y tercero, gobernar para todos y eso es lo más difícil”. Para ello, recomendó “buscar caminos de entendimiento”, a partir de una guía que dijo que lo acompaña de continuo: “Firme con las ideas y suave con las personas”. Y cerró a toda orquesta: “Esa frase me acompaña siempre porque estoy convencido de mis ideas y soy firme con ellas. Pero represento a todos”, subrayó para que quien quiera oír que oiga.

Esta nota es de acceso libre.
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