Con el agua hasta el cuello

Las instituciones no pueden salir a flote cuando las personas a las que se les ha confiado su administración dejan de cuidarlas y de respetarlas.

19 Ene 2020 Por Federico Diego van Mameren
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¿Cuándo se debilitan las instituciones? Los expertos y los que saben de estas cuestiones tienen certezas fundamentadas para responder las preguntas y para explicarnos por qué vivimos en este lodo. Sin embargo, se puede intuir que las instituciones comienzan a derruirse cuando quienes las administran dejan de respetarlas y de cuidarlas. Es en ese instante cuando los que gestionan se autoconvencen (y convencen a todos los demás) de que ellos son más importantes que las instituciones. A partir de allí se hace lo que ellos quieren y no lo que la ley manda. Y, en todo caso, si algo queda poco claro, no hay problemas y se cambia la ley -no se adecua el dirigente o el político- de acuerdo con las necesidades particulares.

Cuando estas cosas ocurren en las altas esferas del poder, el ciudadano sin poderes ni atribuciones recibe el mensaje claro de que cada uno puede hacer lo que quiera porque ese el ejemplo que da el poderoso. En ese lodo patinan y se embarra los dirigentes que, en vez de liderar procesos y conducirlos, terminan siendo la grieta por la que se cuela la corrupción y la ley de la selva.

En estos primeros días de 2020, Tafí del Valle ha vuelto a ser uno de los ejemplos de este gravísimo deterioro que, obviamente, no es exclusividad del municipio que está más cerca del cielo en la provincia. Allá por esos lares, un empresario decidió abrir su boliche. Aun cuando no estaba con todas las condiciones dadas para hacerlo, lo hizo.

Ese primer paso de incumplimiento de las normas suele ser acompañado en distintos lados por el justificativo de que son tantas las cuestiones burocráticas que hay que actuar así porque de lo contrario nunca se abriría un negocio.

Subamos de nuevo a Tafí: Rercórcholis Summer abrió por decisión propia de su dueño. Inmediatamente, el municipio le aplicó una multa de 1.500 por haber violado la norma. Le cupo esa sanción por no haber cumplido con lo que dice la ley o, en todo caso por haber hecho lo que quiso.

La institución municipal de esas alturas se encuentra resentida después de que la máxima autoridad, el intendente Francisco Caliva, fue descubierto en un audio explicando las mil y una travesuras para guardar plata y que nadie se dé cuenta, y para comprar personas que luego serían colocadas en lugares políticos estratégicos. Cuando a este funcionario elegido por el pueblo tafinisto fue consultado por esto ni pidió disculpas ni dio explicaciones. Calló.

De nuevo en Tafí: El empresario por su cuenta decidió que la multa que le aplicaron era poco dinero. Es más consideró que era una suma irrisoria. Entonces decidió, y así lo acordó con la Municipalidad, pagar 10 veces lo que le había aplicado como castigo. Hizo lo que a él le parecía y no lo que ordenaba la ley. Y, quienes deben aplicarla, aceptaron ese juego. Todo al revés. Es entendible que se le pueda faltar el respeto a la institución, pero no es justificable desde ningún punto de vista.

Al empresario debieron haberle devuelto la multa. Le deberían haber clausurado el boliche otra vez. Debería haber radicado una denuncia en la AFIP por exorbitancia en el pago de un reclamo del estado. Pero nada de eso pasó. Es que el respeto se lo debe quién se lo gana. Y, después de los audios, el intendente de Tafí del Valle, desde el comienzo de su gestión, ha demostrado poco apego al respeto y a las normas.

Mucho ruido y pocas…

La semana ha tenido un claro desapego a las normas. Casi a las mismas alturas de Tafí, en El Mollar, los excesos de música y alcohol han vuelto a hacer estragos. Hasta tal punto que ha tenido que ser la Policía la que ponga algo de quicio en esa villa. Pero de nuevo, la falta de autoridad y de liderazgo ha determinado que la solución a los problemas termine siendo un número de WhatsApp al que se puedan hacer denuncias de los excesos. Sirve para contar la historia de lo que ya ocurrió, no para prevenir ni para educar a una sociedad que no encuentra modelos para ordenar su convivencia.

Ausente I

En Tucuman no reaccionamos hasta que no nos llega el agua al cuello. Y a partir de ahí, las soluciones son mantener de la mejor manera lo que se venía estableciendo. Sostener el statu quo. Esta semana volvió a llegar el agua al cuello. En menos de cuatro horas la provincia se inundó, hubo varias decenas de evacuados. Nada nuevo, pero todo demasiado repetido.

La tormenta que se abatió el miércoles sólo confirmó que los últimos gobiernos no se ocuparon de realizar las obras necesarias para afrontar los desbordes de agua. Se trata de un problema que se repite todos los años en la misma época. Ni José Alperovich, ni Juan Manzur, ni Osvaldo Jaldo ni ninguna de las autoridades que están al frente en estos momentos –ni 10 años atrás- pueden hacerse los distraídos. Entonces, siempre el hilo se corta por lo más delgado. Por eso, además de aquellas viviendas erigidas en medio de la pobreza, también uno de los emblemas de la inundación fue la comisaría de Marti Coll, donde a los presos los sacaron en un gomón y los efectivos se tuvieron que subir a los techos para estar al salvo. Las comisarías no dan abasto. Tampoco es noticia para nadie. El agua sirvió de recordatorio de lo que no se hizo y de lo que no se está haciendo.

“Te pido un favor. Si alguna vez llego a dedicarme a la política y termino como gobernador, haceme acordar de que no salga de vacaciones”. El joven le decía esto a un amigo en la mesa de un bar. Acodado al frente de él y con la soberbia de quien se las sabe todo, dio su respuesta: “sólo basta con leer los diarios. ¿Quién no sabe que en enero va a llover? Si lo hacés no tendré que avisarte, te darás cuenta solo”. En las tertulias de los bares suelen decirse verdades. Juan Manzur fue el blanco de críticas por doquier por haberse tomado el avión para salir de vacaciones. No estuvo en el momento en el que debiera estar. Y, estuvo lo suficientemente lejos, como para no poder volver.

Una vez más, los ejemplos de los que mandan son necesarios para robustecer las alicaídas instituciones.

Ausente II

José Alperovich, que escuchaba sus intuiciones y no lo que decían los diarios en sus primeros años de gobernador, supo evitar salir de vacaciones en enero. Es el mes en el que pasa de todo en Tucumán. Hasta fue intervenida la provincia en la década del 90. Después cuando el poder no era una carga sino una herramienta, se olvidó de esa premisa. El ex gobernador y senador licenciado volvió a ser protagonista de la vida pública de los tucumanos.

Brilló por su ausencia. Se hizo la audiencia pública para dirimir la jurisdicción de la causa por violación que se tramita en la provincia y en Buenos Aires. Eligió no estar en esa audiencia. Contrariamente, su denunciante fue a los Tribunales. No se la vio por cuestiones de preservar su identidad pero estuvo y dejó mal parado al funcionario público. Alperovich no sumó nada al ausentarse.

La causa despertó después del letargo en el que había caído. La audiencia pública en pleno enero le dio un empujón. Esta semana que comienza ya tienen fechas algunas medidas que se realizarán en Buenos Aires y que volverán a poner entre candilejas esta historia.

¿Quién tiene la culpa del deterioro de las instituciones? ¿La sociedad o los dirigentes que ella elige? El huevo o la gallina. ¿Qué está primero? En tiempos de crisis, los líderes que han sido elegidos tienen más responsabilidad de la que ellos mismos se dan cuenta. Si no la asumen, las instituciones se derrumban.

El creativo e innovador Steve Jobs dejó la enseñanza de que “la innovación distingue siempre al líder del seguidor”. En Tucumán, en políticas públicas, hace mucho que no se innova.

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